lunes, 1 de abril de 2013

Regenerar la política



“La inmensa mayoría de los políticos son honrados y entregados a hacer el bien común”


Entrevista a Juan Antonio Gómez Trinidad, educador y exportavoz de educación del Partido Popular

Juan Antonio Gómez Trinidad, nacido en La Zarza, Badajoz (España) en 1959, fue durante la última legislatura (2008-2012) portavoz de educación del Partido Popular en el Congreso de los Diputados.

Catedrático de Filosofía, lleva inmerso en el campo de la enseñanza desde 1982. Ha sido Director General de Educación del gobierno de La Rioja (España) durante una década (1998-2008) y posee la Cruz de Alfonso X el Sabio, concedida por el Ministerio de Educación y Cultura.

En estos momentos en los que a los casos de corrupción difundidos recientemente a través de los medios de comunicación les responde frecuentemente una demonización generalizada que escarnece la actividad política como tal, y hace pasar por sospechosos y hasta por miserables a hombres y mujeres que permanecen en ella sirviendo de verdad al bien común, queremos traer a estas páginas a alguien que conoce bien la vida pública, ha pensado la política y la ha ejercido con responsabilidad e inteligencia. Y sigue siendo una persona muy normal y cercana. Le hemos invitado a que ofrezca a nuestros lectores una visión más profunda -y verdaderamente crítica- de la política y de la crisis que en estos momentos atraviesa.

Los españoles perciben a los partidos políticos entre los más graves problemas de la sociedad española según reflejan las encuestas de forma creciente. ¿Cuál le parece el motivo? ¿Lo considera justificado?

Creo que la preocupación es lógica al tener conocimiento del mal uso que se ha realizado de la política en beneficio particular o del propio partido por encima del interés común. Ahora bien, hay una cierta exageración debido a la proliferación de noticias al respecto – el escándalo y el mal siempre venden- y da la impresión injusta de que “todos son iguales”, lo cual no es cierto. La inmensa mayoría de los políticos: concejales, alcaldes, consejeros, diputados, etc. son honrados y entregados a hacer el bien común. En muchos casos, además, sacrifican su vida personal y familiar.

Pero también, existe otro tipo de corrupción más peligrosa y menos llamativa que no se percibe con tanta intensidad: la crisis intelectual y moral de la clase política. A ella no van los mejores, ni los mejor preparados, ni se eligen para los puestos de responsabilidad a los más idóneos, sino a los mejor situados en la organización. En cierto sentido los partidos son estructuras demasiado cerradas, oligárquicas, que en esa misma medida, han dejado de cumplir con el papel que les otorga la Constitución.

En las democracias mediáticas occidentales, los gabinetes de prospección parecen ejercer de gurús y augures de los líderes políticos, ¿hay espacio posible hoy para los grandes valores filosóficos o espirituales en la práctica política? ¿Por qué se habla de relativismo?

De alguna forma, se ha perdido el norte y la política ha dejado de ser el arte de gobernar buscando el bien común para todos, a ser una técnica para alcanzar el poder y una vez conseguido, no perderlo. A partir de ahí, si no existe un bien, unos ideales, ya todo depende de si es un instrumento eficaz o no: el fin, conseguir el poder, justifica los medios. Se trata por tanto de manejar los instrumentos para conocer qué es lo que se quiere oír, lo políticamente correcto, de hacer promesas, o de conceder bienes y servicios sin plantearse si son necesarios y, en segundo lugar, si se podrán pagar. Es el imperio de los gurús demoscópicos, de los que generan o controlan la opinión, no de los ideales.

En el fondo, el relativismo se convierte en un nuevo dogmatismo donde lo que prima es la dictadura de lo políticamente correcto, lo que dictan los nuevos sacerdotes del laicismo, donde se tolera todo menos la búsqueda de la Verdad, la admisión de Verdades que están por encima del hombre y de las épocas. No es de extrañar que haya surgido una nueva intolerancia con el cristianismo en nombre de una supuesta tolerancia.

Platón, Aristóteles etc. ya reflexionaron sobre los modos de corrupción de distintos modelos de ejercicio del poder. ¿Sus reflexiones siguen teniendo actualidad?

