lunes, 1 de abril de 2013

“Dios mío, Dios mío: ¿Por qué me has abandonado?”


Abilio de Gregorio


“Y a la hora de nona gritó Jesús con voz fuerte: Eloí, Eloí, lama sabchtani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; Mc 15,34).

Estamos ante el clímax de una historia real y verdadera en la que la materia argumental de fondo es la relación de un Dios que hace al hombre por amor a su imagen y semejanza y, por más amor si todavía cabe, se hace El mismo, no sólo a imagen y semejanza del hombre, sino que asume en plenitud, en totalidad, la condición humana.

Es precisamente en la narración de la Pasión y Muerte de Jesús donde percibimos la dimensión más profunda y, al mismo tiempo, más dramática de esa novedad del cristianismo respecto a las religiones vigentes. El Dios infinito y trascendente, imponente, inaccesible, incomprensible, más grande que lo más grande, el absolutamente Otro, asume la condición de ser humano, se hace carne como una prolongación de aquel acto creador primero por amor. Pero Dios se hace carne de ser humano, no como quien decide tener una experiencia temporal de solidaridad o vivir una generosa aventura durante una temporada en las chabolas de la humanidad. Dios asume la condición humana, toda la condición humana por dentro y por fuera, con todas las consecuencias Sólo así, y a partir de ese momento, dotando de pleno valor humano a lo divino que hay en El, tiene posibilidad de adquirir valor divino la más pequeña de nuestras acciones humanas.

Parecería que los evangelistas han puesto un especial empeño en mostrarnos esa humanidad de Jesús al narrarnos precisamente este tramo final de su vida humanizada. Con total realismo, sin adornos épicos, sin exaltaciones heroicas: como cualquiera de nosotros. Nada hay en la narración evangélica que nos recuerde, por ejemplo, al impasible Sócrates enfrentado a la muerte apurando con serena indiferencia la copa de cicuta. Jesús, por el contrario, hace suyo nuestro miedo al sufrimiento y a la muerte: se entristece y se angustia con una tristeza mortal Los evangelistas nos lo muestran en Getsemaní con todo el horror ante lo que le espera, y llora abatido con el alma encogida como estaría cualquiera de nosotros en semejantes circunstancias. Su divinidad, la claridad de su misión no le va a ahorrar lo más mínimo de dolor ni de terror ante la proximidad cierta del maltrato más cruel y la muerte.

Y ahí, desde ese abatimiento, desde ese miedo al sufrimiento y a la agonía mortal, clama con la debilidad del desvalido que se siente en el hondón del agotamiento “¡Abbá, Padre! Todo es posible para Ti, aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú”.

ME FÍO DE TI

Al leer estas palabras del Señor queda uno íntimamente reconciliado con su propia debilidad, incluso con su rebeldía ante la adversidad y el dolor. ¿Es que no hay otra manera más soportable de cumplir los designios o la voluntad de Dios? Sin embargo, y a pesar de todo, la plegaria de Jesús le dice al Padre: creo que eres un Padre bueno, un Padre que lo puede todo y, por ello, me fío de Ti y quiero que todo suceda como quieres Tú.

Dicho esto, a Jesús todavía le quedaría el consuelo interior de saber que Dios no nos prometió ahorrarnos o apartarnos el sufrimiento, sino que nos prometió estar a nuestro lado para consolarnos y ser un Referente desde el que pudiéramos dar sentido a la adversidad en los momentos más arduos. Pero ni siquiera eso puede percibir en el derrumbamiento total por el dolor y por tanta sangre derramada. Ya no es sólo el sufrimiento físico: a él seguramente se une un hundimiento anímico tal, que le deja sin recursos psíquicos para dotar de elevación a lo que está soportando. Todo tan humano… Y es que el Verbo se hizo carne de verdad, carne de hombre débil, carne expuesta a la soledad, a la decepción y a la depresión anímica; al amor efusivo, sí, pero también al horror y al miedo. Porque ese era el camino por el que el hombre podía aprender a ser imagen de Dios. El crucificado no quitó del mundo el sufrimiento, pero con su cruz cambió a los hombres. Volvió su corazón hacia todos los hombres que sufrían, y de esa manera nos fortaleció y nos purificó: nos redimió. Dios se compadece del doliente, pero la compasión de Dios tiene carne. Se llama flagelación, coronación de espinas, crucifixión, tumba. Como escribía el entonces Cardenal Ratzinger en Jesús de Nazaret, con ese grito-oración “lleva ante el corazón de Dios mismo el grito de angustia del mundo atormentado por la ausencia de Dios (…) Se identifica con la humanidad que sufre a causa de la “oscuridad de Dios”, asume en sí su clamor, su tormento, todo su desamparo y, con ello, al mismo tiempo los transforma Cristo. Ora en ese momento cumbre como Cabeza y como Cuerpo de la humanidad a la que redime: tiene presente la lucha de todos nosotros, nuestras propias voces, nuestra tribulación y nuestra esperanza. Nosotros mismos somos orantes en la comunión con Él”.

