martes, 1 de enero de 2013

La persona como proyecto de llegar a ser en el tiempo

Santiago Arellano Hernández
Cuando por medio de la creación literaria nos acercamos al hombre, desde el inicio, lo primero que descubrimos es que somos seres en el tiempo. La imagen de la vida que va a parar a la mar, que es el morir, es patrimonio universal de todas las culturas. Manrique lo acuñó para siempre en lengua castellana a finales del siglo XV. Solemos afirmar que la lírica surge vinculada a la fugacidad del tiempo.
A mediados del siglo XX el poeta José Mª Valverde dedica a su hijo antes de nacer un poema, “Palabras para el hijo”, de obligada lectura para quien esté esperando un hijo o sueñe tenerlo. Dice el poeta:
“Viniendo estás, hijo. Ya tienes imperiosamente abierto tu hueco entre los días, y me paro a pensar cómo tendré que decirte para pasarte lo que he vivido, si todavía tus padres apenas sabemos hablar, saltamos por encima de las palabras, y de la mano andamos, cruzando por largos silencios, como claros de bosque. / Tal vez todo es inútil y la sangre camina bajo la voz, y nada se puede. / Pero yo pienso y pienso en las cosas que todavía mal he aprendido, y que tendré que enseñarte, porque ya no podré olvidar ni guardar silencio, ni volver la espalda a lo que fue, para llegar más libre a la esperanza.”
Somos tiempo, “un hueco abierto entre los días”. Tiempo efímero, “Labuntur anni”, y como enseñó Horacio: “Quien quiera que disfrute de los dones de la tierra, ha de navegar la laguna Estigia. Seamos reyes o seamos pobres ineludiblemente seremos cultivadores de la tierra”.

CARPE DIEM…”
¿Qué debemos hacer con nuestra vida? Esta es la gran pregunta. O dejar que se nos escape entre las manos inconscientemente, como refleja la expresión “pasar el rato”, o coger el toro por los cuernos, dando sentido a cada momento de nuestra vida y asumiendo gozosamente la responsabilidad de vivir.
“A gozar que son dos días”, que después nadie podrá quitarte lo bailado, nos repiten los vendedores de delirios llenos de vaciedad y muerte; aprovecha la ocasión que siempre la han pintado calva; ¿qué nos va en discurrir? Mejor aturdidos que llegar al hondón de nuestras fosas con los ojos abiertos.
Algo parecido nos amonesta el vetusto “carpe diem” que con tanto sensualismo repetía Góngora:
“Goza cuello, cabello, labio y frente; / antes que lo que fue en tu edad dorada / oro, lirio, clavel, cristal luciente, / se vuelva, mas tú y ello juntamente / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.
¿Acaso esta actitud no es una manera de enterrar nuestro talento o, peor aún, gastarlo como el hijo pródigo dilapidando nuestra hacienda?

