sábado, 1 de junio de 2013

José Celestino Mutis, sacerdote y científico (…sin problema)

Jesús Amado Moya

Dulce María Loynaz tiene una encantadora poesía que dice así:

“Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz y sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde y rubia,
y morena…
Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta!…
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda… O no me quieras!”

Desacertada y fraudulenta la conducta que pretende ignorar la realidad completa. De un objeto, de una idea o de una persona. Hemos de aceptarla y mostrarla en todas sus facetas. “Sin recortes”, como nos dice la citada poeta cubana.

Todo esto pensaba yo al hojear un reciente libro “Kingdom of ants” (Reino de las hormigas) aun no traducido al castellano. Uno de sus autores, Edward O. Wilson, es un famoso y prestigioso biólogo estadounidense, muy conocido por sus trabajos en evolución y sociobiología. Pero también por su propuesta de ateismo científico. Que le lleva a afirmar que “los mejores científicos rara vez son religiosos”.

Sorprendente afirmación de quien en el citado libro, a lo largo de un centenar de páginas, va exponiendo toda la obra científica realizada por el español José Celestino Mutis en Centroamérica a finales del siglo XVIII. El subtítulo del libro es “José Celestino Mutis y el amanecer de la Historia Natural en el Nuevo Mundo”. Y si bien es cierto que se trata de una obra meramente científica, ¿por qué sistemáticamente se ha obviado la faceta religiosa del personaje biografiado, sacerdote por más señas? “Si me quieres, quiéreme entera… sin recortes”. Sirva, pues, este pequeño artículo de complemento al estudio científico que sobre José Celestino Mutis se nos ofrece. Y sirva, sobre todo, de exponente del posible y necesario diálogo entre ciencia y fe tan ponderado por la Iglesia y el papado de los últimos decenios.

José Celestino Mutis nació en Cádiz el 6 de abril de 1732. Estudió medicina y cirugía en el vanguardista Colegio de Cirugía de Cádiz y concluyó su carrera en la Universidad de Sevilla. Con 25 años se traslada a Madrid como profesor de Anatomía y médico de la Corte. Allí, en contacto estrecho con los especialistas del Jardín Botánico, surge su creciente interés por esta rama de las ciencias.

En 1760 llega a Nueva Granada (América) como médico de cabecera del Virrey D. Pedro Messia. E inicia su brillante labor como científico. En 1772 (con 40 años de edad) Mutis recibe las órdenes sagradas. Falleció el 11 de septiembre de 1808.

Si bien queremos resaltar en este artículo la faceta religiosa de Mutis, debemos al menos hacer mención a algunas de sus dimensiones científicas. Dirigió una expedición botánica en el territorio de Nueva Granada (actuales Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela) que se prolongó por 30 años. Sus informes y muestras de especies vegetales y animales fueron enormemente apreciados por naturalistas eminentes como Carlos Linneo, padre de la Taxonomía moderna, (con quien mantuvo una correspondencia que se prolongó durante 16 años, hasta la muerte de Linneo) y con Alexander von Humboldt, padre de la Geografía Moderna Universal.

Los elogios de Linneo a Mutis no pueden ser más cálidos: “Ojala que en esta vida me fuera dado verte personalmente, siquiera una vez… Me atrevería por ello a emprender un viaje a España, a pesar de que me lo impide la vejez y la muerte que no puede tardar”. Y encabeza una de sus cartas de este modo: “Al varón amicísimo, suavísimo y candidísimo Dr. D. J. C. Mutis, botánico sapientísimo y agudísimo”. Baste decir que según alguno de sus biógrafos Linneo “daba saltos de alegría cuando recibía cajas de plantas de Mutis”.

Precisamente es Linneo quien escribió en el prefacio de su última edición del “Sistema Natural”: «La creación de la Tierra es la gloria de Dios, como solo el hombre puede observar en las obras de la Naturaleza. El estudio de la naturaleza debería revelar el orden divino en toda la creación de Dios; la tarea del naturalista radica, por tanto, en construir una «clasificación natural » que mostrase este orden en el Universo». La Clasificación Natural a la que se refiere Linneo es la que llamamos hoy en día “Clasificación de Linneo, de plantas, animales y minerales”.