La condición humana sigue siendo la misma, pero tal vez hoy sepamos menos que entonces qué sea el hombre, cómo vivir en sociedad y cómo regir la “polis”, es decir la ciudad, por extensión la sociedad en la que vivimos. Hay que recordar que el hombre es para estos clásicos, un “animal político”, necesita de la sociedad, de su organización para alcanzar su plenitud. En este sentido, hoy perdido, la política es el medio ambiente natural sin la cual el hombre no puede desarrollarse.

Por eso, estos pensadores, que asisten al nacimiento de la primera democracia, saben que este sistema no es espontáneo, requiere de un gran desarrollo cultural y moral por parte de todos los ciudadanos, pero, especialmente, por parte de los dirigentes. De ahí que exijan, cualquiera que sea la forma de gobierno, que los gobernantes tengan una gran preparación y fortaleza, sobre todo moral. No deben olvidar que están al servicio de la sociedad, y ambos, gobernantes y pueblo al servicio del bien común, que no es necesariamente el bienestar.

Esto se ha olvidado y, sobre todo a partir de la modernidad, se considera que no existe lo comunitario, sino como suma de intereses individuales. No existe el bien, sino suma de votos. En su máxima degradación se asimila el bien con lo que opina la mayoría, aunque ésta cometa barbaridades. Por lo tanto, es el reino de la sofística, de intentar generar y manipular opiniones mayoritarias, no verdaderas, puesto que la verdad en el espacio público parece que ya no existe.

¿Los políticos tienen una misión como ejemplos o referentes para el resto de la sociedad? ¿El plus de poder debe ir ligado a un plus de responsabilidad, de honestidad y de control?

El político tiene una misión de servicio a la sociedad y junto al bienestar de los ciudadanos debe buscar lo que podíamos llamar el bien-ser. Un clima moral donde el interés colectivo prime sobre lo particular, donde los valores tales como la solidaridad se conjuguen con el esfuerzo, la libertad con la responsabilidad, etc.

La crisis de la política tiene mucho que ver con la crisis de valores en los hombres que se dedican a la actividad política. Han estado más pendientes de la opinión que de lo verdadero, de la apariencia que de la realidad. Han generado falsas expectativas, prometiendo lo que no podían ni debían, supuestamente sin ninguna prestación a cambio por parte de los ciudadanos, la entrega incondicionada del voto correspondiente.

Por el contrario, los auténticos políticos tienen una función de liderazgo moral, una obligación de ejemplaridad pública y por lo mismo, las malas prácticas o delitos, deben ser también castigados con una dimensión ejemplarizante.

¿Tienen algo de responsabilidad los ciudadanos de a pie en lo que está pasando, en esta crisis generalizada de valores en la vida pública?

Creo que sí. La clase política es reflejo de la sociedad a la que representa. Existe una responsabilidad personal y colectiva. Cuando en una sociedad el fraude fiscal, el aprovecharse de lo público, sin aportar lo necesario no es censurado socialmente, surge este tipo de políticos. Pero también existe una responsabilidad colectiva y a veces los pueblos, las mayorías enferman moralmente. No hay más que ver cómo hace 80 años Hitler llegó democráticamente al poder. O por poner un ejemplo más próximo lo que ocurre con elecciones recientes, tanto en países como Italia, como en ciertas autonomías donde a pesar de la corrupción o del miedo, siguen siendo votados los mismos.

La política es una actividad humana sujeta a las miserias de la condición humana. ¿Por dónde puede plantearse una regeneración de la vida política y una recuperación del valor social que le corresponde? ¿Qué le parece a este respecto el movimiento de ‘los indignados’?

Indignados estamos todos por la forma de llevar la cosa pública, por lo tanto no creo que sea una preocupación exclusiva de cierto movimiento que tuvo mucho de mediático y poco de efectivo. Es bueno que los políticos vean que los ciudadanos son conscientes del mal uso que están haciendo de la “cosa pública”. Pero es más fácil, criticar y destruir que construir. Aquí es donde no veo una propuesta sólida que vaya más allá de los tópicos.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que las estructuras democráticas son producto de una evolución y un decantamiento de la cultura occidental. En cierta medida, siempre incompleta, pero no se puede atacar ni destruir esas formas que, aunque imperfectas, nos aseguran a todos un nivel de libertad y desarrollo personal y social.