Sin embargo, aprender a descubrir la alegría y el gozo de cada momento es también un saber coger las rosas que llenan de sentido nuestra existencia. “Collige virgo rosas” no es sólo sensualismo hedonista. Escogiendo las rosas de cada día con el gozo de saber que caminamos hacia la plenitud aún en la noche oscura, también se puede llegar a ser “un hombre para la eternidad”.
¿DETERMINISMO O LIBERTAD?
Somos tiempo, sin duda. Pero ¿simplemente estamos en él hasta que un empujón brutal nos eche fuera, o vamos en camino para cumplir una misión?
El fragmento de Valverde señala una segunda cuestión, pieza clave para la configuración del sentido de nuestra vida y que cada uno debe necesariamente responderse. ¿Nacemos hechos, y vivir es una cuestión de dejar crecer, de no impedir el crecimiento; o por el contrario somos una opción en libertad para sacar adelante el proyecto de ser que nos encomendó a cada uno de nosotros el Creador? ¿Podemos enseñar a nuestros hijos algo?, ¿la naturaleza humana puede y debe ser educada? La alternativa a mi respuesta nos la plantea con fuerza el poeta: “TAL VEZ TODO ES INÚTIL y la sangre camina bajo la voz, y nada se puede.”
Me vienen al recuerdo los terribles improperios con que Helena de Troya, al saludar a su cuñado Héctor, dedica a su esposo Paris en el canto VI de La Ilíada.
“¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que, cuando mi madre me dio a luz, un viento tempestuoso se me hubiese llevado al monte o al estruendoso mar, para hacerme juguete de las olas, antes que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los muchos baldones de los hombres. Éste ni tiene firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido fruto. Pero entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra, y por la falta de Alejandro (Paris), a quienes Zeus nos dio mala suerte a fin de que a los venideros les sirvamos de asunto para sus cantos.”
Me impresiona el juicio que a Helena le merece su esposo. Son las palabras de una mujer que esperaba de su marido mucho más que “un consorcio amoroso” o que los embaucamientos de un seductor. Ella sí que tiene conciencia de su no edificante comportamiento hasta considerarse como una perra abominable a la que mejor le hubiera valido no nacer. La descripción de la vaciedad de su marido es antológica, no puede ser más certera. Lo tremendo es que Paris aun siendo una persona concreta, es al mismo tiempo un prototipo en el que se refleja una multitud de seres humanos de todos los tiempos que, como anuncia Helena, serán motivo de inspiración para los artistas en cuyas obras podremos aprender a sortear los riesgos en que vivimos.

LA APORTACIÓN DEL CRISTIANISMO
La irrupción de Cristo en la Historia cambió su curso, lo queramos o no. Apareció la vida individual como una opción de libertad, frente a cualquier determinismo que la explicaba como imposición ineludible de los dioses. El utilitarismo de nuestro tiempo niega la libertad. Renueva las creencias del mundo clásico, aunque la condición inamovible de nuestra personalidad, en lugar de a Afrodita, se la atribuyamos a la historia, a la genética…; pues como dice Paris al hablar de su hermosura seductora, “nadie puede escogerla a su gusto”. Somos lo que somos.
El cristianismo aporta una gran novedad sobre el hombre, la noción de persona. Ni griegos ni latinos conocían este concepto. Lo ignoraban todas las culturas en aquel momento histórico. Valverde lo sabe. Por eso el verso siguiente, “pero yo pienso y pienso en las cosas que todavía mal he aprendido, y que tendré que enseñarte”, nos abre la puerta a la esperanza y el poeta lo deja claro de una manera muy hermosa.
Yo tengo la certeza de que la educación suple lo que no nos da el instinto. La educación es necesaria para nuestra naturaleza, de tal manera que lo que no se cultiva se atrofia. Somos un camino de perfección en el que aspirar al bien ser supera las satisfacciones momentáneas del bienestar. “La naturaleza no pretende solamente la generación de la prole, sino también su conducción y promoción hasta el estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud” (Pío XI, Divini Illius Magistri nº 17).
Mis convicciones os las quiero comunicar con un poema de juventud del inolvidable Juan Pablo II, “Verónica la hermana”:
“No nace el hombre con los caminos de su vida preparados. Nace entre malezas que pueden arder / Como la zarza de Moisés / O secarse y morir. / Hay que desbrozar el camino sin descanso / -acecha la maleza-;/ Gastar la vida en allanar collados / Y enderezar las sendas / Con la sencilla plenitud de cada instante, / Porque cada momento se abre a la totalidad del tiempo, / Se transciende a sí mismo / Y esconde en su seno simiente de eternidad.”
El poema nos ofrece una antropología que ningún educador debiera ignorar. Cada uno recorre un camino no preparado; más aún, lleno de malezas, aunque siempre en opción de libertad, pues puede arder como la zarza de Moisés o secarse y morir. Caminante, sí hay camino, pero recorrido con paso propio. Vivir con sentido es “desbrozar el camino sin descanso”. Una certeza asombrosa debe guiar nuestros pasos: “la sencilla plenitud de cada instante, cada momento se abre a la totalidad del tiempo, Y esconde en su seno simiente de eternidad”. Admirable pensamiento que eleva lo rutinario a una perspectiva de eternidad. Sublime: “la sencilla plenitud de cada instante”. Digno de anotarlo en la cartera.
“Crecimos juntos; / Cuando crece el hombre hacia arriba, el verde espacio del árbol / Plantado en su corazón / Se enfrenta al empuje del viento / Que las hojas arranca en las alturas; / Cuando se crece hacia adentro, / No es crecer exactamente, es descubrir / A qué profundidad has echado tus raíces. / ¡Insospechada hondura! / Nos movemos en la oscura tierra en que se abren paso las raíces; / Bajo nuestros pies, el mismo suelo. / Y desde aquí miro las luces de lo alto / Y sus reflejos en el agua de las verdes riberas”.
El poema completa la antropología del anterior, con unas imágenes muy sugestivas y originales. Lo visible en el crecimiento de una persona, aparece arriba, como la copa de un árbol. Allí es donde se siente el empuje del viento y donde se arrancan las hojas.

