sábado, 1 de diciembre de 2012

Miradlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará (Ps. 33)

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Vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un salvador, el Mesías, el Señor, y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre…” (Lc. 2, 10-12) Sólo tú, Señor, cumples el sueño de todo amante, que es nacer para quien ama. Nadie más que tú ha elegido su forma de nacer… ¡Pero qué elección la tuya…!

Dios nos rompe los esquemas. Completamente. Pero será por y para algo… ¿Qué nos quieres decir con todo esto, Señor? Ángeles y reyes no deberían sorprendernos, incluso el nacer en la ciudad del rey David…, pero el pesebre, los pastores, el viaje de María y José, y que no hubiera posada “para ellos”… Y el someterte a la ley de la circuncisión, y la matanza de los inocentes, y el tener que huir a Egipto…

Dios es humilde. Y no ha encontrado forma mejor de decirnos que nos ama que ponerse en nuestras manos.

Este es el profundo mensaje, la enseñanza incomparable del misterio de la Navidad. Que Dios -que quiere abrazarnos y ser abrazado- nos ha nacido en este Niño. Que nace para nosotros. Que este prodigio inimaginable ha tenido lugar y es por y para alguien: Por y para mí. Por y para ti. Y que si ese es el camino que Él ha seguido para llegar a nosotros, también ha de ser nuestro camino para llegar hasta Él. El camino de la humidad… y la humillación… por amor.

Además, es imposible fingir delante de un bebé. Junto al pesebre, el teatro del mundo suspende su función, y cada cual deja el personaje que representa para ser sencillamente quien es. Y si esto vale para todo niño, ¿cuánto más para Aquel que ha sido puesto a fin de poner en evidencia los pensamientos de muchos corazones? (Lc 2, 34-35) Pero nos pone en evidencia de un modo insospechado. ¿Quién iba a decirnos que mirar el rostro de Dios nos iba a llenar el semblante y el corazón de ternura? Dios es un Dios que no inspira espanto ni vergüenza, sino ternura. Pero que, si le miramos, nos remueve por dentro y puede llegar a incomodarnos. No me puedo permitir vivir en la codicia y el pecado, aspirar a ser autosuficiente, poner mi corazón en el dinero y el éxito social…, y sostener la mirada de este Niño.

La Navidad es Dios que se hace asequible, abrazable, tocable, visible… Y este Dios, lo mismo que ocurre con un bebé, ansía que sólo tengamos ojos para Él.

Una de las cosas que enseña la Navidad es que podemos volver a nacer. Por el perdón, por la conversión. Puedo volver a nacer en Cristo si le dejo a Él nacer en mí. Si le miro y me dejo mirar por Él. Y eso es la Navidad: “Miradlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará”.

Dice también el Evangelio que “no había sitio en el mesón para ellos”. Hay veces en que yo no quiero que la Navidad acontezca. No le dejo a Dios nacer en mí. No dejo espacio, no tengo tiempo para él. Otras cosas ocupan su lugar. Son ídolos. Son mentira. El espacio y el tiempo son trabajo de amor. Quien ama hace sitio, quien ama saca tiempo.

Vivamos así nuestra Navidad. Os propongo también que en vuestras felicitaciones navideñas animéis a los vuestros a dejar a Cristo nacer en su vida por la fe, por el perdón, por la conversión… por la Navidad. Decid a todos: “Miradlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará”. Es una forma de evangelización en este magnífico Año de la Fe. Así pues, ¡miradlo, y muy feliz Navidad!