¿Los ciudadanos católicos pueden y deben ayudar, en su opinión, a la regeneración de la política? ¿Qué aportaciones podrían -y deberían- realizar?

Los cristianos tienen, más que nadie, la obligación de transformar este mundo “de salvaje en humano, y de humano en divino”, por lo tanto deben actuar en política. En sentido amplio cumpliendo con sus obligaciones de ciudadanos, pagando los impuestos, obedeciendo la autoridad legítimamente constituida, pero también generando estados de opinión críticos, pero constructivos, revitalizando la sociedad a través de las diversas formas de participación, siendo solidarios, generando riquezas, buscando mayores cotas de justicia social etc.

Es decir, no se puede quedar en casa esperando a que pase la tormenta. Y por último, algunos cristianos que se sientan llamados a la vocación política deben responder a ella, máxime en una sociedad como la actual en la que participar en política es, con frecuencia, sufrir incomprensiones, desprestigios etc. Ninguna vocación auténtica deja de tener su parte de sacrificio, como tampoco deja de tener su recompensa.

España tiene problemas muy serios, por ejemplo el del empleo. ¿Se le ocurre alguna pista para salir del laberinto de algunos de dichos problemas en el medio plazo?

No soy experto en economía, por lo tanto no puedo dar consejos. Creo que se están sentando las bases para que sea posible la creación de empleo en un futuro en la medida en que se está aumentando la productividad y recortando los gastos superfluos e innecesarios que tenía no sólo la administración pública sino el sistema productivo.

Como hombre dedicado a la educación creo que la situación económica depende al final del capital humano, del número de efectivos que tiene un país y del nivel de formación que tiene esos efectivos. Aquí es donde está el verdadero problema de España: nos estamos descapitalizando. En primer lugar por la pérdida demográfica en lo que algunos denominan el suicidio demográfico de Europa. En segundo lugar por el fracaso escolar, el abandono escolar altísimo – el doble del resto de Europa-, la escasez de alumnos excelentes – también la mitad de la media europea-, y para colmo, los mejor preparados se nos están marchando.

Creo que de la crisis económica saldremos antes o después, con ayuda o sin ayuda del exterior, pero de la descapitalización del talento que estamos sufriendo sólo podremos salir en la medida en que pongamos los medios. En educación no podemos crear empleo, pero sí dar la “empleabilidad”, esto es, la preparación adecuada para que cuando lo haya trabajo, nuestros jóvenes sean competentes y competitivos, en un mundo laboral cada vez más global.

Con la experiencia que le otorga una dilatada experiencia profesional y el ejercicio de diversos cargos políticos y de gestión, ¿cuál es la preparación que considera ideal para los jóvenes con inquietudes políticas?

La primera es que se formen como cualquier profesional, que sean ante todo, buenas personas y mejores profesionales. Es más yo creo que quien se dedique a la política necesita una mayor preparación ética y moral.

No es cierto que la política corrompa, como no es cierto que una maratón produzca infartos, pero si alguien sin preparación física se atreve a correrla es muy probable que le dé un infarto. Del mismo modo, hay muchos infartos morales e intelectuales en los políticos por falta de preparación.

En segundo lugar una buena preparación intelectual, la cabeza bien amueblada para tener un conocimiento de la sociedad, de los principios que la rigen, de la interdependencia entre las realidades sociales y en un mundo global. Y por supuesto, una inquietud intelectual permanente en un mundo sujeto a un cambio incesante y a gran velocidad. Una gran carga de sensibilidad y de respeto consigo mismo, con la sociedad, con el medio ambiente, pensando en global pero actuando localmente, para no evadirse en utopías estériles.

En tercer lugar una buena preparación técnica en el área que más le atraiga. Personalmente creo que antes de dedicarse a la política “hay que cotizar varios años en la seguridad social” y demostrar que se es buen profesional, incluso que se tenga independencia económica fuera de la nómina del partido, para tener independencia de criterio.