Pero el auténtico crecimiento se da en el interior. Se crece hacia donde se desarrollan las raíces. Crecer hacia dentro es “descubrir a qué profundidad has echado tus raíces. ¡Insospechada hondura!”. Qué claves para una orientación educativa con verdadero fundamento. El valor simbólico del lenguaje empleado nos abre a mil perspectivas de sentido. La educación tiene que orientarse hacia dentro, al subsuelo de las raíces, siempre oscuro y esforzado pero único punto de apoyo para admirar la existencia y la belleza de la creación: “Y desde aquí miro las luces de lo alto y sus reflejos en el agua de las verdes riberas”. Gran poeta este Pontífice y, además Gigante y Santo.

Recojo como referente de mis palabras las que escribió Benedicto XVI en su definición de persona como don y tarea. “Don: Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; No es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas. Y también tarea: Al ser humano Dios le ha confiado una doble tarea, madurar en su capacidad de amor y hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la paz.” (1 enero 2007)
Somos un don que sustenta nuestra dignidad en todo momento y circunstancia. Pero también somos una tarea que hay que realizar en el tiempo, en el presente, y que va modelando nuestra personalidad en dos ámbitos básicos: 1) Haciendo de nuestra temporalidad una ocasión para crecer en el amor. 2) Ejerciendo un oficio que desde una actitud de servicio nos ayude a perfeccionar el mundo.
LA CONCIENCIA, VOZ DEL ALMA
¿Quién no conoce a Pinocho, el muñeco de madera que cuando dice mentiras le crece la nariz? Nuestro recuerdo está en deuda con la prodigiosa película con que en 1940 Walt Disney nos deleitó, sorprendentemente en medio de la II Guerra Mundial.
Pinocho ya era un personaje conocido desde que en 1883 Carlo Collodi lo convirtió en un personaje universal. El texto de Collodi tiene el mérito genial de haber ideado un personaje símbolo de nuestra naturaleza humana: un muñeco de madera que puede llegar a convertirse en un niño de verdad. Un muñequito de pino que ha recibido, como don, poder moverse sin hilos “a impulsos de la vida de los sentidos”, pero con la misión de convertirse en un niño de verdad si en sus decisiones escucha la voz de su conciencia que invita a obrar el bien y a evitar el mal.
La conciencia como voz del alma hace visible nuestra condición de personas, seres fronterizos de cuerpo y espíritu. Todos comenzamos nuestra existencia con la única vida que se manifiesta en la acción de los sentidos. La conciencia debe convertirse en guía sobre los impulsos de la corporalidad; debe canalizar hacia el bien lo que en el mundo animal denominamos instintos. Si no es así nos quedaremos en muñecos de madera. Llamaremos libertad a hacer lo que nos apetezca caprichosamente por no ver los hilos que mueven nuestros miembros de muñeco articulado. A los impulsos del instinto los llamaremos libertad… Seremos marionetas. Pinocho, tú, y yo. La película se centra en ponderar las claves que convierten a un muñeco de madera en un ser humano. Esta es la cuestión: cómo conseguir serlo.
