sábado, 1 de junio de 2013

El ser humano: persona masculina y persona femenina

Andrés Jiménez Abad

Uno de los signos del tiempo actual es el convencimiento, tan altamente extendido como infundado, de que ambos sexos, hombre y mujer, carecen de un fundamento natural e incluso biológico, de que sus papeles son absolutamente intercambiables y de que feminidad y masculinidad son construcciones sociales de una cultura patriarcal y machista -verdadero núcleo original del capitalismo, en esto Marx se equivocó, dicen- que es necesario destruir para lograr la verdadera igualdad social, y la satisfacción de los deseos individuales, de manera que cada cual podría elegir configurarse sexualmente como desee.

La revolución sexual que se desencadenó abiertamente en los años 60 del pasado siglo está a punto de alcanzar su punto álgido. La familia está siendo fuertemente cuestionada y diluida como institución. Se acusa al cristianismo de haber traicionado históricamente a las mujeres. Se hace necesario replantear lo que significa ser varón y ser mujer, y preguntarse por la adecuada comprensión de la relación natural entre ambos: si es una relación de complementariedad e igual dignidad, o si es una estructura dialéctica de poder generadora de “roles socialmente construidos”.

Debemos preguntarnos por el lugar de la sexualidad en la esencia humana. Si se discute que existe una naturaleza humana sexuada, también está en el aire el orden moral de la sexualidad y el fundamento de las relaciones sobre las que se sustentan la familia y la convivencia social.

SOMOS, TAMBIÉN, NUESTRO CUERPO

Cuando contemplamos al ser humano, hombre o mujer, lo que aparece inicialmente ante nuestra mirada es su corporalidad, ciertamente. Pero la riqueza expresiva que ofrece el cuerpo humano es tal que no podemos considerarlo como una realidad puramente material o fisiológica. El ser humano tiene una dimensión esencial física y biológica, pero no se agota en ella. El cuerpo humano es también expresión de una realidad íntima -el yo, la persona-, como manifiestan de un modo evidente los ojos, el habla, las manos, e incluso el cuerpo mismo en su totalidad, como puede apreciarse a través de la danza o en multitud de gestos.

El ser y el obrar humanos no se reducen a las expectativas biológicas, a la mera satisfacción de las necesidades orgánicas o fisiológicas, sino que ambos, ser y obrar, se desbordan mediante la apertura a la realidad, más allá de la corporalidad, pero también a través de ella, manifestando así lo específico de su naturaleza racional, de su intimidad creativa y aportadora de riqueza al mundo circundante, de su capacidad de comprender el mundo y de disponer de sí mismo por propia determinación, la libertad. El sujeto de toda esta riqueza vital es el yo, la persona.

Y aunque haya algo en nosotros que rebasa el espacio y el tiempo -nuestra vida “biográfica” y espiritual-, esta dimensión profunda y abierta no puede prescindir de una concreción física y biológica, corporal, que también ofrece una peculiar apertura al mundo en la cual se manifiesta el espíritu. También somos nuestro cuerpo y éste es parte esencial de nuestra naturaleza humana. Nuestro cuerpo nos constituye y nos hacer ser lo que somos. No somos espíritus puros, naturalezas angélicas. Intentar vivir sin contar con nuestra dimensión físico-biológica es intentar romper la unidad constitutiva del ser humano. La ruptura con lo biológico no libera de ataduras, antes bien, conduce a lo patológico.

En nuestra herencia genética recibimos una información complejísima que condicionará nuestras actitudes, preferencias, emociones, etc. Muchos de estos aspectos pueden ser considerados en parte como fenómenos mecánicos, térmicos, eléctricos, etc., y las interacciones que se producen en este nivel constitutivo influyen indudablemente en los niveles más profundos de nuestra vida personal: la fatiga, la enfermedad, la presencia de ciertas sustancias químicas en la sangre, la necesidad fisiológica, etc.

Pero al mismo tiempo, al considerar numerosos gestos, acciones y dimensiones de nuestro cuerpo, percibimos y comprendemos la existencia de un ámbito interior -el espiritual, nuestro yo- del que es expresión. Quizás los ejemplos más claros pueden ser los ya mencionados: el rostro y la mirada, las manos y el lenguaje articulado, pero pueden añadirse también la risa y el llanto, el trabajo, el arte o la sexualidad, entre otros. La sexualidad humana, a este respecto, y a diferencia de la animal, es capaz de ser expresión de una intimidad y es esta dimensión la que le da su sentido más profundo.

