lunes, 1 de abril de 2013

Las “sandalias” del pescador

Portada Estar 278

No con medios humanos, sino con la mano omnipotente de Cristo nuestro Dios, poniendo sólo en Él nuestra esperanza. Ejercitarse en la indiferencia ignaciana, inclinándose sólo por aquello que conduce a la mayor gloria y alabanza de Dios Nuestro Señor. Lo único que nos interesa es el Amor de Dios y la esperanza en Él... Amor a la pobreza, fortaleza de ánimo y querer la cruz de Cristo”.

Con esta inicial evocación de los Ejercicios Espirituales que el entonces cardenal Bergoglio, jesuita, dirigió a los obispos españoles en enero de 2006, el Secretario de la Conferencia Episcopal trazaba unas primeras pinceladas acerca del nuevo Pontífice, de quien dijo también sin rodeos que “tiene el perfil de un santo”.

Gran conocedor de San Ignacio y de los Ejercicios, devoto de la Virgen María, San José, Santa Teresita y, evidentemente, San Francisco de Asís (como el propio Ignacio); no teme hablar del “seguimiento del demonio” cuando se deja de lado la cruz; o de la “dictadura del relativismo”.

Bergoglio no figuró en ninguna quiniela de papables; pero el Espíritu sopla donde y como quiere, y el Colegio Cardenalicio lo eligió. El pueblo fiel lo ha recibido como un don de Dios; lo considera un papa muy cercano; hombre de aspecto pacífico, bueno, amable y comunicativo, que prefiere la sencillez al boato y la pobreza franciscana a todo asomo de riqueza. El papa Francisco ha mostrado gestos de clara significación que preanuncian intenciones. No es el menor de ellos aparecer con sus zapatos usados pero limpios (que recuerdan las “sandalias del Pescador” e incluso los descalzos pies del Poverello), el regalo de unos libros de doctrina social a la presidenta argentina, o el Jueves Santo junto a “sus” jóvenes reclusos de Roma a quienes ha lavado los pies, entre otros gestos.

Francisco sabe lo que quiere. Para algunos es precisamente el espíritu ignaciano, sobrio, intrépido y firme, el más idóneo para el papado en estos momentos de tribulación. Pero al tomar el nombre de Francisco, el cardenal Bergoglio atempera la reciedumbre ignaciana con la suavidad franciscana: se antoja una acertada y provechosa combinación. Muchas cosas indican que el magisterio de Francisco será una directa invitación a la santidad. Oremos por él.

Suscitando interrogantes

P. Tomás Morales SJ

Estos son los «amigos fuertes de Dios», los evangelizadores con que soñaba Pablo VI. «Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiesta su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunidad de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni se osaría soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros?» (Evangelii nuntiandi).

Este interrogante se abre en cuanto veo un auténtico cristiano a mi lado. Un Director General, Consejero Delegado de un Banco, me decía refiriéndose a otro Consejero: «Cuando le veo y habla en nuestras reuniones, despierta en mí una fe adormecida. Me impresiona más lo que dice o hace que todos los sermones de los sacerdotes».

El jefe de una empresa me confesaba a sus cuarenta años: «La fe de mi niñez desapareció muy pronto, pero hace dos años vino a trabajar conmigo un joven de veintiuno. Es el mejor empleado que tengo, el más entregado, el más servicial de todos. Me pregunté: ¿por qué será así? Cuando me enteré que encontraba fuerza y alegría en la oración y en los sacramentos, recuperé la fe perdida que hacía muchos años añoraba».

Un bautizado así despierta siempre inquietudes. Su vida abre interrogantes, interpela a todos, plantea preguntas. Sigue la consigna de San Pablo. Sin casi hablar «predica la palabra, insta a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta, increpa con toda longanimidad no cesando en la enseñanza» (cf. 2 Tim 4,2). Es una «proclamación silenciosa, pero muy clara y eficaz, de la Buena Nueva» que plantea «las primeras preguntas a muchos no cristianos, bien se trate de personas a las que Cristo no había sido nunca anunciado, de bautizados no practicantes (…) bien se trate de gentes que buscan, no sin sufrimiento, algo o Alguien que ellos adivinan, pero sin poder darle un nombre. Surgirán otros interrogantes más profundos y más comprometedores, provocados por este testimonio que comporta presencia, participación, solidaridad y que es un elemento esencial, en general, el primero absolutamente en la evangelización. Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores» (idem).

Un testimonio evangelizador que el bautizado consecuente sabe dar sin que su mano izquierda sepa lo que da la derecha.

(Hora de los Laicos)

Tomás Moro: “¿Político, tú...?”


Tomás Moro (1478-1535), primero abogado y juez, llegó a ser lord Canciller de Inglaterra. Político de absoluta honradez, sin embargo fue desposeído de su cargo, encarcelado, llevado a juicio y condenado a muerte por políticos y jueces que seguían instrucciones del rey Enrique VIII. Es considerado el patrono de los políticos católicos. El drama de su vida fue llevado al teatro y más tarde al cine por Robert Bolt bajo el título: “Un hombre para la eternidad” (A Man for all Seasons).

Richard RICH (con entusiasmo): Todo hombre tiene su precio... ¡Claro que sí! Hasta en dinero.

Tomás MORO: No, no, no…

RICH: Y desde luego en sufrimiento.

MORO (interesado): ¿Comprar a un hombre con sufrimiento?

RICH: Hacerle sufrir y ofrecerle luego... un escape.

MORO: ¡Oh! Por un momento creí que decías algo profundo.

RICH: No, nada de profundo. Es un problema práctico: cómo hacerle sufrir lo bastante.

MORO: Hum... (Lo coge del brazo y pasea con él) Y... ¿quién te ha recomendado leer a Maquiavelo?... ¿Eh?

RICH: El Doctor Cromwell. ¡Y parece dispuesto a hacer algo por mí!

MORO: No sabía que le conocieras.

RICH: Perdonadme, Sir Tomás. Pero... ¿qué es lo que sabéis de mí?

MORO: Lo que tú me dejas que sepa.

RICH: Yo os dejo saber todo.

MORO: Ricardo, vuélvete a Cambridge; te estás estropeando.

RICH: Desde luego, por falta de uso. ¿Sabéis el resultado de siete meses de trabajo?

MORO: ¿De trabajo?

RICH: ¡De trabajo! ¡Porque esperar es un trabajo cuando se espera como yo, intensamente! ¿Sabéis lo que he conseguido en siete meses? He conseguido conocer al portero del palacio del Cardenal Canciller, y tener un momento en mi pecho la mano del chambelán de Su Eminencia para que no pasara. ¡Ah! Eso sí; el Duque de Norfolk me saludó a medias en cierta ocasión a cincuenta pasos de distancia. Sin duda me tomó por otro.