No me cansaré de repetir que una de las múltiples causas del fracaso educativo es la de ignorar el para qué, el fin de la educación. Si no sabes a donde tienes que dirigirte tampoco importan ni el camino elegido ni el empeño con que abordas tu viaje. Cuando Pinocho descubre su misión, después de sus sucesivos fracasos, se acabaron vacilaciones y veleidades.
Pinocho tiene claro que debe liberar de las entrañas de la ballena a su padre. La manera de salir del monstruo es mediante el fuego. Lo primero que ha de quemar es la silla de Geppetto. La guerra se ha declarado, desproporcionada entre la debilidad y el poderío. Pinocho, heroico, consigue llevar a su padre hasta la orilla; pero él queda de bruces, flotando. Pinocho ha muerto, ha dado su vida por Geppetto. En clara referencia evangélica, el muñeco de madera, el hombre viejo, se ha convertido en el niño de verdad. Como le dice el Hada, ha sabido discernir entre el bien y el mal. La conciencia como la voz del alma, nos convierte en seres de verdad. Nos libra de quedarnos para siempre en títere sin hilos.
EL LLANTO DE PLEBERIO
No se puede entender La Celestina ni la intención y finalidad que guió el propósito del autor si no leemos atentamente el largo lamento de Pleberio, padre de Melibea, ante el cuerpo muerto de su hija. Pleberio confiesa, en el llanto, que hasta los cuarenta años vivió, como otro Calisto, el mismo ideal de amor que ha llevado a la muerte a su hija. Optó por el matrimonio con Alisa huyendo de ese enloquecido modo de amar. Le nació Melibea y guardó silencio contra el mundo por miedo a que se vengara en su hija.
Pleberio en la obra aparece como un padre comprensivo y prudente... Pero cuando se termina de leer su lamento, nos sublevamos contra su pasividad. ¿Cómo es posible que sabiendo por experiencia tanto de los engaños del amor mundano, incluso celestinesco, ni educara a su hija preventivamente contra su locura, ni le descubriera las claves del verdadero amor? Desde su dormitorio oye ruidos en la noche que, experto como era, bien podía relacionar con lo que sucedía realmente. Se deja engañar con las excusas de la criada Lucrecia:
“¡Ay, ay, noble mujer! Nuestro bien todo es perdido. ¡No queramos más vivir! … ¡O gentes, que venís a mi dolor! ¡O amigos e señores, ayúdame a sentir mi pena! ¡O mi hija e mi bien todo! Crueldad sería que viva yo sobre ti. Más dignos eran mis sesenta años, de la sepultura, que tus veinte. … ¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos? ¡O tierra dura!, ¿cómo me sostienes? ¿Adónde hallará abrigo mi desconsolada vejez? ¡O fortuna variable, ministra e mayordoma de los temporales bienes!, ¿por qué no ejecutaste tu cruel ira, tus mudables ondas, en aquello que a ti es sujeto?… ¡O mi hija despedazada! ¿Por qué no quisiste que estorbase tu muerte?… ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste triste e solo in hac lachrymarum valle?”. (La Celestina, aut. 21)
No afrontar las dificultades nos hace partícipes en la responsabilidad de las consecuencias. Pleberio presagia el determinismo contemporáneo. No es la voz de un cristiano la que proclama que esta vida es un valle de lágrimas. Pleberio no es propiamente un cristiano, sino un afortunado hombre de negocios que, al descubrir la inconsistencia del mundo, huye porque no hay nada qué hacer. La vida no tiene remedio. Anuncia la posmodernidad. Se ha quedado sin esperanza.