sábado, 1 de diciembre de 2012

Las cinco vírgenes

Una vez un niño salió a jugar al bosque, pero una terrible ventisca le sorprendió mientras intentaba volver a su hogar, desviándole del camino y haciéndole imposible la orientación, de modo que quedó perdido entre un mar de nieve, viento y árboles. Vagando sin rumbo en busca de un refugio el niño se encontró con una vieja iglesia abandonada en medio del bosque y se metió en ella.
La iglesia no era muy grande y estaba completamente vacía, a excepción de cuatro imágenes de cuatro vírgenes con cuatro cirios y cuatro placas grabadas a sus pies. El niño movido por la curiosidad se acercó a ellas.
La primera tenía un mazo y un libro en sus manos y la llama de su cirio era débil. En la placa que había bajo sus pies estaba grabado: “Yo soy la llama de la Justicia, yo soy la que iguala a los hombres y media entre ellos, pero ya no se me respeta y me apago”. Cuando el niño miró el cirio, estaba apagado.
La segunda tenía un pan partido en sus manos. Igualmente, la llama de su cirio era débil. En la placa rezaba: “Yo soy la llama de la Caridad, yo soy la que hace que los hombres se preocupen por sus semejantes, pero no se me respeta y me apago”. Y se apagó.
La tercera era muy pequeña pero muy hermosa, tenía un corazón en sus manos y en la placa iluminada por la frágil luz de su cirio se leía: “Yo soy la llama del Amor. De todos los sentimientos humanos soy el más poderoso y el más puro, pero no se me respeta y me apago”. Y la llama del Amor quedó apagada.
La última virgen era una portentosa figura que portaba una cruz en sus manos. El cirio era más grande pero la llama que lo coronaba igual de débil que las otras. En la placa ponía. “Yo soy la llama de la Fe. Soy la que mueve el alma de los hombres, pero no se me respeta y me apago”. Y la llama del suntuoso cirio quedó apagada.
El niño se alejó de las imágenes, preocupado y decepcionado, preguntándose qué podría hacer en aquella situación. Atrapado y desesperado, no veía solución ninguna hasta que se percató de que tras las cuatro vírgenes, tapada por éstas, había una quinta figura que brillaba. El niño se acercó a ella.
Era una imagen pequeña pero muy hermosa. En sus manos lucía una estrella y en su rostro una fulgurante sonrisa. El cirio de esta virgen ardía con gran fuerza, con una llama firme y grande y la placa a sus pies decía. “Yo soy la llama de la Esperanza. Aunque no se me vea, siempre estoy ahí. Mientras yo me mantenga encendida nada está perdido”.
El niño, entonces, tomó el cirio de la Esperanza y con él encendió los de las otras imágenes, que adquirieron tanta fuerza como su llama mientras, afuera, la ventisca remitía.
Versión de Edgar J.G.