lunes, 1 de abril de 2013

En el país de los Incas: Experiencias de un profesor extremeño


Teodoro Oliva

Estimados colegas y amigos: Aunque sólo llevo 2 años en el centro, y siendo consciente de que hay profesores más avezados, aquí me tenéis: afrontando el reto de impartir esta lección inaugural.

Estoy un poco nervioso como se puede notar, pero también ilusionado por esta ocasión privilegiada que me permite compartir con vosotros, algo para mí muy personal y entrañable, mi experiencia en el Perú.

Me ha animado mucho a tirarme de cabeza a esta “piscina” –debo confesaros que soy mal nadador-, primero que el tema me haya sido propuesto y segundo recordar este pensamiento de Chersterton: “Lo que es digno de ser hecho, es digno de ser mal hecho”. Por ello os dedico esta lección a todos, a quienes os guste porque penséis que está bien hecho y a los que no os guste porque penséis que no.

Mi intención es haceros pasar un rato agradable conociendo el país de los incas, al que nos unen tantas cosas, mostrando lo que me parece más interesante y ojalá contagiando el cariño y aprecio que siento por este país hermano.

Pero antes de explicaros cómo llegué a vivir durante 14 años en Perú, quiero contaros una experiencia vivida allí… y que me marcó profundamente.

Corría el año de 1998, era una mañana luminosa, serían aproximadamente las 7.15, y ya los rayos del sol pasaban por encima del icono de la ciudad: el Misti, majestuoso volcán de casi 6000 m.s.m. Volvía como otras muchas mañanas de mi paseo matutino y atravesaba el puente fierro, ese puente que diseñara el mismísimo Gustavo Eiffel y que tuvo en 1882 cuando se terminó la primicia de ser el más largo del mundo con 488 m de luz. A mi izquierda se apreciaba una de las vistas panorámicas más bellas de Arequipa. Sus edificios de sillar blanco, la pequeña campiña que aún perdura y sus tres volcanes nevados: el Misti, el Chachani y el Pichu-Pichu con su indio dormido.
Hacia la mitad del puente, que en ese momento se encontraba sin transeúntes, vi a un hombre de mediana edad que había saltado la baranda y pretendía lanzarse al río. Crucé al otro lado y acercándome a él le dije: “¡Señor, en qué puedo ayudarle!”. No me contestó nada, entonces le dije de nuevo: “¡Señor, le puedo ayudar!”. Permanecía inmóvil mirando fijamente el abismo, aún tardó unos instantes en responderme: “¡No tengo nada y a nadie le importo!” Me dijo con voz apa-  gada. Comprendo su situación –le dije- pero si me deja ayudarle encontraremos una mejor salida. El hombre continuaba en silencio. En esto llegaron otras personas y de un taxi que se detuvo salieron dos hombres robustos. Como si ya lo hubieran hecho más veces, con decisión, agarraron al suicida por la espalda y lo introdujeron de nuevo al puente. Al soltarlo, intentó de nuevo subirse a la baranda mientras gritaba: “¡mi vida no vale nada, déjenme! De nuevo lo sujetaron. Pensé ir corriendo a casa pues estaba cerca y llamar por teléfono a la policía –entonces los móviles eran un artículo de súper lujo- pero no fue necesario pues en ese momento llegó un coche de policía y se lo llevaron.

Al día siguiente, salió la noticia en la prensa local, se trababa de un hombre de 40 años, separado y con dos hijos, que se encontraba enfermo y sin trabajo y que esa noche no había regresado a casa, parece –según el informe de la policía- que había tomado unos tragos de más. Estuvo unas horas en la comisaría y después lo soltaron volviendo a su dura realidad.

Ante situaciones como estas uno se siente tremendamente impotente. En un país como Perú, con tantas carencias, sin asistencia sanitaria universal, sin subsidio de desempleo, con un índice de pobreza superior al 30%. Con tantos niños en la calle, abandonados. ¿Qué puede hacer un ciudadano de a pie? Aquel día desayuné sin ganas y mientras me dirigía al colegio me decía: la solución empieza por una buena educación; y la educación más importante es la de los niños, porque ellos son los ciudadanos de mañana. Entonces, a ver qué hago hoy para que mis clases sean mejores, les sean útiles para la vida. Bueno, puedo empezar siendo más comprensivo, más amigable, más paciente. Justo eso que tanto me piden.

Viviendo en Perú, muchas veces me hicieron la pregunta: ¿por qué se vino al Perú? Y como en España también me lo han preguntado, voy a aclarar esta cuestión. Todo empezó cuando en 1990 un amigo que se había ido al Perú me invitó a visitarle. Me animé aprovechando mis primeras vacaciones de verano como funcionario. Recuerdo que volví muy impresionado.

