miércoles, 1 de mayo de 2013

Dios da siempre el ciento por uno

Inés Rodríguez y Enrique Alonso

Desde hace siete años participamos en los encuentros de novios de la parroquia de Santa Teresa de Getafe. ¿Por qué iniciamos esta andadura? Hacía tiempo que veíamos que el Señor nos llamaba a colaborar en temas de pastoral familiar. Primero lo hicimos en nuestro grupo, organizando las reuniones mensuales que teníamos para novios y matrimonios, y después surgió la inquietud de ofrecernos a dar cursos prematrimoniales ya que en aquel momento había gran necesidad. Nos pusimos en contacto con el COF (Centro de Orientación Familiar) de Getafe, que entonces coordinaba los cursillos de la diócesis, y nos ofrecimos a ayudar. Se lo propusimos también a los matrimonios del Grupo Santa María y finalmente junto a otro matrimonio del grupo, otros dos matrimonios de Getafe y el padre Javier Mairata, empezamos a organizar encuentros de novios.

¿Qué esperamos nosotros que las parejas de novios saquen de un fin de semana? Lógicamente tenemos una verdad que trasmitirles y sobre la que hacerles reflexionar. Nos esforzamos para que entiendan que esta verdad no es un conjunto de normas y prohibiciones que lo que hacen es fastidiar, sino que justamente esa verdad sobre ellos mismos y sobre el origen y la fuente de su amor que la Iglesia les ofrece, es la que les dará la felicidad. Para ello les damos unas charlas, intentamos que participen en los coloquios y hasta les ponemos una película; pero cada vez más, nos damos cuenta de que no depende de nosotros el convencer a nadie de nada, sino que nuestra única labor es la de sembrar para que el Señor haga luego su trabajo.

Lo que también creemos que les ayuda es vernos. Ver que se puede ser católico, tener una familia católica, tener hijos y educarlos según nuestras creencias, y QUE NO SOMOS UNOS BICHOS RAROS. Por esa razón siempre hemos intentado que los encuentros sean algo más que una sucesión de matrimonios dando su charla. Según las posibilidades de cada uno, procuramos acompañarles durante todo el fin de semana y que con nosotros también estén nuestros hijos; no sólo porque se lo pasen fenomenal o porque no tengamos con quién dejarlos, sino porque pensamos que su presencia, aparte de alborotar bastante, ilustra gran parte de lo que les estamos contado. El sábado comemos todos juntos (cada uno lleva algo de comida y la compartimos) y esto les suele gustar mucho. El ambiente más distendido propicia una mayor cercanía y conversaciones de todo tipo, desde las bondades culinarias, a la situación laboral o los preparativos de la boda y esto a veces hace que su predisposición hacia nosotros y hacia lo que les proponemos cambie.

La experiencia de estos años ha sido muy enriquecedora. En primer lugar porque nos ha dado la oportunidad de renovar una y otra vez nuestro matrimonio (¡y cuánto lo necesitamos!); de dar gracias por la vocación a la que el Señor nos ha llamado, que nos convierte en reflejo del amor y la ternura de Dios, el uno para el otro y también para los demás; de sacar al Señor del rincón en el que muchas veces le escondemos y ponerle en el centro, porque por esa razón nos casamos por la Iglesia; de recordar con cariño cuando nos enamoramos, los años de noviazgo y el día de nuestra boda; de ver a los hijos como un don, cuando no los teníamos y ahora que ya los tenemos; de proponernos cuidarnos más el uno al otro, dedicándonos tiempo, con pequeños detalles, eliminando los “siempres” y “nuncas” de nuestros reproches y… tantas otras cosas.

Enriquecedor ha sido el contacto con tantas parejas de novios y el ver cómo Dios mueve sus corazones a lo largo de un fin de semana y derriba tantos prejuicios. Ha sido bonito poder acompañar a conocidos y amigos en su preparación al matrimonio y que una de las parejas que participó en los encuentros, se haya ofrecido ahora a darlos.

El Señor también nos ha regalado la amistad del grupo de personas que a lo largo de estos años hemos compartido esta labor y que no hemos dejado de crecer, ni en el número de matrimonios ni en el de niños. Familias de origen diverso, con nuestras limitaciones y agobios, pero con una misma experiencia del Amor de Dios en nuestro matrimonio que intentar trasmitir.


Dios siempre nos sorprende y nos da el ciento por uno.