MORO: Pero ha estado muy amable en nuestra cena.

RICH: ¡Claro!, en esta casa todo el mundo es amable... Y también he conseguido, por supuesto, ser amigo de Sir Tomás Moro. ¿O, debo decir 'conocido'?

MORO: Digamos amigo.

RICH: Muy bien. Y la gente murmura: “¿Amigo de Tomás Moro, y todavía sin un cargo? Algo raro debe tener."

MORO: Creí que habíamos dicho 'amigo'. (Piensa un poco)... Pero puedo conseguirte un puesto con casa, criado y cincuenta libras al año.

RICH: ¿Cómo? ¿Qué puesto?

MORO: En la nueva escuela.

RICH (Con amarga desilusión): ¡Maestro de escuela!

MORO: El hombre debe estar lejos de las tentaciones. Mira, Richard, mira esto. (Le alarga una copa de plata) Mira… ¿La quieres? Para ti. O véndela, si te parece.

RICH: Me parece que sí, la venderé.

MORO: ¿Y qué te comprarás?

RICH: (Con ferocidad súbita) ¡Un traje decente! Quiero uno como el vuestro.

MORO: Con lo que vale esta copa hay para varios trajes, digo yo. Me la mandó hace poco una mujer que acaba de presentar un pleito en el Tribunal de Causas Pobres. Es un soborno.

RICH: Oh... (Mortificado) Y por eso os desprendéis de ella.

MORO: Yo no me la voy a guardar ya ti te hace falta. Pero si crees que está contaminada...

RICH: No, no. Me arriesgaré.

MORO: Ricardo, cuando tienes un cargo, te ofrecen de todo. A mí me ofrecieron una vez un pueblo completo... ¿Por qué no ser un maestro? Podrías ser un buen maestro, quizá un gran maestro.

RICH: ¿Y quién lo sabría, si lo fuera?

MORO: Tú, tus alumnos, tus amigos, Dios. No es mal público. Ah, y una vida tranquila...

RICH (riendo): ¿Vos decís eso?

MORO: Richard, si yo tengo un cargo es por obediencia, porque fui forzado a él... ¿No lo puedes creer?

RICH: Es difícil.

MORO: (Con gesto seco): Hazte maestro.
ROBERT BOLT:
Un hombre para la eternidad. Acto I.

Hágase rico en una semana


"El tiempo saca todas las cosas a la luz"

- Sean Penn –

Por Antonio Rojas Ramos

Entra Pedro en mi despacho con unos cuantos libros bajo el brazo y con un semblante eufórico como si acabara de descubrir América.

-¿Los conoce, profe?

Y me muestra satisfecho el manojo de libros: “Hágase rico en una semana”, “Aprenda inglés sin esfuerzo”, “Cómo ganar, rápidamente, un montón de amigos”, “Lectura rápida”, “Adquiera una supermemoria jugando”...

-Pues, hombre, algunos sí los conozco y el trasfondo... “educativo” de todos, también.

-¿Qué quiere decir, profe?

- Lo habitual es que libros de este tipo, proporcionen una serie de consejos más o menos eficaces para solucionar problemas superficiales, pero dejan de lado las cuestiones de fondo. ¿Sabes quién es Woody Allen?

-Claro, el famoso director-actor de cine.

-Exacto. Con su característica fina ironía, refiriéndose a estos remedios-milagros dijo: “Hice un curso de lectura rápida y leí Guerra y Paz en veinte minutos. Va de Rusia”.

Estamos ante un tipo de personas que la cultura anglosajona ha llamado yuppie. Personas que viven obsesionadas por su aspecto exterior y por conseguir una imagen de éxito ante los demás, de forma rápida y sin escrúpulos. Puede servir de ejemplo la “filosofía” de J.P. Morgan, fundador del banco Morgan: “Yo no quiero un abogado que me diga lo que no puedo hacer. Yo le contrato para que me diga la manera de hacer lo que yo quiero hacer”.

Para que me entiendas mejor, Pedro, se podría comparar la forja de la persona a las labores del campo. ¿Qué pensarías del que se olvida de sembrar en primavera, se dedica a vaguear en verano y luego quiere cosechar en otoño? De igual manera, no se puede pretender cosechar una vida lograda sin haber puesto previamente los medios necesarios.

El campo, como la vida humana, es un sistema natural. Uno hace el esfuerzo, el proceso natural sigue su curso y, aunque el proceso esté expuesto a incertidumbres y exija mucha paciencia, lo normal es que se coseche lo que se siembra. Y, desde luego, si no se siembra, si el campo no se trabaja, lo normal es que no se recojan más que malas hierbas.

-¿Sabe qué le digo, profe?

-Tú dirás.

-Que en tan sólo 5 minutos me ha dado todo un tratado educativo.

-Es sólo el pórtico del largo y profundo proceso educativo personal.

-¿Largo? ¿Cuánto dura?

-Toda una vida.

“Dios mío, Dios mío: ¿Por qué me has abandonado?”


Abilio de Gregorio


“Y a la hora de nona gritó Jesús con voz fuerte: Eloí, Eloí, lama sabchtani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; Mc 15,34).

Estamos ante el clímax de una historia real y verdadera en la que la materia argumental de fondo es la relación de un Dios que hace al hombre por amor a su imagen y semejanza y, por más amor si todavía cabe, se hace El mismo, no sólo a imagen y semejanza del hombre, sino que asume en plenitud, en totalidad, la condición humana.

Es precisamente en la narración de la Pasión y Muerte de Jesús donde percibimos la dimensión más profunda y, al mismo tiempo, más dramática de esa novedad del cristianismo respecto a las religiones vigentes. El Dios infinito y trascendente, imponente, inaccesible, incomprensible, más grande que lo más grande, el absolutamente Otro, asume la condición de ser humano, se hace carne como una prolongación de aquel acto creador primero por amor. Pero Dios se hace carne de ser humano, no como quien decide tener una experiencia temporal de solidaridad o vivir una generosa aventura durante una temporada en las chabolas de la humanidad. Dios asume la condición humana, toda la condición humana por dentro y por fuera, con todas las consecuencias Sólo así, y a partir de ese momento, dotando de pleno valor humano a lo divino que hay en El, tiene posibilidad de adquirir valor divino la más pequeña de nuestras acciones humanas.