No menores fueron los elogios de Humboldt a Mutis. Ambos convivieron durante dos meses en Santa Fe de Bogotá, en el año 1801. Tres cosas impactaron a Humboldt al visitar a Mutis. La primera, encontrarse con que Mutis fuese un sacerdote. En la protestante Prusia, su país, no era eso lo corriente, mientras que en España ocurría todo lo contrario: la mayoría de los botánicos eran sacerdotes o religiosos. La segunda cosa que le impactó: el extenso “taller” instalado por Mutis; en él trabajaban bajo su dirección unos 15 discípulos entre botánicos, dibujantes, pintores y ayudantes, dedicados todos ellos al estudio del conocimiento y clasificación de las plantas. Finalmente, la tercera cosa que le causó admiración a Humboldt fue la fabulosa biblioteca de Mutis; tenía unos 8500 libros. De ella escribe Humboldt en su diario: “No hay otra biblioteca que la supere, con excepción de la de Banks en Londres; al menos en lo concerniente a historia natural». James Banks era a la sazón Director de la Royal Society. En su Geografía de las Plantas, se puede leer: «Dedicada con los sentimientos del más profundo reconocimiento, al ilustre patriarca de los botánicos, José Celestino Mutis, por Federico Alejandro, Barón de Humboldt».

Por cierto, Humboldt reconoce en uno de sus libros que “ningún gobierno europeo ha invertido sumas mayores para adelantar el conocimiento de las plantas que el gobierno español”.

El legado de la Expedición Botánica dirigida por Mutis llegó a Madrid en 105 cajones que fueron abiertos en presencia del rey, Carlos III a la sazón, que había propiciado dicha expedición. Su contenido, más de 24.000 ejemplares relacionados con 130 familias botánicas. Todo ello quedó en el Real jardín Botánico de Madrid, y hasta el día de hoy siguen inéditos contenidos de los mismos. Entre otros tesoros de su interior, no menos de 6.600 dibujos originales (de ellos 3.000 láminas coloreadas) que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad.

Brilló Mutis en todos los campos en los que trabajó: médico, botánico, matemático, astrónomo, metalúrgico, zoólogo… pero asimismo, hay que reconocerlo, en el campo del sacerdocio ministerial, como médico no solo de cuerpos sino también de almas. No en vano uno de sus mejores biógrafos llega a definirle como “Sacerdote de Dios y de la Naturaleza”. Y añade con entusiasmo: “Contemplando la Naturaleza, elevaba su espíritu al Autor de la misma, le adoraba y se desprendía enteramente de la tierra para unirse más a Él”.

De herencia le venía a Mutis el espíritu religioso, pues en su familia por parte materna, su tío, el P. Bosio fue Provincial de la Compañía de Jesús, y su hermano Francisco, mayor que él, también fue sacerdote jesuita. Y que su vocación clerical venía de muy atrás lo atestigua él mismo en una carta que dirigió a su amigo Martínez de Sobral, en la que le dice: «De haber permanecido en la corte española las tentaciones de las altas y temibles dignidades a las que me he podido resistir en el Nuevo Reino sin violencia, hubieran sido un obstáculo para abrazar el estado eclesiástico en España”.

Desde el momento de su ordenación fue un verdadero sacerdote de Dios y ministro de la naturaleza, divididos todos sus momentos entre la religión y las ciencias, y siendo un modelo de virtudes en la primera y un sabio en las segundas.

Aunque son pocas son las alusiones a su ministerio sacerdotal en los escritos de Mutis, sabemos que Mutis decía misa como capellán todos los días en el convento de Santa Clara, y era confesor de las monjas en un convento de Santa Fe. Cumplía religiosamente las leyes eclesiásticas en materia de ayuno y abstinencia, en cuanto se lo permitía su quebrantada salud.

En su condición de médico, y con licencia especial del Papa para ejercer la medicina y la cirugía, asistía a los enfermos con los auxilios de la ciencia y de la religión. Le caracterizaba una cualidad sacerdotal: su desinterés y la falta de apego por bienes terrenales. Cuando obtenía ingresos los dedicaba por completo a los menesterosos y –en sus últimos años- a la construcción del primer Observatorio Astronómico de América, al tener la experiencia de conocer el primero de ellos, construido en España por su maestro el insigne ingeniero naval Jorge Juan en 1753 en la Isla de León, (hoy la ciudad de San Fernando) a 14 kilómetros de Cádiz. No podemos extrañarnos de que la muerte le hallara pobre de bienes materiales, pero rico en obras humanas y, sobre todo, espirituales.

En conclusión, Celestino Mutis demostró con sus propias vivencias la compatibilidad de las relaciones entre religión y ciencia, y cómo una no excluye a la otra. Muchos científicos cristianos que Mutis sentó en su misma mesa de trabajo y a quienes siguió, explicó y dio a conocer en Santa Fe de Bogotá; y otros con quienes tuvo amistad como Jorge Juan, o se relacionó y cooperó intercambiando plantas, láminas y dibujos como Carlos Linneo, todos ellos mostraron sus creencias y su fe, al par de sus obras científicas en escritos y manifestaciones orales.


Podemos, pues, incluir a Mutis con la culta, amplia y valiente pléyade de científicos que están en desacuerdo con la idea de que la ciencia pretenda ser un absoluto para la vida y la concepción humana de la existencia.