Ese “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado”, nos remite al Salmo 22, palabras que Dios puso en nuestros labios para que las usáramos al dirigirnos a Él, como nos enseñó Benedicto XVI. Dice el Salmo: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? Lejos estás de mí socorro, de las palabras de mi gemido. (…) Con todo, tú eres el Santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel”.

¿UN DIOS INÚTIL?

Por allí pasaban escépticos y pragmáticos, viene a decir el Salmo, que viéndolo como el “oprobio de los hombres y el desecho del pueblo”, “moviendo la cabeza se decían: Se encomendó a Yahvé… líbrele, sálvele Él, pues dice que le es grato”.

Son escépticos y pragmáticos como muchos de nosotros, los que nos fabricamos un dios-fetiche para que impusiera un orden social a nuestra medida, para que nos quitara el hambre convirtiendo las piedras en pan, para que nos librara de la enfermedad y del dolor, para que nos asegurara trabajo y bienestar, para que ahuyentara nuestros miedos ante la muerte… Y cuando llega la injusticia, el sinsentido, la enfermedad o la muerte, volvemos los ojos y clamamos a ese dios que nos hemos fabricado y guarda silencio y no acude, gritando decepcionados ¿Dónde está Dios? ¿Para qué nos sirve si no se presenta cuando lo necesitamos. Y le damos la espalda dejándolo solo en su cruz, o en su sagrario, o en su excluido y marginado, porque un dios que no nos da lo que pedimos es un dios poco rentable, es un dios inútil. A veces, detrás de esas palabras hay más cinismo que respeto real ante el sufrimiento humano. Escribía el Cardenal Ratzinger en El Dios de Jesucristo: “Resulta sorprendente que las quejas contra Dios sólo en una mínima parte procedan de los dolientes de este mundo, y en su mayor parte provengan de los espectadores saturados que nunca han sufrido”.

Con todo, a pesar de todo, nosotros, con el Jesús de la cruz, diremos: Dios es mi Padre (Abba). Ante el abandono e incluso ante la falta de capacidad para dar sentido a mi derrumbamiento, “lo único que importa, Señor, es que Tú sigas siendo Tú”, que sigas siendo mi Dios. Como narra Elie Wiesel en su obra La Noche, respecto a aquella asamblea de los diez rabinos en Auschwitz que llaman a Dios a juicio para juzgarlo por el abandono en que les dejó ante la barbarie. Después de tres días de sesión judicial, declararon a Dios culpable. Pero inmediatamente después del veredicto de culpabilidad, dijeron todos al unísono: “Y ahora oremos al único Señor del mundo”.

¿PARA QUÉ?

Ante el dolor, ante la desgracia, ante la tristeza, la soledad y la desolación, ya no te volveré a preguntar, “Señor ¿Por qué?” No me importa el por qué; además casi nunca te entiendo tus motivaciones. Sino que intentaré asirme a tu mano, aunque no tenga fuerzas ni ganas para ello, y te preguntaré ¿Para qué? Porque me importa saber el sentido de mis sufrimientos y de mis frustraciones y, mirando siempre hacia adelante, saber para qué me los envías.

¿Para qué el sufrimiento del inocente y el abandono de los que tanto hemos amado, y las injusticias con los desvalidos y la incomprensión y la traición quizás, y la soledad…? ¿Para qué Señor? ¿Qué pretendes de nosotros con ello? Tal vez mostrarnos que no es con la cruz con la que cargas en tus hombros, sino que cargas a hombros con el hombre –con todos los hombres-, conmigo, como con la oveja perdida; tal vez decirnos que hay un sufrimiento que no es maldición sino que es amor que ha aceptado al hombre por completo, aun en su culpa y en su miseria y así lo transforma; ¿Para qué, Señor?

Contéstanos, por favor: Enséñanos tus caminos y danos el coraje de transitarlos, aunque estemos en los últimos tramos y nos dé miedo.

Nos da miedo a pesar de saber que la cruz no fue la última palabra de Dios en Jesucristo. La tumba no lo retuvo.

Resucitó y nos habla por el resucitado. En Ti ponemos nuestra frágil esperanza.