martes, 1 de enero de 2013

Haz lo que haces

Portada Estar nº 275 enero 2013
A cada día le basta su afán (Mt. 6, 34). Son palabras de Cristo, invitando a confiar en la Providencia divina. Pero son también palabras de una gran sabiduría humana.
Si bien se mira, el presente es el único tiempo real. El pasado ya no existe y el futuro aún no ha venido a la existencia. Sólo es real el presente, pero es fugaz. Es un pasar, un transitar que discurre en una sucesión de momentos efímeros, instante a instante.
Muy a menudo nos perdemos en la nostalgia de un pasado tantas veces enmarañado y cargado de frustraciones y de culpas… Nos refugiamos en lo vivido, le damos vueltas y más vueltas… Y se nos olvida que tenemos que vivir aquí y ahora, junto a los que ahora nos rodean y concurren en nuestro camino. Se dice que cuando nuestra mirada se fija sólo en el pasado es que nos estamos haciendo viejos.
Y también puede que nos proyectemos con ansiedad hacia un futuro que aún no ha llegado y que la imaginación y la sensibilidad desfiguran como si se tratara de algo real, cuando sólo es un espejismo. Vivimos así atemorizados, o ilusos, viviendo ensoñaciones que nos sacan del presente. El que sólo mira hacia un futuro irreal, bien con temor, bien con fantasía infantil, no afronta con madurez los acontecimientos y pruebas del momento. Se evade, lo mismo que el nostálgico se refugia, y se inhiben ambos de la responsabilidad presente, entre la añoranza y la preocupación, dejando pasar con cada instante una oportunidad irrepetible.
El pasado no es un refugio, ni el futuro una evasión. El pasado, lo ya vivido, es experiencia, es legado, es lección para quien reflexiona y extrae consecuencias para el futuro, un futuro que ya es presente, fruto y resultado de lo que se ha vivido. Y lo que está por venir, es inseguro por definición; se halla sujeto a mil contingencias. Cuando lo anticipamos evadiendo el presente, a menudo deformado por la imaginación y por la sensibilidad, y no vivimos el ahora que lo hará posible, el futuro se convierte en un fantasma que roba el sosiego y la paz. ¿Es que no hay que soñar? Sí, desde luego. Pero poniendo a continuación la mano en el arado, afrontando el presente para sembrar el futuro con plena dedicación y con esperanza.
Hay sin embargo una forma desordenada de vivir el presente. Es el “carpe diem” hedonista, la mirada febril de quien vive a toda prisa y se afana por la satisfacción inmediata de sus apetencias. En lugar de trabajar en el presente sacando las lecciones que nos dejó el pasado, y haciendo posible la realización del futuro, se vive atropelladamente, haciendo una cosa dentro de otra, dejando de atender a lo real y de saborearlo, secuestrados por el ensueño o por la melancolía. Sin paz.
Haz lo que haces: "age quod agis", haz lo que estés haciendo. En todos los órdenes de la vida: es decir, si estudias, pon todo tu empeño, de igual manera que si estas orando o jugando al fútbol. Durante su vida en la tierra, Cristo estaba donde tenía que estar. “En vez de soñar su obra, la realizaba. En lugar de pensar cuando trabajaba en Nazaret “es demasiado poco para mí”, decía “aquí está mi obra y mi puesto”. Hay que saber estar donde se debe estar... En un espacio pequeño, en una ocupación insignificante, un alma grande encuentra donde desplegarse. Profundiza. No es preciso cruzar el mundo… Basta trabajar donde Dios nos coloca, llenando de amor la obligación de cada instante.” (T. Morales). A cada día le basta su afán.