Parecería que los evangelistas han puesto un especial empeño en mostrarnos esa humanidad de Jesús al narrarnos precisamente este tramo final de su vida humanizada. Con total realismo, sin adornos épicos, sin exaltaciones heroicas: como cualquiera de nosotros. Nada hay en la narración evangélica que nos recuerde, por ejemplo, al impasible Sócrates enfrentado a la muerte apurando con serena indiferencia la copa de cicuta. Jesús, por el contrario, hace suyo nuestro miedo al sufrimiento y a la muerte: se entristece y se angustia con una tristeza mortal Los evangelistas nos lo muestran en Getsemaní con todo el horror ante lo que le espera, y llora abatido con el alma encogida como estaría cualquiera de nosotros en semejantes circunstancias. Su divinidad, la claridad de su misión no le va a ahorrar lo más mínimo de dolor ni de terror ante la proximidad cierta del maltrato más cruel y la muerte.

Y ahí, desde ese abatimiento, desde ese miedo al sufrimiento y a la agonía mortal, clama con la debilidad del desvalido que se siente en el hondón del agotamiento “¡Abbá, Padre! Todo es posible para Ti, aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú”.

ME FÍO DE TI

Al leer estas palabras del Señor queda uno íntimamente reconciliado con su propia debilidad, incluso con su rebeldía ante la adversidad y el dolor. ¿Es que no hay otra manera más soportable de cumplir los designios o la voluntad de Dios? Sin embargo, y a pesar de todo, la plegaria de Jesús le dice al Padre: creo que eres un Padre bueno, un Padre que lo puede todo y, por ello, me fío de Ti y quiero que todo suceda como quieres Tú.

Dicho esto, a Jesús todavía le quedaría el consuelo interior de saber que Dios no nos prometió ahorrarnos o apartarnos el sufrimiento, sino que nos prometió estar a nuestro lado para consolarnos y ser un Referente desde el que pudiéramos dar sentido a la adversidad en los momentos más arduos. Pero ni siquiera eso puede percibir en el derrumbamiento total por el dolor y por tanta sangre derramada. Ya no es sólo el sufrimiento físico: a él seguramente se une un hundimiento anímico tal, que le deja sin recursos psíquicos para dotar de elevación a lo que está soportando. Todo tan humano… Y es que el Verbo se hizo carne de verdad, carne de hombre débil, carne expuesta a la soledad, a la decepción y a la depresión anímica; al amor efusivo, sí, pero también al horror y al miedo. Porque ese era el camino por el que el hombre podía aprender a ser imagen de Dios. El crucificado no quitó del mundo el sufrimiento, pero con su cruz cambió a los hombres. Volvió su corazón hacia todos los hombres que sufrían, y de esa manera nos fortaleció y nos purificó: nos redimió. Dios se compadece del doliente, pero la compasión de Dios tiene carne. Se llama flagelación, coronación de espinas, crucifixión, tumba. Como escribía el entonces Cardenal Ratzinger en Jesús de Nazaret, con ese grito-oración “lleva ante el corazón de Dios mismo el grito de angustia del mundo atormentado por la ausencia de Dios (…) Se identifica con la humanidad que sufre a causa de la “oscuridad de Dios”, asume en sí su clamor, su tormento, todo su desamparo y, con ello, al mismo tiempo los transforma Cristo. Ora en ese momento cumbre como Cabeza y como Cuerpo de la humanidad a la que redime: tiene presente la lucha de todos nosotros, nuestras propias voces, nuestra tribulación y nuestra esperanza. Nosotros mismos somos orantes en la comunión con Él”.

Ese “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado”, nos remite al Salmo 22, palabras que Dios puso en nuestros labios para que las usáramos al dirigirnos a Él, como nos enseñó Benedicto XVI. Dice el Salmo: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? Lejos estás de mí socorro, de las palabras de mi gemido. (…) Con todo, tú eres el Santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel”.

¿UN DIOS INÚTIL?

Por allí pasaban escépticos y pragmáticos, viene a decir el Salmo, que viéndolo como el “oprobio de los hombres y el desecho del pueblo”, “moviendo la cabeza se decían: Se encomendó a Yahvé… líbrele, sálvele Él, pues dice que le es grato”.

Son escépticos y pragmáticos como muchos de nosotros, los que nos fabricamos un dios-fetiche para que impusiera un orden social a nuestra medida, para que nos quitara el hambre convirtiendo las piedras en pan, para que nos librara de la enfermedad y del dolor, para que nos asegurara trabajo y bienestar, para que ahuyentara nuestros miedos ante la muerte… Y cuando llega la injusticia, el sinsentido, la enfermedad o la muerte, volvemos los ojos y clamamos a ese dios que nos hemos fabricado y guarda silencio y no acude, gritando decepcionados ¿Dónde está Dios? ¿Para qué nos sirve si no se presenta cuando lo necesitamos. Y le damos la espalda dejándolo solo en su cruz, o en su sagrario, o en su excluido y marginado, porque un dios que no nos da lo que pedimos es un dios poco rentable, es un dios inútil. A veces, detrás de esas palabras hay más cinismo que respeto real ante el sufrimiento humano. Escribía el Cardenal Ratzinger en El Dios de Jesucristo: “Resulta sorprendente que las quejas contra Dios sólo en una mínima parte procedan de los dolientes de este mundo, y en su mayor parte provengan de los espectadores saturados que nunca han sufrido”.

Con todo, a pesar de todo, nosotros, con el Jesús de la cruz, diremos: Dios es mi Padre (Abba). Ante el abandono e incluso ante la falta de capacidad para dar sentido a mi derrumbamiento, “lo único que importa, Señor, es que Tú sigas siendo Tú”, que sigas siendo mi Dios. Como narra Elie Wiesel en su obra La Noche, respecto a aquella asamblea de los diez rabinos en Auschwitz que llaman a Dios a juicio para juzgarlo por el abandono en que les dejó ante la barbarie. Después de tres días de sesión judicial, declararon a Dios culpable. Pero inmediatamente después del veredicto de culpabilidad, dijeron todos al unísono: “Y ahora oremos al único Señor del mundo”.

¿PARA QUÉ?

Ante el dolor, ante la desgracia, ante la tristeza, la soledad y la desolación, ya no te volveré a preguntar, “Señor ¿Por qué?” No me importa el por qué; además casi nunca te entiendo tus motivaciones. Sino que intentaré asirme a tu mano, aunque no tenga fuerzas ni ganas para ello, y te preguntaré ¿Para qué? Porque me importa saber el sentido de mis sufrimientos y de mis frustraciones y, mirando siempre hacia adelante, saber para qué me los envías.

