viernes, 1 de marzo de 2013

La vida no es un absoluto sino una ocasión para ser mejores


Santiago Arellano Hernández

Es sorprendente la antinomia en que se encuentra la legislación sobre la vida humana en nuestros tiempos; su consecuencia, la contradicción habitual entre los ciudadanos. Los más la exaltan hasta colocarla sobre un pináculo sagrado como ídolo al que se le venera. Al cuerpo se le dedica tiempo y hacienda con más veneración y rigor que al culto debido al Dios verdadero. Por otra parte, estos mismos desprecian la vida como si no tuviera ni sentido ni valor. Se entiende, la vida de los demás. Defienden el crimen del aborto, de la eutanasia y no me extrañaría que en su lógica interna aplaudan axiomas que con horror hemos escuchado recientemente: “las guerras son necesarias para regular el crecimiento de la población mundial”.

Para un creyente la vida es sagrada. Dios es el señor de la vida. Cada uno de nosotros somos administradores. Responsables de la vida, sí; pero no dueños omnímodos. Ni la vida ni la muerte están en nuestras manos. La preocupación del creyente no es “la calidad de vida” y si no, eliminarla. Es más importante llenarla de sentido, lograr que cada instante se convierta en valor de eternidad. Por ejemplo ¿asentiríamos de corazón que es más importante la libertad que la vida? Así se lo manifiesta Don Quijote a Sancho en el capítulo 58 de la II parte:

“-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.”

Más aún ¿Seríamos capaces de entregar nuestra vida para obedecer antes a Dios que a los hombres? Siempre me ha conmovido la muerte del anciano macabeo Eleazar:

“Eleazar, uno de los principales maestros de la Ley, de edad muy avanzada y de noble aspecto, fue forzado a abrir la boca para comer carne de cerdo. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida infame, marchó voluntariamente al suplicio, después de haber escupido la carne, como deben hacerlo los que tienen el valor de rechazar lo que no está permitido comer, ni siquiera por amor a la vida. «A nuestra edad, decía, no está bien fingir. De lo contrario, muchos jóvenes creerán que Eleazar, a los noventa años, se ha pasado a las costumbres paganas. Entonces también ellos, a causa de mi simulación y de mi apego a lo poco que me resta de vida, se desviarán por culpa mía, y yo atraeré sobre mi vejez la infamia y el deshonor. Porque, aunque ahora me librara del castigo de los hombres, no podría escapar, ni vivo ni muerto, de las manos del Todopoderoso. Por eso, me mostraré digno de mi vejez entregando mi vida valientemente. Dicho esto, se encaminó resueltamente al suplicio”.