Perú sufría por entonces los meses más trágicos de su historia económica. En opinión del economista peruano Roberto Abusada, refiriéndose a esos meses de julio y agosto: “Se trató de un shock violento, de hecho, fue brutal”. Acababa de llegar al go  bierno el ingeniero agrónomo Alberto Fujimori Fujimori, (juró su cargo el 28 de julio de 1990). Había derrotado en segunda vuelta al escritor -hoy premio Nobel- Mario Vargas Llosa, que por entonces también se dedicaba a la política. Por aquellos días la inflación llegó a valores nunca jamás vistos, superando el 7000 %, allí se quedó “chico” el término de hiperinflación.

Una mañana tempranito fui a la tienda a comprar el pan y mientras estaba en la cola -entonces había que hacer cola para todo- me impresionó una señora que compraba “al por menor”: “¡tres “pansitos” (panecillos pequeños), un huevo –¡no sé por qué siempre me acuerdo de ese huevo”, pagó por él 40.000 intis, 100g de arroz… ¡todo un ejemplo de micro economía!

Aquellas fueron mis vacaciones de “profe” español en un país empobrecido, llamado ‘del Tercer Mundo’ por los que se colocan lógicamente en el Primero.

Después de aquella experiencia vivida, lo cierto es que al regresar a España, me sentía raro, distinto. Empecé a apoyar a una ONG llamada Gam Tepeyac, a gastar menos y a participar en campañas de solidaridad por los Pueblos del Sur; en fin, que volví un poco tocado de espíritu solidario.

Cuatro años después, en 1994 pedí una excedencia voluntaria en la Delegación Provincial de Educación en Badajoz y marché a Perú. Enseguida empecé a trabajar como profesor contratado en un Pedagógico público, en la ciudad de Tacna. Una ciudad provinciana al sur del país, cerquita de la frontera con Chile.

Pero, ¿Por qué empecé a trabajar precisamente en un Pedagógico, si no tenía estudios de pedagogía?

Por los años 90, en Perú –después de un boom demográfico impresionante y de un desplazamiento de la población rural a las ciudades-, la demanda de profesores para colegios fue tremenda. Para paliar tal demanda se tuvo que contratar a aquellas personas que tuvieran cierta formación, siendo en esto muy flexibles. Cuando llegué, cerca del 40% de los profesores carecían de título.

Los dos primeros años, como dije, enseñé en Tacna, y los cuatro siguientes me trasladé a Arequipa, donde enseñé en el ISPPA (Instituto Superior Público Pedagógico Arequipa). Básicamente fui el profesor especialista en Física. Por mis clases pasaron varios cientos de estudiantes que en su mayoría hoy son profesores.

De esos años tengo gratísimos recuerdos, experiencias de esas que no se pagan con dinero. Como botón de muestra vaya ésta: un día, antes de empezar un examen, era por la tarde, una alumna de 4º de carrera, que era madre de un bebito de seis o siete meses y que lo llevaba en brazos, me pidió que si podía hacer el examen con su hijito pues ese día no había tenido con quien dejarlo. Le dije que sí y se sentó con su bebé en una carpeta. Yo la observaba y veía que con el niño no podía escribir bien. Entonces me acerqué y le dije: si me permite cargar (no se dice coger) con su hijito podrá escribir mejor. La alumna me miró sorprendida, entonces me incliné un poco hacia ella y con una sonrisa me lo dejó. Con aquel niño en brazos me paseé por la clase mientras duró el examen, y el niño, que estaría cansadito, se me durmió.

Posteriormente, en 2001 y hasta mi vuelta en 2009 trabajé como profesor contratado en Educación Secundaria. Cuatro años en Arequipa y otros cuatro en Lima.

Durante todos esos años, procuré conocer, valorar y respetar la cultura peruana, no en abstracto, sino a través de las personas. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los peruanos, en particular de los más jóvenes fueron para mí –lógicamente salvando las distancias- también gozos, esperanzas, tristezas y angustias. Y así llegué a sentirme de veras peruano de corazón.

En algún sitio he leído que un principio práctico en antropología es que para comprender una cultura hay que vivir en ella, al menos un tiempo suficientemente prolongado. Por lo que, a mi modo de entender, cuando las culturas se han compartido con respeto y sin ánimo de dominio, se han enriquecido y es cuando más han evolucionado positivamente.

Ahora pasemos a conocer un poco más el país…

Su población ronda los 30 millones de habitantes, de los cuales unos tres millones viven en el extranjero. Actualmente presenta un índice de crecimiento poblacional moderado, del 1%. La tasa de fertilidad es mayor, 2,29 (promedio de nacimientos por mujer) pero no crece tanto porque pierde población por la emigración.