¿Para qué el sufrimiento del inocente y el abandono de los que tanto hemos amado, y las injusticias con los desvalidos y la incomprensión y la traición quizás, y la soledad…? ¿Para qué Señor? ¿Qué pretendes de nosotros con ello? Tal vez mostrarnos que no es con la cruz con la que cargas en tus hombros, sino que cargas a hombros con el hombre –con todos los hombres-, conmigo, como con la oveja perdida; tal vez decirnos que hay un sufrimiento que no es maldición sino que es amor que ha aceptado al hombre por completo, aun en su culpa y en su miseria y así lo transforma; ¿Para qué, Señor?

Contéstanos, por favor: Enséñanos tus caminos y danos el coraje de transitarlos, aunque estemos en los últimos tramos y nos dé miedo.

Nos da miedo a pesar de saber que la cruz no fue la última palabra de Dios en Jesucristo. La tumba no lo retuvo.

Resucitó y nos habla por el resucitado. En Ti ponemos nuestra frágil esperanza.

Las aguas revueltas vienen de lejos


Por Santiago Arellano Hernández

Escribo sin saber aún a quién elegirá el Espíritu Santo de Dios, Paráclito y Santificador de su grey, para regir la navecilla santa de la Iglesia, tiempo ha en noche oscura, según el mundo, y para el creyente con vientos amenazadores. Sí que debo proclamar que Dios está siendo grande con nosotros. Somos testigos de hechos admirables.

Como anti-melodía descorazonadora nos despiertan cada mañana las cantinelas de las corrupciones y el lamentable descrédito de la clase política. Oh mundo inmundo. Resuenan en mis oídos las profundas sentencias de La imitación de Cristo: “Cada vez que fui a los hombres volví menos hombre”. ¿Se nos olvidan las luminosas denuncias de los Sumos Pontífices, de los últimos siglos de que no es inocuo para los hombres vivir como si Dios no existiera?

Os recordaré el comienzo de la epístola de Quevedo dedicada al Conde Duque de Olivares, donde denuncia la decadente situación de su sociedad y añora otras más virtuosas y austeras:
No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente?
Largo y crítico poema. La poesía puede ser halago; pero también denuncia.

Os traigo como remedio de una y otra fortuna, por un encuentro fortuito, las palabras del Beato y buen Pastor de la Iglesia, Juan XXIII. Os acerco unas citas de la Navidad de 1959, recién estrenado su pontificado. Nada menos que nos habla de la vocación del ser humano a la verdad. Su sentido práctico de buen conocedor de su grey le hace descender a su contrario: el horror de vivir en la mentira.

1ª Denuncia:

“¿Dónde está en la tierra el respeto a la verdad? No estamos, a veces, e incluso muy frecuentemente, ante un anti-decálogo desvergonzado e insolente que ha abolido el no, ese "no" que precede a la formulación neta y precisa de los cinco mandamientos de Dios que vienen después de "honra a tu padre y a tu madre'? ¿No es prácticamente la vida actual una rebelión contra el quinto, sexto, séptimo y octavo mandamientos: "No matarás, no serás impuro, no robarás, no levantarás falsos testimonios"? Es como una actual conjuración diabólica contra la verdad. [….] Este mandamiento, como los otros, permanece en vigor con todas sus consecuencias positivas y negativas; el deber de decir la verdad, de ser sincero, de ser franco, es decir, de conformar el espíritu humano con la realidad,…”

2ª Súplica:

“Amados hijos. No os sirváis de estos maravillosos dones de Dios, que son la luz, los sonidos, los colores y sus aplicaciones técnicas y artísticas -tipográficas, periodísticas-, para atropellar la inclinación natural del hombre a la verdad, sobre la cual se levanta el edificio de su nobleza y grandeza. No os sirváis de estas cosas para empujar a la ruina conciencias todavía no formadas o vacilantes. Tened santo terror a difundir los gérmenes que profanan el amor, disuelven la familia, ridiculizan la religión, sacuden los fundamentos del orden social, que se apoya en la disciplina de los impulsos egoístas y en la fraternidad concorde y respetuosa del derecho individual”.

3º Esperanza:

“El humilde sucesor de San Pedro no siente todavía ninguna tentación de zozobra. Nos sentimos fuertes en la fe, y junto a Jesús podemos atravesar no sólo el pequeño lago de Galilea, sino también todos los mares del mundo. La palabra de Jesús basta para la salvación y la victoria. Esta es una página de las más bellas del Nuevo Testamento. Es alentadora y llena de feliz augurio”.

Muy adecuado por su sencillez y simbología es el capitel de Cristo en la nave con dos fieras, de la iglesia visigoda de San Pedro de la Nave en Zamora.

Gozo y confianza


Fernando Martín Herráez

Gozo y confianza: estos son los dos sentimientos que después de las numerosas impresiones de los primeros días del Pontificado del Papa Francisco se van reposando en el corazón. Gozo interior, alegría, por ver la acción de Dios en todos estos acontecimientos que van marcando la historia del mundo y de la Iglesia. Gozo por saber que Dios sigue amando a su Iglesia y la lleva de la mano de una manera prodigiosa. Y, en consecuencia, confianza en Él, que no se olvida de nosotros y que ha enviado de nuevo un Pastor bueno y solícito para ponerlo al frente de la Iglesia.

Gozo y confianza son también los sentimientos que ha despertado en mí el Papa Francisco en sus primeros discursos y gestos.

Imagino que con el paso del tiempo, como lo hicimos con Juan Pablo II o con Benedicto XVI, nos iremos haciendo conscientes del regalo que Dios nos ha hecho, pero ahora sólo puedo hablar de mis primeras impresiones, que he traducido en ese gozo y esa confianza que me provoca.

Con suavidad, con profundo respeto y con amor entrañable, ha entrado en diálogo con todos y cada uno de nosotros. Y en esto que digo veo un camino de nueva evangelización que el Papa está recorriendo de manera ejemplar. Trataré de explicarme.

Es un Papa que ha empezado dialogando, con todo el valor que le podemos dar a esa actitud de diálogo permanente que tienen el Papa y la Iglesia con el mundo. Sus primeras palabras desde el balcón de la plaza de San Pedro fueron para abrir un diálogo permanente. En primer lugar entre el obispo de Roma y el pueblo romano allí congregado. Un diálogo cargado de expresiones de gratitud, de reconocimiento mutuo, de oración recíproca, de confianza:
“Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias. Un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro”. (Bendición Urbi et Orbi, 13-3- 2013)
Ha sabido dialogar con sus hermanos los cardenales del cónclave, entrando en el corazón, poniéndose en su lugar, y animándoles a seguir llevando el peso de la Iglesia a pesar de la edad avanzada de muchos de ellos:
Queridos Hermanos: ¡Ánimo! La mitad de nosotros tenemos una edad avanzada: la vejez es –me gusta decirlo así– la sede de la sabiduría de la vida”. (Audiencia a los cardenales, 15-3-2013)
Y ha entrado en diálogo con los periodistas. Yo no me canso de ver el vídeo que reproduce ese encuentro. Es impresionante. Cuánta humanidad, cuánta sabiduría, cuánto amor el del Papa, que supo ganarse el corazón de los que le escuchaban y que no tuvo ningún reparo en declararles: “Os quiero mucho. Os doy las gracias por todo lo que habéis hecho. Y pienso en vuestro trabajo: os deseo que trabajéis con serenidad y con fruto, y que conozcáis cada vez mejor el Evangelio de Jesucristo y la realidad de la Iglesia”.