Clarividencia

Por Santiago Arellano Hernández
Mi buen amigo José Alfredo Elía me envió, con el gracejo que le caracteriza, este luminoso cuadro justo cuando estaba preparando mis reflexiones para este rincón del arte Así que me libró de la penosa tarea de seleccionar. El texto literario me vino de rondón: Becquer con dos de sus rimas, una muy conocida, la otra muy poco. Dice la segunda:

¡Qué hermoso es ver el día
coronado de fuego levantarse,
y a su beso de lumbre
brillar las olas y encenderse el aire!
¡Qué hermoso es tras la lluvia
del triste otoño en la azulada tarde,
de las húmedas flores
el perfume beber hasta saciarse!
¡Qué hermoso es cuando en copos
la blanca nieve silenciosa cae,
de las inquietas llamas
ver las rojizas lenguas agitarse!
¡Qué hermoso es cuando hay sueño
dormir bien... y roncar como un sochantre...
y comer... y engordar... y qué desgracia
que esto sólo no baste!
Una lectura atenta nos permite descubrir el desconcertante final. Las tres primeras estrofas nos exaltan el gozo de la contemplación de la naturaleza, al levantarse pletórico de luz el día, al oler el perfume de las flores tras la lluvia de otoño o frente al encendido hogar ver las inquietas llamas mientras cae la nieve blanca y silenciosa. Inesperadamente rompe el tono poético y, como si de un chiste se tratase, nos lleva a la más vulgar realidad y nos habla de dormir, roncar, comer y engordar, propias de un costumbrismo satírico. La contraposición de planos, sin embargo, nos ayuda a comprender la fuerza del último verso, una constatación demoledora si no llega a escribir “sólo”. Ni una ni otra experiencia por sí solas nos basta. Como veis queda al descubierto el misterio de nuestra condición humana. Necesitamos mucho más que lo que nos llega a través de los sentidos, venga de la vista o del gusto. El corazón inquieto agustiniano.

Rene Magritte, Clarividencia
Magritte no sólo nos deleita los sentidos, pretende hacernos pensar. Es su pintura una narración con mensaje. Se trata de un autorretrato del artista en el momento en que contemplando el huevo que está sobre la mesa pinta el ave de alas desplegadas que un día ha de llegar a ser. Lo prodigioso del cuadro no reside en la ingeniosa ocurrencia de relacionar el origen con su desarrollo final, sino en seguir contemplando el origen, el huevo, cuando ya casi está terminando la obra, porque es en el origen donde está el proyecto de ser. Padres y profesores, ocupad el lugar del pintor. Vuestros hijos, vuestros alumnos tienen un proyecto personal originario que debemos ayudar a que alcance su plenitud. Somos comadronas y no creadores de su ser.

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!
¿Quién no ha oído o no se sabe de memoria la rima “Del salón en el ángulo oscuro”? No voy a repetir la interpretación más generalizada. La traigo a mi tema de hoy. Todo ser humano es un arpa y, si no un genio, al menos un ser único e irrepetible. La mano de nieve eres tú y soy yo. Todos nuestros hijos y alumnos necesitan de alguien que saque los sones de sus cuerdas facilitando que lleguen a alcanzar lo que en germen les dotó el Creador. De lo contrario se quedarán no atrofiados, sino muertos, como Lázaro. Lo sobrecogedor es que la voz que debe decirles «Levántate y anda» somos nosotros. Es el Señor quien nos lo encargó.


