lunes, 1 de abril de 2013

Concordia: de la anécdota, a la categoría


Edgar J.G.

Era un día como tantos otros, clase tras clase, comentario tras comentario y charla en el pasillo tras charla en el pasillo, cuando una nueva compañera pasó a nuestro lado. No le di importancia alguna.

Apenas una semana después ella era la chica más despreciada de todo el curso. Parecía que meterse con ella era el pasatiempo favorito para evadirse de las clases, lo que no pudo evitarme cierta curiosidad. Pregunté a varios de mis amigos para que me dijeran qué pecado tan mortal había cometido ella para ser tan criticada. “Todo el mundo se ríe de ella. Mira que es fea y tonta, y además rara, es una creída y una chula”. Desde luego no es justificación ninguna, de modo que decidí ver qué era lo que tanto molestaba de esa chica. Me puse a hablar con ella.

Pues bien, no solo resultó ser una chica muy humilde y muy simpática, sino además una persona realmente interesante y cariñosa si te acercabas a ella con intenciones buenas. No tardamos en hacer amistad y, cuanto más la conocía, más me extrañaba que los demás la criticaran como lo hacían. “¿Por qué te has hecho su amigo? ¿No te cae mal?” Era la pregunta obligada para todos, y mi respuesta era que no, más bien todo lo contrario. Con especial insistencia me lo preguntaba un pequeño grupo que, no tardé en darme cuenta, estaba detrás de todas las críticas.

A finales de ese mismo año se marchó. Lógico, cuando la atmósfera tejida entorno a ella era irrespirable. Ha pasado mucho tiempo y aún sigo recordándola con cariño y aún mis amigos, siempre que la recuerdan, me miran y me preguntan de nuevo.

“¿Por qué te hiciste su amigo? ¿De veras te caía bien?”

“Porque me tomé la molestia de conocerla, de comprenderla y apreciarla. Vosotros siquiera hablabais con ella, solo la criticabais por lo que decían otros”.

“Debes de ser el único” Suelen decir, en tono jocoso.

“Pues debo de ser el único que de verdad supo cómo era y debo de ser el único en haber descubierto a una muy buena persona”.

Esta pequeña anécdota me enseñó una lección importante acerca de cómo evitar gran parte de los conflictos que pueden azotar al mundo en la actualidad. Desde la pelea más pequeña entre compañeros de clase hasta la mayor guerra, quizá, si nos tomásemos la molestia de conocer un poco más a nuestros semejantes, el mundo sería mucho mejor.

No existirá una sociedad multicultural auténtica mientras seamos incapaces de ver las miles de cosas que nos unen a todos, las miles de cuestiones que tenemos en común y mientras las diferencias entre nosotros no sean un símbolo de conflicto, sino de riqueza y variedad.

Primero, seres humanos. Luego todo lo demás, porque todo lo demás es secundario. Solo así la concordia es posible. Me puse a hablar con ella.