miércoles, 1 de mayo de 2013

La “pedagogía cristiana”: claves esenciales

P. Tomás Morales SJ

Pedagogía perenne es la pedagogía cristiana, avalada por la experiencia de siglos educando hombres y santos.

Forja «personalidades maduras que saben controlar la propia sensibilidad, que asumen las propias tareas de responsabilidad y guía, que tratan de realizarse en el lugar y trabajo en que se encuentran... Y llenas de serenidad y valentía para aceptar la realidad como es, sin críticas depresivas ni utopías, para amarla y salvarla» (Juan Pablo II, 1979).

Es el eje diamantino veinte veces secular de la pedagogía evangélica que no se cansa de «suscitar educadores que enseñan día a día a construir, con medios pacíficos y según una auténtica responsabilidad, una sociedad más justa», «una civilización verdaderamente humana». Una educación que enseña a superarse excluyendo «la palabra "desaliento", que no es digna del hombre y menos del cristiano» (Juan Pablo II, 1982), e impulsa incansable a «no dejarse vencer por el mal, sino a ahogar el mal con el bien» (Rom 12,21).

Una educación enraizada en el amor sereno y fecundo que no tolera prisa ni sufre pausa. No tolera prisa, que mata el amor como el vendaval apaga la llama. No sufre pausa, porque el amor «nunca esta ocioso», no «se puede hallar un punto sin lo que ama» (Sta. Teresa). Es como el fuego, que, si no incendia, se apaga. Educación que enseña a estar siempre ocupados, pero nunca preocupados. El que está preocupado —ocupado antes—, ya no puede ocuparse con plenitud y eficacia en nada. Nunca llegará a ser un padre de familia responsable, un estadista genial, un financiero inteligente, un competente profesional, un maestro eficiente, un trabajador modelo, un estudiante destacado, un verdadero amigo. Le falta esa madurez de que nos habla el Papa.

Educación que enseña a encarnar la divisa con que San Benito y sus seguidores echaron los cimientos de la civilización occidental: ora et labora. Con ella el Santo «nos ha dejado una regla válida aún hoy para el equilibrio de la persona y de la sociedad, amenazadas por el prevalecer del tener sobre el ser» (Ibídem).

Educación de viejo cuño castellano que forja caracteres graníticos revestidos de la suavidad del musgo. Educación que enseña a «ser fieles a las virtudes propias de los hombres y mujeres de estas tierras: la honradez, la laboriosidad, la discreción, el aprecio del hombre por lo que es más que por lo que tiene» (Ibíd.)


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