El momento presente vivido con amor

Fernando Martín Herráez
Si hay una expresión famosa y que repitió miles de veces el P. Morales, es la de vivir el momento presente. Hizo de esa expresión un leitmotiv de su pedagogía para forjar hombres. Hace poco ha aparecido una nueva edición de una de sus obras más importante sobre el tema de la formación, El Ovillo de Ariadna. Es un ensayo sobre los valores humanos que sustentan una personalidad rica y bien formada. Pues bien, si no he contado mal, el “momento presente” aparece hasta 28 veces.
Lo encuadra especialmente dentro del valor del orden, que define como el valor de los valores porque en él se sustentan todos, como el capitel que remata la columna y del que parten los distintos arcos para formar la bóveda.
Al tratar de explicar el orden va desarrollando algunos integrantes esenciales para alcanzar este valor, como por ejemplo la serenidad, y entre ellos destaca el saber vivir el momento presente. Citando a San Agustín dice que la paz es la tranquilidad en el orden, “pero esa tranquilidad sólo ancla en la bahía del momento presente vivido con amor”.
El momento presente vivido con amor. ¿Puede haber una expresión más lograda de un ideal para la educación de la persona? No conozco muchos idearios educativos de colegios, pero me encantaría encontrar esta expresión en alguno de ellos.
El Padre Morales era un auténtico educador en la pedagogía del orden y de cómo vivir el tiempo que nos ha correspondido por gracia. Diagnostica con certeza la enfermedad de la huida del presente; en el momento presente vivido con amor no cabe ni la añoranza, ni la queja ni el temor: “La mayoría se pasa la vida añorando o lamentándose del pasado, quejándose del presente o temblando ante el porvenir”.
Y pone de ejemplo y de intercesora para vivir el momento presente a una de las santas más actuales, a la jovencísima doctora de la Iglesia Santa Teresa de Lisieux: «Los que corremos por el camino del amor, no debemos inquietarnos por nada. Si yo no sufriera minuto a minuto, me sería imposible tener paciencia, pero yo no veo más que el momento presente, olvido el pasado y me guardo muy bien de preocuparme por el porvenir. Si nos desalentamos y llegamos a veces a desesperarnos, es porque pensamos en el pasado y en lo porvenir» (Historia de un alma).
Impresionan sus palabras cuando ya se acerca a la muerte: «Nuestro Señor no me da presentimiento alguno de mi próxima muerte, sino sólo dolores cada vez mayores. Pero no me apuro; yo sólo quiero pensar en el momento presente». (Novissima verba)
La santa cree con fe viva en Jesús oculto en el momento presente. «He notado muy a menudo que Jesús no quiere darme provisiones, sino que en cada instante me alimenta de un manjar enteramente nuevo. Lo encuentro en mí, sin saber cómo está allí. Creo sencillamente que es Jesús mismo, oculto en el fondo de mi pobrecillo corazón, quien obra de manera misteriosa y me inspira todo lo que quiere que haga en el momento presente» (Ib.)
Ese es el gran regalo que nos hace el momento presente, la presencia del Señor y como consecuencia la paz. Así lo repite el Padre Morales siguiendo la guía segura de la santa de Lisieux: “El secreto del momento presente es intimidad amorosa con Dios como regalo y como presente. Si ese secreto se hace familiar, el alma nunca pierde la paz. Ni aun por sus miserias”.
¿No creéis que merece la pena vivir así? Yo creo que sí.


La persona como proyecto de llegar a ser en el tiempo

Santiago Arellano Hernández
Cuando por medio de la creación literaria nos acercamos al hombre, desde el inicio, lo primero que descubrimos es que somos seres en el tiempo. La imagen de la vida que va a parar a la mar, que es el morir, es patrimonio universal de todas las culturas. Manrique lo acuñó para siempre en lengua castellana a finales del siglo XV. Solemos afirmar que la lírica surge vinculada a la fugacidad del tiempo.
A mediados del siglo XX el poeta José Mª Valverde dedica a su hijo antes de nacer un poema, “Palabras para el hijo”, de obligada lectura para quien esté esperando un hijo o sueñe tenerlo. Dice el poeta:
“Viniendo estás, hijo. Ya tienes imperiosamente abierto tu hueco entre los días, y me paro a pensar cómo tendré que decirte para pasarte lo que he vivido, si todavía tus padres apenas sabemos hablar, saltamos por encima de las palabras, y de la mano andamos, cruzando por largos silencios, como claros de bosque. / Tal vez todo es inútil y la sangre camina bajo la voz, y nada se puede. / Pero yo pienso y pienso en las cosas que todavía mal he aprendido, y que tendré que enseñarte, porque ya no podré olvidar ni guardar silencio, ni volver la espalda a lo que fue, para llegar más libre a la esperanza.”
Somos tiempo, “un hueco abierto entre los días”. Tiempo efímero, “Labuntur anni”, y como enseñó Horacio: “Quien quiera que disfrute de los dones de la tierra, ha de navegar la laguna Estigia. Seamos reyes o seamos pobres ineludiblemente seremos cultivadores de la tierra”.