Geográficamente está situado en la parte central y occidental de América del Sur. El país tiene una extensión de 1.285.000 km2 (casi tres veces España) y se divide en tres grandes zonas naturales, que producen a su vez marcadas diferencias culturales en el país y se conocen como: Costa, Sierra y Selva.

Comenzaré hablando de la Sierra que por su cultura es considerada como el Perú profundo.

Los Andes fueron cuna de importantes culturas, la más importante la incaica, icono de la historia prehispánica peruana; se originó a mediados del siglo XIII en la ciudad del Cusco, desde donde se extendió por todos los Andes formando el Imperio del Tahuantinsuyo, gobernado por el Cápac Inca (el poderoso inca). El primer soberano fue Manco Cápac y el último Atahualpa, que fue ejecutado por Pizarro y sus hombres en Cajamarca en 1532. Por todo ello, el Cusco es –según la Constitución peruana- la capital histórica del Perú.

Es una zona bilingüe donde se hablan lenguas ancestrales, pero mayoritariamente el quechua y el español. El quechua es considerado como la lengua de la ternura o del senti-  miento. Por ejemplo, las madres hablan a sus hijitos cantando cuando quieren decirles lo mucho que les quieren: “a´uca yaquirini”. O para preguntarles, ¿por qué lloras?: imamanta Waqanki?

Ama Sua (no seas ladrón); Ama Llulla (no seas mentiroso) y Ama Quella (no seas ocioso). Son los tres preceptos ancestrales que todas las madres quechuas transmiten a sus hijos y que revelan el alto grado de moralidad que tenía el pueblo andino a la llegada de los españoles. Hasta la década de los 60 del siglo pasado, más de la mitad de la población peruana vivía en la Sierra. Pero a partir de esos años se produce un verdadero éxodo hacia la Costa, hacia las ciudades más desarrolladas y con cultura occidentalizada. Incluso dentro de la propia Sierra se producen también desplazamientos de población hacia las ciudades más grandes.

Y ello sucedió mayormente por seguridad. La sierra sufrió especialmente el terrorismo desde 1980 hasta el 2000. El saldo final de víctimas en todo el territorio peruano fue de unas 50.000, la mayoría en la sierra. Se trató de dos grupos revolucionarios. Sendero Luminoso, de inspiración leninista- maoísta, fue el más violento. Terminó con la captura en 1992 de su jefe, el excatedrático de filosofía Abimael Guzmán. Y el MRTA (movimiento revolucionario Tupac Amaru). Su última actuación fue seguida con bastante cobertura mediática a nivel mundial. En 1997, unos 15 terroristas de la banda secuestraron a más de 400 personas mientras se encontraban en una fiesta en la residencia del Embajador de Japón en Lima. Mantuvieron a los rehenes durante varios meses y finalmente el ejército peruano asaltó la residencia matando in situ a todos los secuestradores.

La segunda zona natural es La Costa. Corre paralela al  Océano Pacífico por un lado y por el otro a la cordillera de los Andes. Vista desde el avión llama poderosamente la atención por su enorme extensión y por su aridez.

Y la tercera zona geográfica es la Selva que ocupa un poco más de la mitad del territorio nacional, hace frontera con Ecuador, Colombia, Brasil y Bolivia. En general el nivel de desarrollo es incipiente y la densidad de población bajísima.

Las ciudades más importantes en la Selva peruana son: Iquitos, Ucayali, Oxapampa, Puerto Maldonado, Tingo María, San Martín, Pucallpa…

Uno de los problemas sociales en Perú es la impuntualidad. He estado bastantes años en Perú y no he logrado “inculturarme” en esto. Al principio de llegar, cuando iba con algunos voluntarios a los pueblos de la sierra, al sur de Perú, a pueblos como Tarata, Ticaco o Candarave, íbamos a llevar ropa o víveres. Enseguida aprendí que el sentido del tiempo en aquella zona andina era totalmente diferente al de un europeo. Si se citaba a la gente a una hora determinada, ¡no había que desanimarse porque a esa hora no hubiera nadie!: “¡Tranquilito, hermanito, ahoritita vienen, acá es así!”, decían los campesinos que nos ayudaban. Y efectivamente, una hora más tarde ya había un grupo de personas y entonces empezábamos la actividad. Después iba llegando el resto.

