miércoles, 1 de mayo de 2013

El cuadro del hijo

Un hombre rico y su hijo único tenían gran pasión por el arte. Tenían de todo en su colección; desde Rafael hasta Picasso. Un día, desgraciadamente, el hijo fue a la guerra.

A los pocos meses, el padre recibió la noticia de que su hijo murió en la batalla mientras rescataba a otro soldado. Un mes más tarde, alguien tocó a la puerta. Un joven con un gran paquete en sus manos dijo al padre:

“-Señor, usted no me conoce, pero yo soy el soldado por quien su hijo dio la vida. Él me estaba llevando a un lugar seguro cuando una bala le atravesó el pecho, y murió al instante. Hablaba muy a menudo de usted y de su amor por el arte”. El muchacho extendió los brazos para entregar el paquete: “-Yo sé que esto no es mucho. No soy un gran artista, pero creo que a su hijo le hubiera gustado que usted recibiera esto.”

El padre abrió el paquete. Era un retrato de su hijo, pintado por el joven soldado. Contempló con admiración la manera en que el soldado había capturado la personalidad de su hijo en la pintura. El padre estaba tan atraído por la expresión de los ojos de su hijo que los suyos propios se arrasaron de lágrimas. Se lo agradeció al joven y ofreció pagarle por el cuadro.

“-Oh no, Señor, yo nunca podría pagarle lo que su hijo hizo por mí. Es un regalo.”

El padre colgó el retrato en la repisa de su chimenea. Cada vez que los visitantes e invitados llegaban a su casa, les mostraba el retrato de su hijo antes de mostrar su famosa galería.

El hombre murió unos meses más tarde y se anunció una subasta con todas sus pinturas. Mucha gente importante e influyente acudió junto con sus parientes, con grandes expectativas de hacerse con un famoso cuadro de la colección. Sobre la plataforma estaba el retrato del hijo.

El subastador golpeó su mazo para dar inicio a la subasta. “-Empezaremos la puja con este retrato del hijo, ¿quién ofrece por este retrato?”. Hubo un gran silencio. Entonces una voz del fondo de la habitación grito: “-Queremos ver las pinturas famosas, olvídese de esa”.

Sin embargo el subastador persistió: “-¿Alguien ofrece algo por esta pintura? ¿100.00, 200.00 dólares?” Otra voz gritó con enojo: “-No venimos por esa pintura, sino por los Van Goghs, los Rembrandts. Vamos a las ofertas de verdad”. Pero aun así el subastador continuaba su labor: “- El hijo, el hijo, ¿quién se lleva el hijo?”

Finalmente una voz se oyó desde atrás: Era el viejo jardinero de la familia: “-Ofrezco 10 dólares”. Siendo pobre, era lo único que podía ofrecer. -“Tenemos 10 dólares, ¿quién da 20?”, gritó el subastador”.

La multitud se estaba enojando. No querían el cuadro del hijo. Querían los que representaban una valiosa inversión para sus propias colecciones. El subastador golpeó por fin el mazo: “-Va una, van dos, ¡VENDIDA por 10 dólares!”

“-Ya era hora. Empecemos con la colección”, gritó uno.

El subastador soltó su mazo y dijo: “-Lo siento mucho, damas y caballeros, pero la subasta llegó a su final”.

“-Pero, ¿y las pinturas?”, dijeron los interesados.

“-Lo siento, contestó el subastador. Cuando me llamaron para conducir esta subasta, se me reveló un secreto estipulado en el testamento del dueño. Yo no tenía permitido revelar esta estipulación hasta este preciso momento. Solamente la pintura del hijo sería subastada. Porque aquel que la aceptara heredaría absolutamente todas las posesiones de este hombre, incluyendo las famosas pinturas. El hombre que aceptó quedarse con “el hijo” se queda con todo”.

“El que a su propio Hijo no perdonó, sino que, antes, le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Rm. 8, 32)


Anónimo