CARPE DIEM…”
¿Qué debemos hacer con nuestra vida? Esta es la gran pregunta. O dejar que se nos escape entre las manos inconscientemente, como refleja la expresión “pasar el rato”, o coger el toro por los cuernos, dando sentido a cada momento de nuestra vida y asumiendo gozosamente la responsabilidad de vivir.
“A gozar que son dos días”, que después nadie podrá quitarte lo bailado, nos repiten los vendedores de delirios llenos de vaciedad y muerte; aprovecha la ocasión que siempre la han pintado calva; ¿qué nos va en discurrir? Mejor aturdidos que llegar al hondón de nuestras fosas con los ojos abiertos.
Algo parecido nos amonesta el vetusto “carpe diem” que con tanto sensualismo repetía Góngora:
“Goza cuello, cabello, labio y frente; / antes que lo que fue en tu edad dorada / oro, lirio, clavel, cristal luciente, / se vuelva, mas tú y ello juntamente / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.
¿Acaso esta actitud no es una manera de enterrar nuestro talento o, peor aún, gastarlo como el hijo pródigo dilapidando nuestra hacienda?

Sin embargo, aprender a descubrir la alegría y el gozo de cada momento es también un saber coger las rosas que llenan de sentido nuestra existencia. “Collige virgo rosas” no es sólo sensualismo hedonista. Escogiendo las rosas de cada día con el gozo de saber que caminamos hacia la plenitud aún en la noche oscura, también se puede llegar a ser “un hombre para la eternidad”.
¿DETERMINISMO O LIBERTAD?
Somos tiempo, sin duda. Pero ¿simplemente estamos en él hasta que un empujón brutal nos eche fuera, o vamos en camino para cumplir una misión?
El fragmento de Valverde señala una segunda cuestión, pieza clave para la configuración del sentido de nuestra vida y que cada uno debe necesariamente responderse. ¿Nacemos hechos, y vivir es una cuestión de dejar crecer, de no impedir el crecimiento; o por el contrario somos una opción en libertad para sacar adelante el proyecto de ser que nos encomendó a cada uno de nosotros el Creador? ¿Podemos enseñar a nuestros hijos algo?, ¿la naturaleza humana puede y debe ser educada? La alternativa a mi respuesta nos la plantea con fuerza el poeta: “TAL VEZ TODO ES INÚTIL y la sangre camina bajo la voz, y nada se puede.”
Me vienen al recuerdo los terribles improperios con que Helena de Troya, al saludar a su cuñado Héctor, dedica a su esposo Paris en el canto VI de La Ilíada.
“¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que, cuando mi madre me dio a luz, un viento tempestuoso se me hubiese llevado al monte o al estruendoso mar, para hacerme juguete de las olas, antes que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los muchos baldones de los hombres. Éste ni tiene firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido fruto. Pero entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra, y por la falta de Alejandro (Paris), a quienes Zeus nos dio mala suerte a fin de que a los venideros les sirvamos de asunto para sus cantos.”
Me impresiona el juicio que a Helena le merece su esposo. Son las palabras de una mujer que esperaba de su marido mucho más que “un consorcio amoroso” o que los embaucamientos de un seductor. Ella sí que tiene conciencia de su no edificante comportamiento hasta considerarse como una perra abominable a la que mejor le hubiera valido no nacer. La descripción de la vaciedad de su marido es antológica, no puede ser más certera. Lo tremendo es que Paris aun siendo una persona concreta, es al mismo tiempo un prototipo en el que se refleja una multitud de seres humanos de todos los tiempos que, como anuncia Helena, serán motivo de inspiración para los artistas en cuyas obras podremos aprender a sortear los riesgos en que vivimos.