La naturaleza del ser humano, su modo constitutivo de ser, implica la estrecha unión de alma y cuerpo; ambos en unidad constituyen la totalidad singular que es la persona humana, que es al mismo tiempo, bien hombre o bien mujer. El ser humano personal es en su totalidad de alma y cuerpo masculino o femenino. La dimensión sexuada es inherente a la naturaleza humana e inseparable de la persona.

Distinguir entre persona masculina y persona femenina sugiere que la diferencia entre varón y mujer se encuentra en lo más íntimo del ser humano, en la persona, hasta llegar a configurar el propio yo; afecta a su cuerpo y a su alma.

EN REFERENCIA MUTUA

Es todo el ser humano, en todas sus facetas, el que está modalizado sexualmente: es todo mi yo el que es persona masculina o femenina. Y esa diferencia -que en lo biológico algunos genetistas calculan en un 3%, mientras que el resto de nuestro organismo sería del todo similar- se halla en cada célula de nuestro cuerpo, existen diferencias claras en la estructura y la conectividad del cerebro de mujer y del cerebro de varón. Pero también en la individualidad más íntima de la persona, en el yo, que es masculino o femenino.

La sexualidad no existe como entidad en sí misma. Lo que existe propiamente son las personas sexuadas, personas masculinas y personas femeninas. Y esto, ¿qué supone?

Significa que el modo masculino y el modo femenino de existir son complementarios, pero no sólo entre los sexos, sino en el interior de cada sexo. Esa diferencia forma parte sustantiva de la propia identidad personal y se ordena no sólo a la generación sino a la complementariedad y la comunicación íntima de las personas.

Más aún, el conocimiento de la propia identidad sexuada se produce ante y gracias al otro sexo: El hombre y la mujer son recíprocamente “espejos” en que cada uno descubre su condición. Hay un elemento de asombro, condición de todo verdadero conocimiento como afirma Julián Marías, que ayuda a que el encuentro con el otro modo de ser persona haga descubrir el propio modo de serlo. Más aún, es la aportación de la otra persona la que ayuda a crecer de acuerdo con el modo de persona que se es. La atracción que existe entre ambos sexos radica, aún más que en la pulsión fisiológica, en el misterio enriquecedor que se intuye en el otro modo de ser, en el diverso modo de sentir, de percibir, de valorar, de dar y de recibir, de amar y de ser amado.

No hay por lo tanto simetría, sino más bien adecuación desde una comunidad constitutiva, desde una naturaleza común. La persona humana es varón o mujer, en referencia recíproca y complementariedad radical. “Ser varón es estar referido a la mujer, y ser mujer significa estar referida al varón” afirma Julián Marías. Son como la mano derecha respecto de la mano izquierda; si no hubiera más que manos izquierdas, no serían izquierdas. La persona en cuanto varón es para la mujer, y en cuanto mujer es para el varón, y no sólo en lo relativo a la genitalidad. Esta complementariedad no se refiere a la genitalidad, sino a la entera condición o modalización sexuada de la persona humana. Y no abarca solamente el ámbito matrimonial o de pareja, sino que se extiende a todos los ámbitos de las relaciones humanas en la familia y en la sociedad.

Ciertas cualidades decisivas en toda persona madura parecen más peculiares del modo de ser persona masculino y otras del modo de ser persona femenino. Hay, por ejemplo, un modo masculino de ejercer la ternura, distinto en la mujer; del mismo modo que hay un modo femenino de ejercer la firmeza, distinto en el varón. Que exista una cierta inclinación hacia determinadas disposiciones no significa exclusividad en su adquisición y ejercicio. El modo de ser masculino parece más capaz de aportar una tendencia a la exactitud y la racionalización, la técnica, el dominio sobre las cosas, la capacidad de proyectos a largo plazo. El modo femenino de ser persona muestra una mayor espontaneidad para el conocimiento de las personas, la delicadeza y el matiz en el trato, la capacidad de atender a lo concreto, la generosidad, la intuición en el raciocinio, la tenacidad... Ello no supone un “reparto” de cualidades, y menos aún una distinción de rango o dignidad, sino una predisposición a la complementariedad, al respeto y a la ayuda mutua.