Es un discurso de antología, pero hay que verlo en vídeo, para captar los gestos del Papa, sus sonrisas, sus bromas… Sí, al Papa le gusta bromear. Después de agradecerles su labor de información y de bromear por todo el trabajo que les ha dado el Cónclave, les explica la naturaleza de la Iglesia y del Papado de una manera genial, que es una confesión de fe:
“Cristo es el Pastor de la Iglesia, pero su presencia en la historia pasa a través de la libertad de los hombres: uno de ellos es elegido para servir como su Vicario, Sucesor del apóstol Pedro; pero Cristo es el centro, no el Sucesor de Pedro: Cristo. Cristo es el centro. Cristo es la referencia fundamental, el corazón de la Iglesia”.
Y sobre todo me quedo con el final. Cuando dejando los papeles, les ofreció una primicia informativa: la historia de cómo eligió el nombre de Francisco, en homenaje y devoción a Francisco de Asís, el santo de la pobreza y de la paz. Esa sí que es una historia que merece la pena escuchar una y mil veces:
“Les contaré la historia. Durante las elecciones, tenía al lado al arzobispo emérito de San Pablo, y también prefecto emérito de la Congregación para el clero, el cardenal Claudio Hummes: un gran amigo, un gran amigo. Cuando la cosa se ponía un poco peligrosa, él me confortaba. Y cuando los votos subieron a los dos tercios, hubo el acostumbrado aplauso, porque había sido elegido. Y él me abrazó, me besó, y me dijo: «No te olvides de los pobres». Y esta palabra ha entrado aquí: los pobres, los pobres. De inmediato, en relación con los pobres, he pensado en Francisco de Asís. Después he pensado en las guerras, mientras proseguía el escrutinio hasta terminar todos los votos. Y Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación”.
Sobran comentarios. Lo que dije al principio: gozo y confianza. Gracias, Señor, por el Papa Francisco.

Una escuela de oración con el Papa Benedicto XVI


P. Juan Ignacio Rodríguez Trillo

De mayo de 2011 a octubre de 2012, justamente antes de comenzar el Año de la fe, Benedicto XVI nos regaló un ciclo de catequesis sobre la oración que podemos considerar uno de los grandes regalos de su pontificado. Ojalá nos ayuden en la oración y mantengan vivo en nosotros el rico magisterio del Papa emérito.

Nos suscita el interés a través de algunas preguntas de fondo: “Contemplando la oración de Jesús, debe brotar en nosotros una pregunta: ¿Cómo oro yo? ¿Cómo oramos nosotros? ¿Cuánto tiempo dedico a la relación con Dios? ¿Se da hoy una educación y formación suficientes en la oración? Y, ¿quién puede ser maestro en ello?”

Ofrece una hermosa orientación: “Los cristianos hoy están llamados a ser testigos de oración. En la amistad profunda con Jesús a través de nuestra oración fiel y constante, podemos abrir ventanas hacia el cielo de Dios, ayudar a otros a recorrer ese camino: caminando, se abren caminos”.

Dando un paso más, alienta a rezar con el realismo de una vida inserta en el mundo: “Debemos llevar los acontecimientos de nuestra vida diaria a nuestra oración, para buscar su significado profundo y aprender a ver que Dios está presente en nuestra vida, también en los momentos difíciles, y que todo forma parte de un designio superior de amor”.

Y a rezar en familia: “La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Quiero invitaros a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia”.

Resalto algunas indicaciones muy concretas:


  • No debemos perdernos en el activismo puro, sino siempre dejarnos penetrar en nuestra actividad por la luz de la Palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio al otro, que no tiene necesidad de muchas cosas, sino que tiene necesidad sobre todo del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios. Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple activismo que al final deja insatisfechos.
  • Así debe ser nuestra oración: asidua, solidaria con los demás, plenamente confiada en Dios, que nos conoce en lo más íntimo y cuida de nosotros. En nuestra oración fijemos nuestra mirada en el Crucificado, detengámonos con mayor frecuencia ante la Eucaristía, para que nuestra vida entre en el amor de Dios.
  • Ninguna oración, ni siquiera la que se eleva en la soledad más radical, es aislarse; nunca es estéril; es la savia vital para alimentar una vida cristiana cada vez más comprometida y coherente.
  • La oración nos educa a ver los signos de Dios, su presencia y acción; es más, a ser nosotros mismos luces de bien que difundan esperanza e indiquen que la victoria es de Dios.

Y para finalizar:

  • Quiero invitaros a conocer mejor la Biblia, para conocer la maravillosa historia de la relación entre Dios y el hombre… A rezar con los Salmos, oraciones preciosas que encontramos en la Biblia y que reflejan las diversas situaciones de la vida y los distintos estados de ánimo que podemos tener respecto de Dios.
  • Quiero animaros a dirigir la mirada del corazón al Señor, que está en medio de nosotros. Cuando vivimos la liturgia con esta actitud, nuestro corazón se eleva interiormente hacia lo alto, hacia la verdad, hacia el amor, hacia Dios.

Javieradas 2013

“Id y haced discípulos…”

Miles de peregrinos rezan por el Papa ante el castillo de Javier, en Navarra

Las Javieradas siguen siendo un encuentro de fe que convocan a hombres y mujeres de todas las edades y orígenes. Casi 30.000 peregrinos se dieron cita a los pies del Castillo natal del patrono de las misiones, el 10 y el 16 de marzo, desafiando en muchos casos la distancia, la larga caminata y las inclemencias del tiempo.


En la homilía de la primera de las dos celebraciones, el Arzobispo de Pamplona y Tudela, Mons. Francisco Pérez, trazó un paralelismo entre el camino que lleva a la basílica y castillo de Javier con el camino de regreso emprendido por el hijo pródigo hasta la casa de su Padre: “Es el Señor quien nos espera, quien ha puesto en nuestro corazón la decisión de acercarnos a Él, porque es quien de verdad nos ama. La relación del padre con el hijo pródigo nos introduce en un profundo misterio sobre la naturaleza del hombre y la naturaleza de Dios. Dios nos busca, nos espera, pero no nos obliga, no nos quita nuestra libertad”.

