sábado, 1 de diciembre de 2012

El buey y la mula ante el misterio

Por Santiago Arellano Hernández
Se acercan las fiestas de Navidad. Dirigid vuestra mente y corazón al momento en que San Francisco de Asís recobró en Greccio el candor de la primera noche santa. Era el año 1223. En ese momento nacieron los belenes. Un candor que ha definido las celebraciones navideñas y que sigue presente en las familias fieles consecuencia de contemplar en María y José y en el Niño el prodigio del Dios indefenso que se ha hecho uno de nosotros, Emmanuel.
Enseñaba el cardenal Ratzinger “El que no haya entendido el misterio de la Navidad, no ha entendido lo que es más decisivo y fundamental en el ser cristiano. El que no ha aceptado eso, no puede entrar en el reino de los cielos”. Concluye el artículo citado: “los que participaron en la celebración de Greccio, todos regresaban a sus casas llenos de alegría.” Alegría que hemos sentido en nuestras casas y antítesis de un sentir generalizado que confiesa hoy que la Navidad es la época más triste del año.
Selecciono dos fragmentos que ponen el dedo en la llaga de la apostasía a la que estamos asistiendo del artículo “La mula y el buey junto al pesebre” en la referencia anteriormente citada. ¿Conocemos el sentido profundo de la mula y del buey, por ejemplo, en nuestros belenes? No hay sólo pobre expresión de nuestros sentimientos. Hay belleza y simbolismo que realzan la buena nueva de la Navidad.
Escribe Ratzinger: “El buey y el asno no son simples productos de la fantasía; se han convertido, por la fe de la iglesia, en la unidad del Antiguo y Nuevo Testamento, en los acompañantes del acontecimiento navideño. En efecto, en /Is/01/03 se dice concretamente: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento».
Los padres de la iglesia vieron en esas palabras una profecía que apuntaba al nuevo pueblo de Dios, a la iglesia de los judíos y de los cristianos. Ante Dios, eran todos los hombres, tanto judíos como paganos, como bueyes y asnos, sin razón ni conocimiento. Pero el Niño, en el pesebre, abrió sus ojos de manera que ahora reconocen ya la voz de su dueño, la voz de su Señor.”
“¿Pero le reconocemos realmente? Cuando nosotros ponemos el buey y el asno en el portal, deben venirnos a la memoria aquellas palabras de Isaías, las cuales no son sólo evangelio -promesa de un conocimiento que nos ha de llegar- sino también juicio por nuestra ceguera actual. El buey y el asno conocen, pero «Israel no tiene conocimiento, mi pueblo no tiene inteligencia».
¿Quién es hoy el buey y el asno, quién «mi pueblo», que está sin inteligencia? ¿En qué se conoce al buey y al asno y en qué a «mi pueblo»? ¿Por qué se da el fenómeno de que la irracionalidad conoce y la razón se halla ciega?”
El festejo familiar que acompañó a la Navidad era una manifestación externa de la inmensa alegría que supuso para la humanidad la presencia de Dios, Niño indefenso entre los hombres. El banquete expresa nuestras alegrías verdaderas. Cuando desaparece la causa, el banquete se convierte en orgía, y la alegría en tristeza.
Os ofrezco para vuestra piedad y deleite la pintura “La adoración de los Reyes Magos” de Rogier van der Weyden. Un prodigio de creatividad y fidelidad a lo esencial. La representación no pretende llevarnos al misterio que sucedió sino que, como ocurre cada año, el gran misterio se vuelve a producir aquí y ahora, en cada momento de la historia. No se trata de un anacronismo, sino de una actualización. El portal no es la cueva. Rodeado de edificios, en medio de la ciudad medieval vuelve el a vivirse el misterio. Mucha teología y no menos reflejo de una sociedad. También en el portal preside el crucifijo, razón de todo. Ved la mula y el buey. Están atentas sus orejas. Sus ojos están atentos. Miran como humanos. Entienden el suceso y adoran.