LA APORTACIÓN DEL CRISTIANISMO
La irrupción de Cristo en la Historia cambió su curso, lo queramos o no. Apareció la vida individual como una opción de libertad, frente a cualquier determinismo que la explicaba como imposición ineludible de los dioses. El utilitarismo de nuestro tiempo niega la libertad. Renueva las creencias del mundo clásico, aunque la condición inamovible de nuestra personalidad, en lugar de a Afrodita, se la atribuyamos a la historia, a la genética…; pues como dice Paris al hablar de su hermosura seductora, “nadie puede escogerla a su gusto”. Somos lo que somos.
El cristianismo aporta una gran novedad sobre el hombre, la noción de persona. Ni griegos ni latinos conocían este concepto. Lo ignoraban todas las culturas en aquel momento histórico. Valverde lo sabe. Por eso el verso siguiente, “pero yo pienso y pienso en las cosas que todavía mal he aprendido, y que tendré que enseñarte”, nos abre la puerta a la esperanza y el poeta lo deja claro de una manera muy hermosa.
Yo tengo la certeza de que la educación suple lo que no nos da el instinto. La educación es necesaria para nuestra naturaleza, de tal manera que lo que no se cultiva se atrofia. Somos un camino de perfección en el que aspirar al bien ser supera las satisfacciones momentáneas del bienestar. “La naturaleza no pretende solamente la generación de la prole, sino también su conducción y promoción hasta el estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud” (Pío XI, Divini Illius Magistri nº 17).
Mis convicciones os las quiero comunicar con un poema de juventud del inolvidable Juan Pablo II, “Verónica la hermana”:
“No nace el hombre con los caminos de su vida preparados. Nace entre malezas que pueden arder / Como la zarza de Moisés / O secarse y morir. / Hay que desbrozar el camino sin descanso / -acecha la maleza-;/ Gastar la vida en allanar collados / Y enderezar las sendas / Con la sencilla plenitud de cada instante, / Porque cada momento se abre a la totalidad del tiempo, / Se transciende a sí mismo / Y esconde en su seno simiente de eternidad.”
El poema nos ofrece una antropología que ningún educador debiera ignorar. Cada uno recorre un camino no preparado; más aún, lleno de malezas, aunque siempre en opción de libertad, pues puede arder como la zarza de Moisés o secarse y morir. Caminante, sí hay camino, pero recorrido con paso propio. Vivir con sentido es “desbrozar el camino sin descanso”. Una certeza asombrosa debe guiar nuestros pasos: “la sencilla plenitud de cada instante, cada momento se abre a la totalidad del tiempo, Y esconde en su seno simiente de eternidad”. Admirable pensamiento que eleva lo rutinario a una perspectiva de eternidad. Sublime: “la sencilla plenitud de cada instante”. Digno de anotarlo en la cartera.
“Crecimos juntos; / Cuando crece el hombre hacia arriba, el verde espacio del árbol / Plantado en su corazón / Se enfrenta al empuje del viento / Que las hojas arranca en las alturas; / Cuando se crece hacia adentro, / No es crecer exactamente, es descubrir / A qué profundidad has echado tus raíces. / ¡Insospechada hondura! / Nos movemos en la oscura tierra en que se abren paso las raíces; / Bajo nuestros pies, el mismo suelo. / Y desde aquí miro las luces de lo alto / Y sus reflejos en el agua de las verdes riberas”.
El poema completa la antropología del anterior, con unas imágenes muy sugestivas y originales. Lo visible en el crecimiento de una persona, aparece arriba, como la copa de un árbol. Allí es donde se siente el empuje del viento y donde se arrancan las hojas.

Pero el auténtico crecimiento se da en el interior. Se crece hacia donde se desarrollan las raíces. Crecer hacia dentro es “descubrir a qué profundidad has echado tus raíces. ¡Insospechada hondura!”. Qué claves para una orientación educativa con verdadero fundamento. El valor simbólico del lenguaje empleado nos abre a mil perspectivas de sentido. La educación tiene que orientarse hacia dentro, al subsuelo de las raíces, siempre oscuro y esforzado pero único punto de apoyo para admirar la existencia y la belleza de la creación: “Y desde aquí miro las luces de lo alto y sus reflejos en el agua de las verdes riberas”. Gran poeta este Pontífice y, además Gigante y Santo.

