sábado, 1 de junio de 2013

Mujer y hombre

P. Tomás Morales SJ

Una persona que se vuelve loca no suele contagiar la locura, pero una idea loca es capaz de enloquecer a muchos. Un río en su cauce es venero de riqueza y prosperidad, pero si se desborda, todo lo arrasa.

Una idea enloquecida hoy es la de la igualdad absoluta entre padre e hijo, maestro y alumno, mujer y hombre. Es una idea que se ha salido de madre. En su fuente es cierta: iguales ambos en naturaleza: animal-racional; en su origen y destino: Dios. Pero falsa cuando se sale de cauce, se desorbita y pretende un igualitarismo tan absurdo como nefasto. Afirma entonces la igualdad absoluta de derechos —de deberes no se habla tanto—, olvidando la máxima de Cicerón: La verdadera justicia consiste en tratar desigualmente a seres desiguales. El igualitarismo a ultranza invade arrollador el área de la enseñanza. Somete a idénticas técnicas educativas a dos seres tan distintos, aunque coincidan en lo esencial, como son mujer y hombre. Mide con los mismos parámetros psicologías distintas. Aprisiona sexos diversos en el mismo cauce unitario. Olvida su idiosincrasia peculiar y sus papeles específicos en la vida. Son diversos —aunque sean complementarios e indispensables— y requieren, por tanto, tratamientos adecuados, pedagogía diferenciada en su enfoque y sus métodos.

CALMA

Una madre es, en cierto sentido, irrepetible. Hay un montón de cosas que Dios nos puede dar dos veces, pero una madre no nos la da más que una. El egoísmo se infiltra en nuestros mejores sentimientos, en la amistad, en el amor, pero siempre se detiene ante el amor de una madre. Es tan desinteresado, que no hay otro más puro en la tierra, excluyendo el del alma que, vacía del amor propio, busca sólo a Dios.

Educar a la mujer desde niña en la serenidad es, además de potenciar su personalidad y asegurar su felicidad, garantizar el futuro de la familia y de la sociedad y, por lo tanto, del mundo. El binomio imaginación-sensibilidad que la hace superior al hombre, más intuitiva, más cordial, si se descompensa, es catastrófico, como el agua de un salto que rompe el dique de cemento. Controlar y encauzar la fuerza misteriosa y colosal de ese binomio para el bien o para el mal, es la paciente tarea del educador.

La serenidad guarda el sagrado e inagotable tesoro de la paz interior. Apacigua el volcán de sus pasiones, las encauza para que la mujer pueda cristianar todas las realidades temporales orientándolas hacia el cielo. Educarla para que sea no ídolo o nube que oculta a Dios, sino aurora que lo anuncia, pórtico que lo revela. No granito que lo tapa, sino alabastro que lo transparenta. Serenidad que sepa aceptar lo inevitable para hacerlo provechoso. Serenidad para que, cuando la desgracia llame a la puerta del hogar, sea ella la última en dejarse abatir y la primera en levantarse.

Educar a la mujer en la sensibilidad es asentar en columna roqueña la familia que un día formará. Dad a un pueblo madres serenas, valientes, animosas, y aseguraréis su porvenir. No existe argumento más perentorio contra el ateísmo que una, muchas madres. Ellas mantienen y transmiten la fe incluso cuando sacerdotes y religiosos se dejan contagiar del naturalismo ambiente. Ellas animan esa «Iglesia doméstica» a la que Juan Pablo II tanto le gusta referirse cuando habla de la familia.


Hora de los Laicos