lunes, 1 de abril de 2013

Una escuela de oración con el Papa Benedicto XVI


P. Juan Ignacio Rodríguez Trillo

De mayo de 2011 a octubre de 2012, justamente antes de comenzar el Año de la fe, Benedicto XVI nos regaló un ciclo de catequesis sobre la oración que podemos considerar uno de los grandes regalos de su pontificado. Ojalá nos ayuden en la oración y mantengan vivo en nosotros el rico magisterio del Papa emérito.

Nos suscita el interés a través de algunas preguntas de fondo: “Contemplando la oración de Jesús, debe brotar en nosotros una pregunta: ¿Cómo oro yo? ¿Cómo oramos nosotros? ¿Cuánto tiempo dedico a la relación con Dios? ¿Se da hoy una educación y formación suficientes en la oración? Y, ¿quién puede ser maestro en ello?”

Ofrece una hermosa orientación: “Los cristianos hoy están llamados a ser testigos de oración. En la amistad profunda con Jesús a través de nuestra oración fiel y constante, podemos abrir ventanas hacia el cielo de Dios, ayudar a otros a recorrer ese camino: caminando, se abren caminos”.

Dando un paso más, alienta a rezar con el realismo de una vida inserta en el mundo: “Debemos llevar los acontecimientos de nuestra vida diaria a nuestra oración, para buscar su significado profundo y aprender a ver que Dios está presente en nuestra vida, también en los momentos difíciles, y que todo forma parte de un designio superior de amor”.

Y a rezar en familia: “La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Quiero invitaros a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia”.

Resalto algunas indicaciones muy concretas:


  • No debemos perdernos en el activismo puro, sino siempre dejarnos penetrar en nuestra actividad por la luz de la Palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio al otro, que no tiene necesidad de muchas cosas, sino que tiene necesidad sobre todo del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios. Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple activismo que al final deja insatisfechos.
  • Así debe ser nuestra oración: asidua, solidaria con los demás, plenamente confiada en Dios, que nos conoce en lo más íntimo y cuida de nosotros. En nuestra oración fijemos nuestra mirada en el Crucificado, detengámonos con mayor frecuencia ante la Eucaristía, para que nuestra vida entre en el amor de Dios.
  • Ninguna oración, ni siquiera la que se eleva en la soledad más radical, es aislarse; nunca es estéril; es la savia vital para alimentar una vida cristiana cada vez más comprometida y coherente.
  • La oración nos educa a ver los signos de Dios, su presencia y acción; es más, a ser nosotros mismos luces de bien que difundan esperanza e indiquen que la victoria es de Dios.

Y para finalizar:

  • Quiero invitaros a conocer mejor la Biblia, para conocer la maravillosa historia de la relación entre Dios y el hombre… A rezar con los Salmos, oraciones preciosas que encontramos en la Biblia y que reflejan las diversas situaciones de la vida y los distintos estados de ánimo que podemos tener respecto de Dios.
  • Quiero animaros a dirigir la mirada del corazón al Señor, que está en medio de nosotros. Cuando vivimos la liturgia con esta actitud, nuestro corazón se eleva interiormente hacia lo alto, hacia la verdad, hacia el amor, hacia Dios.