viernes, 1 de marzo de 2013

La realidad existe para conocerla


Abilio de Gregorio

En ocasión no lejana, dejaba constancia en estas páginas de la preocupación por uno de los síntomas más perversos del relativismo en nuestras aulas: la “logofobia” o miedo a la verdad. Si las cosas siguen por los derroteros actuales, algún día los historiadores de la educación podrán afirmar que, a la escuela la hizo la Ilustración y la deshizo el Romanticismo.

Ha tomado asiento en nuestras cátedras un antiintelectualismo o resentimiento contra la enseñanza-aprendizaje de conocimientos para dar paso a una práctica sentimentaloide de paidolatría rousoniana. La denominada “escuela nueva” afirmaba que para enseñar matemáticas a Juan, lo primero que tenía que aprender el maestro es conocer a Juan antes que saber matemáticas. El resultado en muchos casos ha sido generaciones de docentes con amplios conocimientos sobre Juan, pero generaciones de alumnos que salieron de las aulas sin saber matemáticas.

La fácil aceptación del romanticismo educativo por parte de las “vanguardias” docentes se explica quizás por esa porción de verdad que contienen algunas de sus proposiciones. Es cierto que es más productivo en términos educativos desarrollar en el educando capacidades para transformar conocimientos y construir otros nuevos, pero es preciso advertir que tales capacidades no se desarrollan más que en el manejo de los conocimientos que se adquieren y que, cuanto más amplios y diversos son éstos, más posibilidades se crean de relación y, en consecuencia, de transformación y de construcción.

Es cierto que es más relevante la adquisición de una mentalidad crítica que el almacenaje erudito de los conocimientos, pero no es menos cierto que esa mentalidad crítica, o es deseo de verdad y consecuencia del conocimiento claro y distinto de la realidad, o es rebeldía de opinante superficial y necio (ne-scio).

Es cierto que el maestro ha de saber conectar con el mundo de intereses de los alumnos, pero es más cierto que su papel de educador consiste en elevar antes el nivel de esos intereses a cotas de valores superiores para situar al educando en condiciones de comprensión y disfrute de realidades axiológicamente más sofisticadas.

Es cierto que es bueno que el niño aprenda jugando, pero sería mucho mejor que el niño jugase con lo que aprende.

Es cierto que la enseñanza no debe poner en juego de aprendizaje solamente la memoria del alumno, pero es igual de cierto que no hay posibilidad de aprendizaje sin memoria.

Es cierto que es preciso proporcionar al educando competencias útiles para desenvolverse con soltura en la vida, pero es también cierto que la diferencia entre el hombre y el animal es que éste solamente hace aprendizajes útiles. Lo más valioso de determinados conocimientos es que no “sirven” para nada.

Es cierto que hay estadios óptimos de madurez para el aprendizaje en relación con determinados conocimientos, pero también es cierto que determinados conocimientos pueden contribuir al desarrollo de la madurez necesaria para la adquisición de otros nuevos.

En último término, lo que está ahí ante mí, por el hecho de ser y estar ahí, pide respuestas proporcionadas a su condición de realidad. Todo lo que es, provoca o incita siempre una pregunta de conocimiento y una pregunta de valoración. La ignorancia o la indiferencia, en último análisis, no dejan de ser actitudes desleales –antiéticas- con la realidad. El primer homenaje a lo que es, es conocer qué es. Y el maestro, que por definición ha de desplegar honestamente la realidad ante el alumno para que éste la vuelva a plegar, una vez conocida de la mano del maestro, y la guarde en su interior, cuando renuncia a mostrarla, a enseñarla, traiciona su misión, por mucho que pretenda ocultar su deslealtad con alardes de pedagogismos y de sustituciones engañosas. Quizás la escuela ha comenzado a construir su fracaso a partir del momento en que abandonó su misión de “médium” para iniciar al educando en el conocimiento del depósito cultural de la humanidad, sustituyéndola por el mesianismo de la pedagogía naturalita. “Lo paradójico de esta pedagogía, decía Gramsci a pesar de su espíritu iconoclasta, es que este nuevo tipo de escuela es defendida como democrática, mientras que, de hecho, está destinada no sólo a perpetuar las diferencias sociales, sino además a cristalizarlas en una mayor complejidad”.