No es que existan cualidades masculinas y femeninas, sino un diferente modo de cultivarlas y de mostrarlas, masculino y femenino, que induce a la colaboración entre las personas de uno y otro sexo. Escribe Blanca Castilla: “Masculinidad y feminidad no se distinguen tanto por una distribución entre ambos de cualidades o virtudes, sino por el modo peculiar que tiene cada uno de encarnarlas. En efecto, las virtudes son humanas y cada persona ha de desarrollarlas todas.” Y de ahí que no puede pretenderse que haya trabajos específicos del varón o de la mujer, pero sí que el papel de uno y otro es significativo, por ejemplo, en la educación y en la convivencia y, con mayor motivo, en el rol materno y el paterno, difícilmente intercambiables.

Desde una común naturaleza y desde la misma dignidad, varón y mujer, los dos modos sexuados de ser persona, aportan matices y perspectivas diferentes. Ambos se potencian y se necesitan recíprocamente. La mujer es el complemento del varón como el varón es el complemento de la mujer. Es como si una misma melodía, escrita a dos voces, resultara armónica y completa al ser interpretada a dúo: un modo de ser ayuda al otro. “Son como dos versiones de la misma naturaleza, pues son y hacen lo mismo de modo diverso, pero de tal manera que resultan complementarios” (B. Castilla), de forma que la personalidad de cada uno -y la de quienes conviven con ellos en la familia o en otros ámbitos- se va configurando con las virtudes y actitudes para las que cada uno está más inclinado, y con las que se ha aprendido por la aportación del sexo contrario. Una sociedad sin feminidad no sería una sociedad masculina, sino una sociedad inhumana. Y de hecho probablemente ya lo es en gran medida.

Masculinidad y feminidad no se reducen, así pues, al plano físico y biológico ni se agotan en la función reproductiva. Abarcan toda la corporalidad humana y por lo tanto al modo como la intimidad del yo personal se expresa a través de ella, de acuerdo con su modalidad sexuada constitutiva.

Por este motivo, “no teniendo la masculinidad la exclusiva de la fortaleza, ni la feminidad la de la ternura, no obstante, se puede hablar de una fortaleza masculina y femenina (modos propios o diversos de expresar el mismo bien) o de una ternura masculina o femenina. En suma, podemos hablar de personalidad masculina y personalidad femenina sin que por ello varón y mujer sean más o menos persona humana” (Pedro J. Viladrich). La feminidad realiza lo humano tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria, y sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino, lo humano se realiza plenamente.

Desde el campo católico sobresale el magisterio de Juan Pablo II acerca de la dignidad y la misión de la mujer, recogido en varias cartas y exhortaciones apostólicas, así como sus reflexiones teológicas acerca del cuerpo humano, vertidas sistemáticamente en sus alocuciones generales desde 1979. Pero también se ha empezado a escuchar la voz de un nuevo feminismo que reivindica una verdadera comprensión y defensa de lo que es propio de la mujer como tal. Escribe Janne Haaland Matláry, exministra noruega: “El auténtico radicalismo de la emancipación femenina consiste en la libertad de ser realmente una misma, de ser mujer en ‘términos de mujer’. Yo aspiro a que mis colegas masculinos respeten mi condición de madre. Quiero que me consideren como la mujer que soy, y no como una persona que aspira a ser como ellos. Quiero que mis valores femeninos y mis cualidades específicas sean apreciadas y reconocidas en la vida profesional y en la política al igual que lo son los valores y cualidades masculinos... Son mis cualidades femeninas las que precisamente me dan fortaleza, mientras que el imitar las conductas de los hombres me debilita porque entonces no soy verdaderamente yo misma”.

Puede decirse que la aportación más significativa del ‘neofeminismo’ reside en la demanda y el planteamiento de una antropología que permita engarzar tanto la igualdad como la diferencia entre hombre y mujer, que supere lo mismo la subordinación y el igualitarismo, y que permita comprender qué o quién es realmente la mujer, y qué o quién es realmente el varón. Pero esto a su vez requiere una comprensión cabal de lo que significa ser persona y en qué consiste la naturaleza humana, asunto tan mal entendido por la Modernidad.

LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

Se ha estado oyendo durante estos últimos años la expresión "género" y muchos se imaginan que es solo otra manera de referirse a la división de la humanidad en dos sexos, pero detrás del uso de esta palabra se esconde una ideología que busca precisamente acabar con la distinción y referencia mutua del sexo masculino y femenino.

