jueves, 1 de noviembre de 2012

Santidad realista

P. Tomás Morales

La santidad a la que estás llamado es una santidad, sobre todo, realista. No la de un ángel impecable, sino la de un hombre lleno de limitaciones... La santidad consiste en no cansarse nunca de estar empezando siempre. El santo es un pecador que sigue esforzándose, que no se acobarda en caídas y que siempre está volando a más altura en alas de la humildad y de la confianza.

Santidad realista, inasequible al desaliento ante las caídas. Santidad convencida de que «los que aspiran al puro amor de Dios, no tienen tanta necesidad de paciencia con los demás como con ellos mismos», pues tenemos que «sufrir nuestras imperfecciones para alcanzar la perfección» (San Francisco de Sales).

El demonio de la desconfianza, aliado con tu orgullo, te empujará siempre a abandonar la ruta de la santidad. «Morder, tristar y poner impedimentos, inquietando con falsas razones, para que no pases adelante» (S. Ignacio, Ejercicios espirituales) es su ocupación cuando fallas. No tolera que te acerques victorioso al último día cantando como san Pablo «he luchado el buen combate, he consumado la carrera, he mantenido la fe».

Sobresalta tu imaginación, exaspera tu sensibilidad —son sus satélites preferidos, pues no le suelen fallar— para engañarte mejor. Falseando la realidad quiere que te dejes llevar por las apariencias. Bloqueado por tus limitaciones, te parece evidente que no puedes ser santo. Te arranca los ojos de la fe, «mayores, más agudos y penetrantes» (S. Agustín) que los propios, para que no descubras que hay algo mucho más evidente y consolador: Dios te quiere a pesar de tus miserias y precisamente por ellas.

Dios, con la inmensidad de su amor eterno, te eligió para siempre y se apiadó de ti. Te escogió antes de los siglos para que seas santo e irreprensible en su presencia. Le gusta elegir lo miserable para que nadie se lo crea, y para que resplandezca mejor su misericordia.

¡Predilección insondable de un Padre amoroso! Un Dios todopoderoso y clemente, cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder, cuya acción es misericordia, se complace de ti.

Dios goza escogiendo «lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es» (1 Co 1,27-28). Es lo que Dios elige «para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios». Es lo que escoge en ti para que nunca te creas "personita" y Él pueda ampararte bajo sus alas, protegiéndote con sus plumas, y ser tu refugio y fortaleza.

Santidad realista que comulga con Dios haciendo o aceptando su voluntad en todo. Renuncia a espectacularismos y fabrica su santidad no con mármol de Carrara, difícil de encontrar, sino con los guijarros que cada día tropieza en el camino. No desperdicia nada, por insignificante que parezca, mientras repite con amor: ¡Señor, concédeme la ocasión de amarte hoy por encima de algo, para poder llegar un día a amarte por encima de todo!

Santidad realista que prescinde de quiméricas ilusiones. Está convencido de que sólo hay una manera de ser santo: serlo, es decir, dejar a Dios ser en . Es aceptar todo lo que disponga, consentir en todas las destrucciones que Él quiera hacer en o de mí, hasta unificarme con Él. Es permitirle que se apropie de mi cabeza, mi voluntad y mi corazón hasta poder repetir en las palabras sacramentales: Esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre.

Una santidad en un abandono total, que deja libre a Jesucristo-Sacerdote para prolongar en mí su liturgia de alabanza plena al Padre iniciada en la Encarnación, continuada en su vida y consumada en la Cruz. Una santidad que se alegra en los fallos, sabiendo que glorifica al Señor si los acepta. Dios sólo puede ser misericordia si yo reconozco y saboreo mi miseria.

Alcor