En Tacna, vivía al lado de una parroquia, a veces los sábados por la tarde iba a misa y cuando había boda era para echarse a temblar o a reír, según el estado de ánimo. La mayoría de las novias solían llegar tarde y se incorporaban cuando llegaban. Y eso que la misa siempre empezaba con 15 o 30 minutos de retraso. Cuando la novia se asomaba a la puerta, los músicos que se habían contratado para tal ocasión, tocaban la marcha nupcial interrumpiendo la misa. El cura no sabía qué cara poner: ¡”lo de siempre, y eso que se lo dije”; pero sobre todo lo que era digno de contemplar era la cara del novio, ¡como se le mudaba el semblante cuando por fin veía a su prometida!

Recuerdo que uno de los últimos días que pasé en Perú quedé con un grupo de amigos para cenar juntos y tener una pequeña despedida. Pues bien, la mayoría llegó una hora más tarde. Mientras esperaba me decía: “¡Teo, nunca aprenderás, qué pescaíto!” Pescaíto es una expresión que significa ingenuo, pardillo, inocente; se lo dicen los compañeros a los alumnos que son cogidos por un profesor en alguna travesura.

Económicamente Perú es un país que mantiene un índice de crecimiento anual del orden del 5% desde el año 2000. Recordemos que en España estamos por el 0,1%.

Este crecimiento económico, poco a poco, se va notando y empieza a haber una clase media. Pero aún sigue manteniendo niveles de pobreza elevados y una distribución de la riqueza muy desigual. Actualmente se considera que hay un 30% de pobres en el Perú, cuyo gasto per cápita es de 260 soles al mes (dos euros al día). En pobreza extrema el 8%, son aquellos con renta per cápita de 134 soles/mes o, lo que es lo mismo, que viven con un gasto de un euro diario; la mayoría de estas personas viven en zonas rurales.

Y para ir terminando, algo de historia. Al principio cuando llegas a un país distinto al tuyo te sientes como un turista: todo te llama la atención y quieres conocerlo ¡ya! Vas con tu cámara fotográfica… Pero si vas para quedarte, por el motivo que sea, pronto se pasa el síndrome del turista y te viene el de “extranjero”. Las cosas nuevas dejan de llamarte la atención y te das cuenta que: “allí, el único raro eres tú”.

Como dije al principio, mi intención en esta exposición es daros a conocer Perú y sus gentes, contagiando el afecto que me inspira, por lo que voy a terminar con unas palabras del Dr. José Antonio del Busto, uno de los historiadores peruanos más reconocidos. Que me parece son ponderadas en un tema tan delicado como la conquista del Perú y la herencia histórica de la época colonial. Al respecto dijo: “Pizarro, por lo demás es un personaje que, como todo personaje, tiene un lado bueno y un lado malo. Nosotros (los peruanos) no descendemos ni de los españoles ni de los indios en una manera total. Nosotros somos mestizos, descendientes de los vencidos y de los vencedores, de los españoles y de los indios; y entonces, por ese lado, el Perú es mestizo como mestizo es el nombre del Perú porque se preguntó en los albores: “¿Qué tierra era esta?” Y los indios contestaron “Virú” y los españoles entendieron “Pirú” y entonces, así, de unos indios que hablaron mal y de unos españoles que oyen peor, nació el nombre de nuestra patria. (…) A Pizarro debemos, si se quiere, la cultura occidental que unida a la cultura andina, constituye la actual cultura peruana”. (Conferencia en la Universidad Sedes Sapientiae. Lima, en 2004).

Conclusiones:

España y Perú son dos países unidos por una larga historia común que aún se perpetúa en el idioma, en la religión, en la raza, en muchísimas costumbres… Una historia, que como toda historia humana está llena de contrastes, de luces y sombras. Dos pueblos que han sabido compartir sus bienes; Perú aportó sus tesoros naturales de oro, plata, productos agrícolas como la patata, el tomate, el maíz. Productos que deberían ser declarados patrimonio natural de la humanidad. Y España aportó su fe, su rica experiencia de convivencia con otros pueblos y los elementos constitutivos de la cultura europea, en particular del Renacimiento.

Personalmente, fui al Perú con un proyecto: pensando más en dar que en recibir, para aportar mis conocimientos. Hoy, haciendo balance, después de todos estos años, veo claramente que yo he recibido mucho más de Perú y de su gente.

Del peruano he podido aprender su capacidad de salir adelante en las dificultades, a no frustrarse ante las adversidades. Su sencillez, el sentido del humor ante las mil y una vicisitudes de su existencia cotidiana. Y sobre todo, me he traído la amistad de tantos amigos y amigas que hoy perdura; ellos, con el latido de sus vidas han dejado en mí una huella imborrable.

Muchas gracias y feliz curso para todos.

(Palabras de inicio de curso 2012-13 en el IES “Alagón” de Coria, Cáceres)