Esta ideología afirma que las diferencias entre el varón y la mujer no corresponden a una naturaleza fija que haga a unos seres humanos varones y a otros mujeres. Las obvias diferencias anatómicas serian irrelevantes e incluso deberían ser suprimidas. Las diferencias de manera de pensar, obrar y valorarse a sí mismos serían el producto de la cultura -de unas relaciones de poder- en una época determinada, que asigna a unos y otros ciertas características que se explican por las conveniencias de las estructuras sociales.

En concreto, afirman siguiendo a Engels, amigo y colaborador de Marx, que “todo matrimonio se funda sobre la posición social de los contrayentes, y sería una prostitución en la que la mujer sólo se diferencia de la cortesana ordinaria en que no alquila su cuerpo a ratos, como una asalariada, sino que lo vende de una vez para siempre como una esclava.” “La mujer se ha convertido en la criada principal. La familia moderna se funda en la esclavitud doméstica. El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletariado.” (Cita de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).

Una sociedad patriarcal -en la que el poder dominante corresponde al varón- genera relaciones en las que el hombre es el dominador y la mujer la sometida. La máxima expresión de esta sumisión sería el “rol” (papel social) o estereotipo de la maternidad, organizada y protegida en el marco de la familia. Así ha sido hasta ahora, pero si las mujeres se hacen con “las fuerzas de reproducción” (la expresión es de Sulamithe Firestone), acabarán con la opresión que hasta ahora han venido padeciendo. Por eso el objetivo es el “empoderamiento” de “las mujeres”. Ya no se usa la expresión “la mujer”, en singular, puesto que denotaría la existencia de una esencia o naturaleza objetiva. Sólo existen los individuos y las relaciones de poder que generan. No se nace hombre ni mujer. Según la expresión de Simone de Beauvoir, el hombre y la mujer “se hacen”.

El feminismo de género busca establecer una igualdad total entre hombre y mujer sin considerar las naturales diferencias entre ambos, especialmente las diferencias sexuales; más aún, relativizan la noción de sexo de tal manera que, según ellos, no existirían dos sexos, sino más bien muchas "orientaciones sexuales”. Se insiste en la “desconstrucción” (destrucción) de la familia -sobre todo a través de la política, la educación y la utilización de un nuevo lenguaje-, no sólo porque esclaviza a la mujer, sino porque condiciona socialmente a los hijos para que acepten la familia, el matrimonio y la maternidad como algo natural, como dice Nancy Chodorow.

La igualdad feminista radical significa, no simplemente igualdad bajo la ley y ni siquiera igual satisfacción de derechos y necesidades básicas de “la mujer”, sino más bien que “las mujeres” -al igual que los hombres- no tengan que dar a luz. La destrucción de la familia biológica permitirá, según Alison Jagger, la emergencia de “mujeres y hombres nuevos”.

Las "feministas de género" incluyen como parte esencial de su agenda la "libre elección" en asuntos de reproducción y de estilo de vida. Pero “libre elección de reproducción" es la expresión clave para referirse al aborto a solicitud; mientras que "estilo de vida" apunta a promover la homosexualidad, el lesbianismo y toda otra forma de sexualidad fuera del matrimonio. Así, denuncia abiertamente la escritora Dale Oleary, “la nueva perspectiva de género tiene como objeto propulsar la agenda homosexual/lesbiana/ bisexual/transexual, y no los intereses de las mujeres de carne y hueso, normales y corrientes”. Cada cual podría “construirse sexualmente” como desee. A ello ayudarán el recurso a la cirugía, los tratamientos hormonales, la reproducción asistida, la ingeniería genética e incluso, en el futuro, la reproducción totalmente artificial y asexual. Entonces se hará presente el mundo feliz (Huxley), el paraíso de la ‘verdadera’ igualdad.

LA VERDAD SOBRE EL SER HUMANO Y LA MATERNIDAD

Pero a la luz de las reflexiones que hacíamos al principio, se advierte que el ser del varón y el de la mujer no son meros roles sociales, construidos por una cultura y por unas instancias de poder que hoy las configuran de un modo pero que mañana, tras la deconstrucción de éstas, pueden adoptar otra determinación.

