miércoles, 1 de mayo de 2013

La educación de la infancia y juventud

Por Santiago Arellano Hernández

Con la que está cayendo qué extraño tiene que el desaliento sea el sentimiento dominante entre educadores y responsables de la educación. No se puede hacer nada. Hombre, no. Hacer hay que hacerlo todo, aunque los frutos no los veamos. Es precisamente en estos momentos en que la humanidad, no sólo en nuestros lares, se encuentra desorientada, cuando es bueno volver la mirada a tiempos, también fuertes, pero que comparados con los nuestros hasta pueden parecer bonancibles.

Cristo y la Virgen como protectores de la infancia (1694),
de Esteban Márquez
Hay un enorme mural en el salón de actos de la Universidad de Sevilla, en el Paraninfo, que inicialmente estuvo en el colegio sevillano de San Telmo, en el que se preparaba a los futuros marineros de España. En dos momentos se ve a Nuestro Señor Jesucristo, en una, sentado, acogiendo a un grupo de niños; en otra, de pie, enseñándoles. A la derecha la Virgen protege y dirige a otro grupito, que llevan en sus manos letanías lauretanas, hacia su hijo. Arriba, unos Apóstoles, les dan de comer. Y en una esquinita, como al tanto de todo, San Telmo con su hacha encendida y el gran San Francisco Javier. No se trata de una escena idílica que tiene lugar en el cielo. Los niños están en esta ladera de la existencia. El cielo desciende a la vida cotidiana y ayuda, -resumen de toda educación- al alimento del cuerpo y del espíritu-. Los ángeles descienden gozosos a la tierra.

En nuestros días se califica como de otros tiempos cualquier referencia a lo sobrenatural. Se nos olvida que lo único realmente actual es lo verdadero, que la auténtica modernidad solo se encuentra en la adecuación de nuestras ideas con la realidad. Por eso tanto palo de ciego y tanta desesperanza. Murillo y sus discípulos lo tenían muy claro en aquella España de la segunda mitad del siglo XVII. Esteban Márquez es un pintor casi desconocido, como suele ocurrir cuando sigues la estela de un genio. Este cuadro me ha sorprendido como muy digno de tenerse en cuenta.

El segundo referente artístico es un poema de José Mª Valverde. Se titula PATERNIDAD y dice: 
Con niños por en medio, ya no hay modo de que sienta temor de Dios, que tiemble de aquel Yahvé del fuego y de la cólera que llenó mi niñez de escalofríos. Con este amor abyecto que me arrastra por verles sonreír, con mi tormento si algo les duele, el vértigo pensando qué será de ellos luego, solos, torpes, y sabiendo muy bien qué disparates hizo Dios por nosotros, no hay manera de temerle. Ya sé su punto débil: es Padre, es Hijo en medio de hermanitos. ¿Cómo no he de abusar de mi confianza? Pero a ellos no les hablo de eso: un día empezarán a verlo con sus hijos.


¿Se nos olvida que Dios, Padre más que nosotros de nuestros hijos, no se desentiende ni un instante de cada uno de nosotros? Recuerda el poeta aquella visión de un Dios severo e implacable, tan alejado tanto de la Justicia como de la Misericordia que nos reveló el Evangelio. Su experiencia de padre le lleva al encuentro con la imagen de Dios. Nosotros hacemos locuras con nuestros hijos y ¿Dios no ha hecho locuras con nosotros?


Confianza en Dios, que Dios no es una palabra sin referente. Confiar en Dios hasta el abuso. Los dos últimos versos son tan sorprendentes como ciertos. Decirlo, podría ponerlos en peligro de no exigencia, disciplina y orden. Ya lo descubrirán cuando tengan hijos.