lunes, 1 de abril de 2013

Las “sandalias” del pescador

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No con medios humanos, sino con la mano omnipotente de Cristo nuestro Dios, poniendo sólo en Él nuestra esperanza. Ejercitarse en la indiferencia ignaciana, inclinándose sólo por aquello que conduce a la mayor gloria y alabanza de Dios Nuestro Señor. Lo único que nos interesa es el Amor de Dios y la esperanza en Él... Amor a la pobreza, fortaleza de ánimo y querer la cruz de Cristo”.

Con esta inicial evocación de los Ejercicios Espirituales que el entonces cardenal Bergoglio, jesuita, dirigió a los obispos españoles en enero de 2006, el Secretario de la Conferencia Episcopal trazaba unas primeras pinceladas acerca del nuevo Pontífice, de quien dijo también sin rodeos que “tiene el perfil de un santo”.

Gran conocedor de San Ignacio y de los Ejercicios, devoto de la Virgen María, San José, Santa Teresita y, evidentemente, San Francisco de Asís (como el propio Ignacio); no teme hablar del “seguimiento del demonio” cuando se deja de lado la cruz; o de la “dictadura del relativismo”.

Bergoglio no figuró en ninguna quiniela de papables; pero el Espíritu sopla donde y como quiere, y el Colegio Cardenalicio lo eligió. El pueblo fiel lo ha recibido como un don de Dios; lo considera un papa muy cercano; hombre de aspecto pacífico, bueno, amable y comunicativo, que prefiere la sencillez al boato y la pobreza franciscana a todo asomo de riqueza. El papa Francisco ha mostrado gestos de clara significación que preanuncian intenciones. No es el menor de ellos aparecer con sus zapatos usados pero limpios (que recuerdan las “sandalias del Pescador” e incluso los descalzos pies del Poverello), el regalo de unos libros de doctrina social a la presidenta argentina, o el Jueves Santo junto a “sus” jóvenes reclusos de Roma a quienes ha lavado los pies, entre otros gestos.

Francisco sabe lo que quiere. Para algunos es precisamente el espíritu ignaciano, sobrio, intrépido y firme, el más idóneo para el papado en estos momentos de tribulación. Pero al tomar el nombre de Francisco, el cardenal Bergoglio atempera la reciedumbre ignaciana con la suavidad franciscana: se antoja una acertada y provechosa combinación. Muchas cosas indican que el magisterio de Francisco será una directa invitación a la santidad. Oremos por él.