Recojo como referente de mis palabras las que escribió Benedicto XVI en su definición de persona como don y tarea. “Don: Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; No es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas. Y también tarea: Al ser humano Dios le ha confiado una doble tarea, madurar en su capacidad de amor y hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la paz.” (1 enero 2007)
Somos un don que sustenta nuestra dignidad en todo momento y circunstancia. Pero también somos una tarea que hay que realizar en el tiempo, en el presente, y que va modelando nuestra personalidad en dos ámbitos básicos: 1) Haciendo de nuestra temporalidad una ocasión para crecer en el amor. 2) Ejerciendo un oficio que desde una actitud de servicio nos ayude a perfeccionar el mundo.
LA CONCIENCIA, VOZ DEL ALMA
¿Quién no conoce a Pinocho, el muñeco de madera que cuando dice mentiras le crece la nariz? Nuestro recuerdo está en deuda con la prodigiosa película con que en 1940 Walt Disney nos deleitó, sorprendentemente en medio de la II Guerra Mundial.
Pinocho ya era un personaje conocido desde que en 1883 Carlo Collodi lo convirtió en un personaje universal. El texto de Collodi tiene el mérito genial de haber ideado un personaje símbolo de nuestra naturaleza humana: un muñeco de madera que puede llegar a convertirse en un niño de verdad. Un muñequito de pino que ha recibido, como don, poder moverse sin hilos “a impulsos de la vida de los sentidos”, pero con la misión de convertirse en un niño de verdad si en sus decisiones escucha la voz de su conciencia que invita a obrar el bien y a evitar el mal.
La conciencia como voz del alma hace visible nuestra condición de personas, seres fronterizos de cuerpo y espíritu. Todos comenzamos nuestra existencia con la única vida que se manifiesta en la acción de los sentidos. La conciencia debe convertirse en guía sobre los impulsos de la corporalidad; debe canalizar hacia el bien lo que en el mundo animal denominamos instintos. Si no es así nos quedaremos en muñecos de madera. Llamaremos libertad a hacer lo que nos apetezca caprichosamente por no ver los hilos que mueven nuestros miembros de muñeco articulado. A los impulsos del instinto los llamaremos libertad… Seremos marionetas. Pinocho, tú, y yo. La película se centra en ponderar las claves que convierten a un muñeco de madera en un ser humano. Esta es la cuestión: cómo conseguir serlo.
No me cansaré de repetir que una de las múltiples causas del fracaso educativo es la de ignorar el para qué, el fin de la educación. Si no sabes a donde tienes que dirigirte tampoco importan ni el camino elegido ni el empeño con que abordas tu viaje. Cuando Pinocho descubre su misión, después de sus sucesivos fracasos, se acabaron vacilaciones y veleidades.
Pinocho tiene claro que debe liberar de las entrañas de la ballena a su padre. La manera de salir del monstruo es mediante el fuego. Lo primero que ha de quemar es la silla de Geppetto. La guerra se ha declarado, desproporcionada entre la debilidad y el poderío. Pinocho, heroico, consigue llevar a su padre hasta la orilla; pero él queda de bruces, flotando. Pinocho ha muerto, ha dado su vida por Geppetto. En clara referencia evangélica, el muñeco de madera, el hombre viejo, se ha convertido en el niño de verdad. Como le dice el Hada, ha sabido discernir entre el bien y el mal. La conciencia como la voz del alma, nos convierte en seres de verdad. Nos libra de quedarnos para siempre en títere sin hilos.
EL LLANTO DE PLEBERIO
No se puede entender La Celestina ni la intención y finalidad que guió el propósito del autor si no leemos atentamente el largo lamento de Pleberio, padre de Melibea, ante el cuerpo muerto de su hija. Pleberio confiesa, en el llanto, que hasta los cuarenta años vivió, como otro Calisto, el mismo ideal de amor que ha llevado a la muerte a su hija. Optó por el matrimonio con Alisa huyendo de ese enloquecido modo de amar. Le nació Melibea y guardó silencio contra el mundo por miedo a que se vengara en su hija.
Pleberio en la obra aparece como un padre comprensivo y prudente... Pero cuando se termina de leer su lamento, nos sublevamos contra su pasividad. ¿Cómo es posible que sabiendo por experiencia tanto de los engaños del amor mundano, incluso celestinesco, ni educara a su hija preventivamente contra su locura, ni le descubriera las claves del verdadero amor? Desde su dormitorio oye ruidos en la noche que, experto como era, bien podía relacionar con lo que sucedía realmente. Se deja engañar con las excusas de la criada Lucrecia:
“¡Ay, ay, noble mujer! Nuestro bien todo es perdido. ¡No queramos más vivir! … ¡O gentes, que venís a mi dolor! ¡O amigos e señores, ayúdame a sentir mi pena! ¡O mi hija e mi bien todo! Crueldad sería que viva yo sobre ti. Más dignos eran mis sesenta años, de la sepultura, que tus veinte. … ¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos? ¡O tierra dura!, ¿cómo me sostienes? ¿Adónde hallará abrigo mi desconsolada vejez? ¡O fortuna variable, ministra e mayordoma de los temporales bienes!, ¿por qué no ejecutaste tu cruel ira, tus mudables ondas, en aquello que a ti es sujeto?… ¡O mi hija despedazada! ¿Por qué no quisiste que estorbase tu muerte?… ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste triste e solo in hac lachrymarum valle?”. (La Celestina, aut. 21)
No afrontar las dificultades nos hace partícipes en la responsabilidad de las consecuencias. Pleberio presagia el determinismo contemporáneo. No es la voz de un cristiano la que proclama que esta vida es un valle de lágrimas. Pleberio no es propiamente un cristiano, sino un afortunado hombre de negocios que, al descubrir la inconsistencia del mundo, huye porque no hay nada qué hacer. La vida no tiene remedio. Anuncia la posmodernidad. Se ha quedado sin esperanza.