Penitencia, oración, reconciliación… No faltan momentos de dureza, pero también los hay para el caminar en silencio, buscando la sintonía del alma con su Hacedor y Redentor. La Javierdad es también un camino de amistad fraterna que recuerda al camino de la vida.

La segunda peregrinación contó con la llamativa presencia de más de 3.000 jóvenes madrileños, acompañados por su Arzobispo, el cardenal Ruco Varela, que presidió la celebración de la Eucaristía.

En todos fue unánime la petición por el nuevo pontífice Francisco, a quien el Señor ha llamado en un difícil momento para la humanidad y para su Iglesia.

En torno a la figura del pastor universal, jesuita como el propio Francisco Javier, los peregrinos vivieron un momento de intensa comunión eclesial.

Obedientes al Papa, no dejaron de cumplir con su petición: rezar por él.

Concordia: de la anécdota, a la categoría


Edgar J.G.

Era un día como tantos otros, clase tras clase, comentario tras comentario y charla en el pasillo tras charla en el pasillo, cuando una nueva compañera pasó a nuestro lado. No le di importancia alguna.

Apenas una semana después ella era la chica más despreciada de todo el curso. Parecía que meterse con ella era el pasatiempo favorito para evadirse de las clases, lo que no pudo evitarme cierta curiosidad. Pregunté a varios de mis amigos para que me dijeran qué pecado tan mortal había cometido ella para ser tan criticada. “Todo el mundo se ríe de ella. Mira que es fea y tonta, y además rara, es una creída y una chula”. Desde luego no es justificación ninguna, de modo que decidí ver qué era lo que tanto molestaba de esa chica. Me puse a hablar con ella.

Pues bien, no solo resultó ser una chica muy humilde y muy simpática, sino además una persona realmente interesante y cariñosa si te acercabas a ella con intenciones buenas. No tardamos en hacer amistad y, cuanto más la conocía, más me extrañaba que los demás la criticaran como lo hacían. “¿Por qué te has hecho su amigo? ¿No te cae mal?” Era la pregunta obligada para todos, y mi respuesta era que no, más bien todo lo contrario. Con especial insistencia me lo preguntaba un pequeño grupo que, no tardé en darme cuenta, estaba detrás de todas las críticas.

A finales de ese mismo año se marchó. Lógico, cuando la atmósfera tejida entorno a ella era irrespirable. Ha pasado mucho tiempo y aún sigo recordándola con cariño y aún mis amigos, siempre que la recuerdan, me miran y me preguntan de nuevo.

“¿Por qué te hiciste su amigo? ¿De veras te caía bien?”

“Porque me tomé la molestia de conocerla, de comprenderla y apreciarla. Vosotros siquiera hablabais con ella, solo la criticabais por lo que decían otros”.

“Debes de ser el único” Suelen decir, en tono jocoso.

“Pues debo de ser el único que de verdad supo cómo era y debo de ser el único en haber descubierto a una muy buena persona”.

Esta pequeña anécdota me enseñó una lección importante acerca de cómo evitar gran parte de los conflictos que pueden azotar al mundo en la actualidad. Desde la pelea más pequeña entre compañeros de clase hasta la mayor guerra, quizá, si nos tomásemos la molestia de conocer un poco más a nuestros semejantes, el mundo sería mucho mejor.

No existirá una sociedad multicultural auténtica mientras seamos incapaces de ver las miles de cosas que nos unen a todos, las miles de cuestiones que tenemos en común y mientras las diferencias entre nosotros no sean un símbolo de conflicto, sino de riqueza y variedad.

Primero, seres humanos. Luego todo lo demás, porque todo lo demás es secundario. Solo así la concordia es posible. Me puse a hablar con ella.

No se ve bien sino con los ojos del corazón


Encuentro de novios

Paula Alió y Miguel Ángel Cuevas

Desde hace casi 6 años nos comprometimos con la parroquia de “Santa Teresa de Jesús” de Getafe para colaborar en los encuentros de novios para acompañarles en la preparación al sacramento del matrimonio. Desde entonces un grupo de matrimonios, alguno de la parroquia y otros de fuera, organizamos con el párroco varios encuentros al año. Los dos últimos años el número de bodas ha descendido, pero seguimos implicados con ello y el próximo 9 de marzo tendremos el encuentro de este curso.

No lo llamamos “cursillo de novios” porque no pretendemos dar unas lecciones magistrales y que se aprendan la lección. La idea siempre ha sido, compartir nuestra experiencia de vida, iluminada en las charlas por el magisterio de la iglesia, y que desde ahí ellos reconozcan su vocación.

Dentro de la preparación de la boda, que todos sabemos la de cosas accesorias que conlleva, pretendemos pasar un fin de semana juntos, invitándoles a que se paren a reflexionar y tomar conciencia del “SI” que van a dar delante de Dios y de la Comunidad, para que sea un paso firme, consciente y libre.

A lo largo de las diferentes charlas, repartidas entre los distintos matrimonios que lo organizamos, recorremos un abanico de temas de forma que:
  • Analicen cómo ha evolucionado su amor.
  • Tomen la temperatura de su relación: la comunicación.
  • Se replanteen su actual situación de fe.
  • Reflexionen sobre el proyecto de vida matrimonial.
  • Conozcan y valoren el ritual del matrimonio.
  • Y que todos nos enriquezcamos con los puntos de vista y las vivencias de los demás.


Sabemos que un fin de semana se queda corto, que lo que les puede tocar es poco, y nos gustaría poder acompañarles más a largo plazo, pero la realidad vital es la que hay. La mayoría de las parejas que nosotros nos encontramos ya vienen con tiempo de convivencia juntos, con muchos prejuicios sobre la Iglesia,… A nosotros nos queda, después de conocerles, rezar por ellos, para que el Señor les acompañe y ellos se dejen acompañar.

Cada Encuentro de Novios supone para nosotros una renovación y consolidación de los cimientos de nuestro propio proyecto de vida juntos. Es desde esa mirada desde donde podemos mostrarles la grandeza del matrimonio y la familia, basados en el plan de Dios sobre nosotros.

Creemos firmemente en la fortaleza que da el sacramento porque lo hemos vivido. No es lo mismo vivir juntos que bendecir la unión a través del sacramento, y sin discursos ni doctrinas, es lo que nosotros intentamos que vean. Que nos conozcan, que se acerquen a la Iglesia y que vean que la Fe no es sólo papel escrito, sino que ellos por estar bautizados forman también parte de la Iglesia; que Dios bendice su unión y que eso lo cambia todo, eso sí, si nosotros colaboramos.

