martes, 1 de enero de 2013

Haz lo que haces

Portada Estar nº 275 enero 2013
A cada día le basta su afán (Mt. 6, 34). Son palabras de Cristo, invitando a confiar en la Providencia divina. Pero son también palabras de una gran sabiduría humana.
Si bien se mira, el presente es el único tiempo real. El pasado ya no existe y el futuro aún no ha venido a la existencia. Sólo es real el presente, pero es fugaz. Es un pasar, un transitar que discurre en una sucesión de momentos efímeros, instante a instante.
Muy a menudo nos perdemos en la nostalgia de un pasado tantas veces enmarañado y cargado de frustraciones y de culpas… Nos refugiamos en lo vivido, le damos vueltas y más vueltas… Y se nos olvida que tenemos que vivir aquí y ahora, junto a los que ahora nos rodean y concurren en nuestro camino. Se dice que cuando nuestra mirada se fija sólo en el pasado es que nos estamos haciendo viejos.
Y también puede que nos proyectemos con ansiedad hacia un futuro que aún no ha llegado y que la imaginación y la sensibilidad desfiguran como si se tratara de algo real, cuando sólo es un espejismo. Vivimos así atemorizados, o ilusos, viviendo ensoñaciones que nos sacan del presente. El que sólo mira hacia un futuro irreal, bien con temor, bien con fantasía infantil, no afronta con madurez los acontecimientos y pruebas del momento. Se evade, lo mismo que el nostálgico se refugia, y se inhiben ambos de la responsabilidad presente, entre la añoranza y la preocupación, dejando pasar con cada instante una oportunidad irrepetible.
El pasado no es un refugio, ni el futuro una evasión. El pasado, lo ya vivido, es experiencia, es legado, es lección para quien reflexiona y extrae consecuencias para el futuro, un futuro que ya es presente, fruto y resultado de lo que se ha vivido. Y lo que está por venir, es inseguro por definición; se halla sujeto a mil contingencias. Cuando lo anticipamos evadiendo el presente, a menudo deformado por la imaginación y por la sensibilidad, y no vivimos el ahora que lo hará posible, el futuro se convierte en un fantasma que roba el sosiego y la paz. ¿Es que no hay que soñar? Sí, desde luego. Pero poniendo a continuación la mano en el arado, afrontando el presente para sembrar el futuro con plena dedicación y con esperanza.
Hay sin embargo una forma desordenada de vivir el presente. Es el “carpe diem” hedonista, la mirada febril de quien vive a toda prisa y se afana por la satisfacción inmediata de sus apetencias. En lugar de trabajar en el presente sacando las lecciones que nos dejó el pasado, y haciendo posible la realización del futuro, se vive atropelladamente, haciendo una cosa dentro de otra, dejando de atender a lo real y de saborearlo, secuestrados por el ensueño o por la melancolía. Sin paz.
Haz lo que haces: "age quod agis", haz lo que estés haciendo. En todos los órdenes de la vida: es decir, si estudias, pon todo tu empeño, de igual manera que si estas orando o jugando al fútbol. Durante su vida en la tierra, Cristo estaba donde tenía que estar. “En vez de soñar su obra, la realizaba. En lugar de pensar cuando trabajaba en Nazaret “es demasiado poco para mí”, decía “aquí está mi obra y mi puesto”. Hay que saber estar donde se debe estar... En un espacio pequeño, en una ocupación insignificante, un alma grande encuentra donde desplegarse. Profundiza. No es preciso cruzar el mundo… Basta trabajar donde Dios nos coloca, llenando de amor la obligación de cada instante.” (T. Morales). A cada día le basta su afán.