Momento presente

Sin serenidad no hay orden, pero sin vivir el momento presente no hay serenidad, no puedes permanecer en las alturas sedantes y fecundas de la paz. La paz es la tranquilidad en el orden (S. Agustín), pero esa tranquilidad sólo ancla en la bahía del momento presente vivido con amor. Tienes que diferenciarte de la gente, ser persona. La mayoría se pasa la vida añorando o lamentándose del pasado, quejándose del presente o temblando ante el porvenir.
El AHORA es la clave de la autoeducación. Si no lo vives, no madurarás como persona. No es un regalo que nos cae del cielo. Hay que conquistarlo a punta de lanza (Foerster). No sueñes con el después. No sabes si llegará. «Mañana» es con frecuencia el vestíbulo del «nunca».
El momento «es la conexión real, directa, actual de la eternidad con el tiempo» (U. von Balthasar). Soñar con el futuro es despilfarrar la vida, que no es otra cosa que la fracción de segundo que ahora atravesamos. «Mañana» es un estafador. Te quita el dinero contante y sonante del momento presente, y sólo te paga con promesas bonitas que nunca se cumplen.
El momento presente es el mineral en bruto del que podemos sacar todo lo que queramos para el tiempo y la eternidad. Para vivirlo, tomemos como intercesora y modelo a la santa más grande de los tiempos modernos, y también la más actual: «Los que corremos por el camino del amor, no debemos inquietarnos por nada. Si yo no sufriera minuto a minuto, me sería imposible tener paciencia, pero yo no veo más que el momento presente, olvido el pasado y me guardo muy bien de preocuparme por el porvenir. Si nos desalentamos y llegamos a veces a desesperarnos, es porque pensamos en el pasado y en lo porvenir».
Santa Teresa de Lisieux se siente inclinada como por instinto a no planear, a no evocar recuerdos. Los panoramas pretéritos o futuros desvían del ahora. Proyectar hacia el porvenir en alas de la imaginación, es teorizar, salir de la realidad, enredarse en las tupidas mallas de esa problemática existencial que angustia a nuestro mundo. «Los que corremos por el camino del amor, no hemos de pensar en lo que de doloroso pueda sucedernos en lo porvenir. Eso es falta de confianza, y como mezclarse en la obra creadora de Dios».
La santa nos enseña a sufrir, a tener paz, viviendo el ahora. «De momento a momento, se puede aguantar mucho». No quiere construir nada en el aire, actitud muy femenina. Sólo quiere amar, confiar, entregarse, irradiar amor. Sabe que para esto tiene que vivir sólo el momento presente. Cada minuto para ella es misteriosamente nuevo. Lo vive tan dentro del corazón, tan cerca de Dios, tan en clima de eternidad que no le queda tiempo para escarbar en el pasado o indagar en el porvenir. Sabe que salirse del momento presente es renunciar al amor.
Cuando le aseguran que tendrá miedo a la muerte, se limita a responder: «Puede ser. ¡Estoy tan poco segura de mí! ¡Soy tan débil! Pero quiero gozar del sentimiento que Nuestro Señor me da ahora... He notado muy a menudo que Jesús no quiere darme provisiones, sino que en cada instante me alimenta de un manjar enteramente nuevo. Lo encuentro en mí, sin saber cómo está allí. Creo sencillamente que es Jesús mismo, oculto en el fondo de mi pobrecillo corazón, quien obra de manera misteriosa y me inspira todo lo que quiere que haga en el momento presente».
Ovillo de Ariadna