Es verdad que el varón y la mujer “se hacen”, pero sólo a partir de lo que en ambos es constitutivo y que marca la referencia de la plena realización y el perfeccionamiento humano: su naturaleza. La naturaleza humana lleva en sí un orden de perfeccionamiento que se pone en manos de la libertad personal y que establece unas exigencias de índole moral, más allá de una u otra cultura concreta. Así, existe la exigencia moral de tratar siempre a las personas como personas, y nunca como cosas, e incluso de tratarse a sí mismo o a sí misma de acuerdo con la dignidad de persona (por ejemplo, yo no estoy moralmente autorizado a hacer con mi cuerpo lo que quiera). En este plano, aun cuando una cultura concreta puede condicionar la valoración e interpretación de los sexos y de lo que es propio de uno y de otro, se pone de manifiesto que toda cultura tiene más o menos valor en la medida en que hace más o menos justicia a lo que es propio del ser humano y a su dignidad.

De modo singular, conviene pensar en la maternidad y en su valor: “He sido siempre una mujer dedicada a una actividad profesional y consideraba mi trabajo como lo primero de todo, pero sólo cuando llegué a tener hijos pude darme cuenta de que es en la maternidad donde radica la esencia de lo femenino en su más profundo sentido. La maternidad no es simplemente una función auxiliar de la paternidad sino algo diferente. Para alguien como yo, que nunca pensaba en los niños ni demostraba interés hacia ellos, fue una especie de revolución existencial” (Janne Haaland Matláry).

Para el feminismo de género, para el materialismo dialéctico o para el existencialismo sartreano -profesado por Simone de Beauvoir y sus seguidores-, la maternidad es sólo una función social, un papel, un rol construido por la sociedad y por los patrones culturales vigentes en una época o en un sistema de relaciones determinado. Pero cuando una madre concibe, cría y se entrega al cuidado y la educación de su hijos, emprende una relación de por vida y sumamente profunda con otro ser humano, su hijo o hija. Esta relación define a la mujer y está en directa vinculación con su corporalidad y sus inclinaciones más hondas, le plantea ciertas responsabilidades y afecta enteramente a su vida –y a la de su hijos y su esposo cuando menos-. No está representando el rol de madre: es una madre. La maternidad no se agota en el rol reproductivo.

La cultura y el contexto, las condiciones económicas y la tradición ciertamente influyen sobre el modo en que la mujer cumple con la responsabilidad de ser madre y sobre el modo en que la maternidad es considerada y tratada en la sociedad, pero no crean madres. Y tampoco está de más advertir que el hombre sólo aprende a ser padre a través de la maternidad de su mujer.

No hay contraposición real entre naturaleza y cultura, sino que la cultura es el cultivo de lo específicamente humano. La naturaleza humana en sentido estricto no es el estado primitivo de la especie, contra el que una sociedad evolucionada puede alzarse con sus normas arbitrarias, sino el orden de perfección que corresponde al modo constitutivo de ser del hombre y de la mujer. Lo natural, en este sentido profundo, es lo mejor de lo que el ser humano es capaz según su orden de desarrollo propio. Y el desarrollo cabal de lo humano consiste en convertirse en don, es decir, en amar, en servir al bien de alguien a quien se ama.

PARA SABER MÁS:

Aparisi, Ángela y Ballestero, Jesús (eds.): Por un feminismo de la complementariedad. Eunsa, Pamplona, 2002.

Calvo, María: La masculinidad robada. Almuzara, Córdoba, 2011.

Castilla, Blanca: La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis. Madrid, Rialp, 1993.

Conferencia Episcopal Peruana: La Ideología de Género. Sus peligros y alcances. En base al informe "La desconstrucción de la mujer" de Dale O'Leary. Lima. 1998.

Consejo Pontificio para la Familia: Lexicón. Madrid, Palabra, 2004.

Haaland Matláry, Janne: El tiempo de las mujeres. Rialp, Madrid, 2000.

Juan Pablo II: Hombre y mujer los creó. (Ed. preparada por el Instituto Juan Pablo II). Cristiandad, Madrid, 2010.

López Moratalla, Natalia: Cerebro de mujer, cerebro de varón. Rialp. Madrid, 2007.

Marías, Julián: La mujer y su sombra. Alianza, Madrid, 1986.

Müller, Gerhard Ludwig (ed.): Las mujeres en la Iglesia. Encuentro, Madrid, 2000.

Scala, Jorge: La ideología de género, o el género como herramienta de poder. Sekotia, Madrid, 2010.

Stein, Edith: La mujer. Palabra, Madrid, 2000.


Trillo-Figueroa, Jesús: La ideología de género. Libros libres, Madrid, 2009.