Siempre les decimos que casarnos ha sido lo mejor que hemos hecho en nuestra vida y que por ello merece la pena apostar todo, que siempre ganas. Y no lo hacemos desde la irrealidad y el romanticismo, sino desde una vida real, en la que no todos los días son de color rosa. Les hablamos desde la experiencia, de momentos alegres, felices,… y desde las dificultades de cada día.

El lema de los encuentros es la frase del Principito “No se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos” porque lo esencial está en el interior. Es este el que forja las relaciones, es el responsable de los sentimientos. Y para nosotros sería suficiente que los novios que vienen a los encuentros se llevaran dentro el gran amor que Dios les tiene y que se hace carne en la persona que ha puesto a su lado.

Para nosotros es así. Sentimos el amor de Dios a través del otro, y no podemos quedarnos este misterio para nosotros. Los demás tienen que conocerlo para vivirlo y hacerlo grande.

La oportunidad de darnos a los demás de esta forma, nos hace crecer y sólo por esto merece la pena gastar nuestro tiempo para ellos.

Regenerar la política



“La inmensa mayoría de los políticos son honrados y entregados a hacer el bien común”


Entrevista a Juan Antonio Gómez Trinidad, educador y exportavoz de educación del Partido Popular

Juan Antonio Gómez Trinidad, nacido en La Zarza, Badajoz (España) en 1959, fue durante la última legislatura (2008-2012) portavoz de educación del Partido Popular en el Congreso de los Diputados.

Catedrático de Filosofía, lleva inmerso en el campo de la enseñanza desde 1982. Ha sido Director General de Educación del gobierno de La Rioja (España) durante una década (1998-2008) y posee la Cruz de Alfonso X el Sabio, concedida por el Ministerio de Educación y Cultura.

En estos momentos en los que a los casos de corrupción difundidos recientemente a través de los medios de comunicación les responde frecuentemente una demonización generalizada que escarnece la actividad política como tal, y hace pasar por sospechosos y hasta por miserables a hombres y mujeres que permanecen en ella sirviendo de verdad al bien común, queremos traer a estas páginas a alguien que conoce bien la vida pública, ha pensado la política y la ha ejercido con responsabilidad e inteligencia. Y sigue siendo una persona muy normal y cercana. Le hemos invitado a que ofrezca a nuestros lectores una visión más profunda -y verdaderamente crítica- de la política y de la crisis que en estos momentos atraviesa.

Los españoles perciben a los partidos políticos entre los más graves problemas de la sociedad española según reflejan las encuestas de forma creciente. ¿Cuál le parece el motivo? ¿Lo considera justificado?

Creo que la preocupación es lógica al tener conocimiento del mal uso que se ha realizado de la política en beneficio particular o del propio partido por encima del interés común. Ahora bien, hay una cierta exageración debido a la proliferación de noticias al respecto – el escándalo y el mal siempre venden- y da la impresión injusta de que “todos son iguales”, lo cual no es cierto. La inmensa mayoría de los políticos: concejales, alcaldes, consejeros, diputados, etc. son honrados y entregados a hacer el bien común. En muchos casos, además, sacrifican su vida personal y familiar.

Pero también, existe otro tipo de corrupción más peligrosa y menos llamativa que no se percibe con tanta intensidad: la crisis intelectual y moral de la clase política. A ella no van los mejores, ni los mejor preparados, ni se eligen para los puestos de responsabilidad a los más idóneos, sino a los mejor situados en la organización. En cierto sentido los partidos son estructuras demasiado cerradas, oligárquicas, que en esa misma medida, han dejado de cumplir con el papel que les otorga la Constitución.

En las democracias mediáticas occidentales, los gabinetes de prospección parecen ejercer de gurús y augures de los líderes políticos, ¿hay espacio posible hoy para los grandes valores filosóficos o espirituales en la práctica política? ¿Por qué se habla de relativismo?

De alguna forma, se ha perdido el norte y la política ha dejado de ser el arte de gobernar buscando el bien común para todos, a ser una técnica para alcanzar el poder y una vez conseguido, no perderlo. A partir de ahí, si no existe un bien, unos ideales, ya todo depende de si es un instrumento eficaz o no: el fin, conseguir el poder, justifica los medios. Se trata por tanto de manejar los instrumentos para conocer qué es lo que se quiere oír, lo políticamente correcto, de hacer promesas, o de conceder bienes y servicios sin plantearse si son necesarios y, en segundo lugar, si se podrán pagar. Es el imperio de los gurús demoscópicos, de los que generan o controlan la opinión, no de los ideales.

En el fondo, el relativismo se convierte en un nuevo dogmatismo donde lo que prima es la dictadura de lo políticamente correcto, lo que dictan los nuevos sacerdotes del laicismo, donde se tolera todo menos la búsqueda de la Verdad, la admisión de Verdades que están por encima del hombre y de las épocas. No es de extrañar que haya surgido una nueva intolerancia con el cristianismo en nombre de una supuesta tolerancia.

Platón, Aristóteles etc. ya reflexionaron sobre los modos de corrupción de distintos modelos de ejercicio del poder. ¿Sus reflexiones siguen teniendo actualidad?

La condición humana sigue siendo la misma, pero tal vez hoy sepamos menos que entonces qué sea el hombre, cómo vivir en sociedad y cómo regir la “polis”, es decir la ciudad, por extensión la sociedad en la que vivimos. Hay que recordar que el hombre es para estos clásicos, un “animal político”, necesita de la sociedad, de su organización para alcanzar su plenitud. En este sentido, hoy perdido, la política es el medio ambiente natural sin la cual el hombre no puede desarrollarse.

Por eso, estos pensadores, que asisten al nacimiento de la primera democracia, saben que este sistema no es espontáneo, requiere de un gran desarrollo cultural y moral por parte de todos los ciudadanos, pero, especialmente, por parte de los dirigentes. De ahí que exijan, cualquiera que sea la forma de gobierno, que los gobernantes tengan una gran preparación y fortaleza, sobre todo moral. No deben olvidar que están al servicio de la sociedad, y ambos, gobernantes y pueblo al servicio del bien común, que no es necesariamente el bienestar.

Esto se ha olvidado y, sobre todo a partir de la modernidad, se considera que no existe lo comunitario, sino como suma de intereses individuales. No existe el bien, sino suma de votos. En su máxima degradación se asimila el bien con lo que opina la mayoría, aunque ésta cometa barbaridades. Por lo tanto, es el reino de la sofística, de intentar generar y manipular opiniones mayoritarias, no verdaderas, puesto que la verdad en el espacio público parece que ya no existe.

¿Los políticos tienen una misión como ejemplos o referentes para el resto de la sociedad? ¿El plus de poder debe ir ligado a un plus de responsabilidad, de honestidad y de control?

El político tiene una misión de servicio a la sociedad y junto al bienestar de los ciudadanos debe buscar lo que podíamos llamar el bien-ser. Un clima moral donde el interés colectivo prime sobre lo particular, donde los valores tales como la solidaridad se conjuguen con el esfuerzo, la libertad con la responsabilidad, etc.

La crisis de la política tiene mucho que ver con la crisis de valores en los hombres que se dedican a la actividad política. Han estado más pendientes de la opinión que de lo verdadero, de la apariencia que de la realidad. Han generado falsas expectativas, prometiendo lo que no podían ni debían, supuestamente sin ninguna prestación a cambio por parte de los ciudadanos, la entrega incondicionada del voto correspondiente.

Por el contrario, los auténticos políticos tienen una función de liderazgo moral, una obligación de ejemplaridad pública y por lo mismo, las malas prácticas o delitos, deben ser también castigados con una dimensión ejemplarizante.

¿Tienen algo de responsabilidad los ciudadanos de a pie en lo que está pasando, en esta crisis generalizada de valores en la vida pública?

Creo que sí. La clase política es reflejo de la sociedad a la que representa. Existe una responsabilidad personal y colectiva. Cuando en una sociedad el fraude fiscal, el aprovecharse de lo público, sin aportar lo necesario no es censurado socialmente, surge este tipo de políticos. Pero también existe una responsabilidad colectiva y a veces los pueblos, las mayorías enferman moralmente. No hay más que ver cómo hace 80 años Hitler llegó democráticamente al poder. O por poner un ejemplo más próximo lo que ocurre con elecciones recientes, tanto en países como Italia, como en ciertas autonomías donde a pesar de la corrupción o del miedo, siguen siendo votados los mismos.

La política es una actividad humana sujeta a las miserias de la condición humana. ¿Por dónde puede plantearse una regeneración de la vida política y una recuperación del valor social que le corresponde? ¿Qué le parece a este respecto el movimiento de ‘los indignados’?

Indignados estamos todos por la forma de llevar la cosa pública, por lo tanto no creo que sea una preocupación exclusiva de cierto movimiento que tuvo mucho de mediático y poco de efectivo. Es bueno que los políticos vean que los ciudadanos son conscientes del mal uso que están haciendo de la “cosa pública”. Pero es más fácil, criticar y destruir que construir. Aquí es donde no veo una propuesta sólida que vaya más allá de los tópicos.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que las estructuras democráticas son producto de una evolución y un decantamiento de la cultura occidental. En cierta medida, siempre incompleta, pero no se puede atacar ni destruir esas formas que, aunque imperfectas, nos aseguran a todos un nivel de libertad y desarrollo personal y social.

¿Los ciudadanos católicos pueden y deben ayudar, en su opinión, a la regeneración de la política? ¿Qué aportaciones podrían -y deberían- realizar?

Los cristianos tienen, más que nadie, la obligación de transformar este mundo “de salvaje en humano, y de humano en divino”, por lo tanto deben actuar en política. En sentido amplio cumpliendo con sus obligaciones de ciudadanos, pagando los impuestos, obedeciendo la autoridad legítimamente constituida, pero también generando estados de opinión críticos, pero constructivos, revitalizando la sociedad a través de las diversas formas de participación, siendo solidarios, generando riquezas, buscando mayores cotas de justicia social etc.

Es decir, no se puede quedar en casa esperando a que pase la tormenta. Y por último, algunos cristianos que se sientan llamados a la vocación política deben responder a ella, máxime en una sociedad como la actual en la que participar en política es, con frecuencia, sufrir incomprensiones, desprestigios etc. Ninguna vocación auténtica deja de tener su parte de sacrificio, como tampoco deja de tener su recompensa.

España tiene problemas muy serios, por ejemplo el del empleo. ¿Se le ocurre alguna pista para salir del laberinto de algunos de dichos problemas en el medio plazo?

No soy experto en economía, por lo tanto no puedo dar consejos. Creo que se están sentando las bases para que sea posible la creación de empleo en un futuro en la medida en que se está aumentando la productividad y recortando los gastos superfluos e innecesarios que tenía no sólo la administración pública sino el sistema productivo.

Como hombre dedicado a la educación creo que la situación económica depende al final del capital humano, del número de efectivos que tiene un país y del nivel de formación que tiene esos efectivos. Aquí es donde está el verdadero problema de España: nos estamos descapitalizando. En primer lugar por la pérdida demográfica en lo que algunos denominan el suicidio demográfico de Europa. En segundo lugar por el fracaso escolar, el abandono escolar altísimo – el doble del resto de Europa-, la escasez de alumnos excelentes – también la mitad de la media europea-, y para colmo, los mejor preparados se nos están marchando.

Creo que de la crisis económica saldremos antes o después, con ayuda o sin ayuda del exterior, pero de la descapitalización del talento que estamos sufriendo sólo podremos salir en la medida en que pongamos los medios. En educación no podemos crear empleo, pero sí dar la “empleabilidad”, esto es, la preparación adecuada para que cuando lo haya trabajo, nuestros jóvenes sean competentes y competitivos, en un mundo laboral cada vez más global.

Con la experiencia que le otorga una dilatada experiencia profesional y el ejercicio de diversos cargos políticos y de gestión, ¿cuál es la preparación que considera ideal para los jóvenes con inquietudes políticas?

La primera es que se formen como cualquier profesional, que sean ante todo, buenas personas y mejores profesionales. Es más yo creo que quien se dedique a la política necesita una mayor preparación ética y moral.

No es cierto que la política corrompa, como no es cierto que una maratón produzca infartos, pero si alguien sin preparación física se atreve a correrla es muy probable que le dé un infarto. Del mismo modo, hay muchos infartos morales e intelectuales en los políticos por falta de preparación.

En segundo lugar una buena preparación intelectual, la cabeza bien amueblada para tener un conocimiento de la sociedad, de los principios que la rigen, de la interdependencia entre las realidades sociales y en un mundo global. Y por supuesto, una inquietud intelectual permanente en un mundo sujeto a un cambio incesante y a gran velocidad. Una gran carga de sensibilidad y de respeto consigo mismo, con la sociedad, con el medio ambiente, pensando en global pero actuando localmente, para no evadirse en utopías estériles.

En tercer lugar una buena preparación técnica en el área que más le atraiga. Personalmente creo que antes de dedicarse a la política “hay que cotizar varios años en la seguridad social” y demostrar que se es buen profesional, incluso que se tenga independencia económica fuera de la nómina del partido, para tener independencia de criterio.