jueves, 1 de noviembre de 2012

Los santos, nuestros amigos

P. Tomás Morales, SJ.

Ofrecemos a nuestros lectores con ocasión
de la festividad de Todos los Santos,
que marca el comienzo de este mes,
último del Año Litúrgico,
un precioso texto del siervo de Dios
Tomás Morales acerca de la santidad, tomado de
Semblanzas. Testigos de Cristo para los nuevos tiempos.
Tomo XI

Avanza el otoño litúrgico preñado de melancolía. Un año va acabándose... Simboliza nuestra vida que se extingue lentamente. Melancolía en el paisaje desolado de noviem­bre... Arboles esqueléticos que van perdiendo su follaje. Tierras heladas gimen resecas. Se hunde la vertedera del arado en maravillosa geometría de surcos y sementeras. Los domingos de Pentecostés a lo largo de más de veinticinco semanas, nos han ido alejando de la eterna primavera que hizo florecer en el mundo la Resurrección de Cristo.

Evangelios que invitan a pensar en el drama apocalíptico que sepultará todas las cosas y personas. Es tiempo de rendición de cuentas... El Reino de los cielos es semejante a un rey que viene a revisar contabilidades de sus súbditos. Una vida temporal que se escapa, y una vida eterna que se acerca. «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Para no ser arrojado a las tinieblas exteriores hay que presentarse al festín eterno con traje de bodas. Una vida llena de merecimientos, repleta de amor a Dios en los demás, vacía de egoísmo...

Monumento al soldado desconocido

Un respiro de gozo en este clima de angustia, de fatiga, de expectación anhelante, es el día de Todos los Santos... Esas estrellas, campanas de luz en la noche. Con palpitar vertiginoso cantan la gloria de Dios. Simbolizan la multitud de hermanos nuestros que se han salvado, la muchedumbre de santos que pueblan el cielo... Porque la fiesta de Todos los Santos no es sólo la de los santos canonizados cuyo culto público sanciona la Iglesia. Es también la de muchos más que no figuran en el catálogo. Son los que después han conquistado la gloria, por haberse mantenido fieles al Amor cuando atravesaban la tierra... «Gozaos, que vuestros nombres están inscritos en el Reino de los cielos» (Lc 10,20).

Es el ejército de los cristianos anónimos que se santificaron en el mundo, sin salir de él, en familia, profesión, barrio, por amor a Dios y sus hermanos. Es la legión incontable de almas consagradas a Dios y a la salvación de los hombres. Lo mismo en monasterios y abadías que en calles y plazas. Lo mismo misionando en Alaska o el Ecuador que conquistando para el Evangelio Universida­des y Empresas en una Europa idólatra emborrachada con dinero y placer.

Después de las últimas guerras mundiales se han levantado en muchos países monumentos al soldado desconocido, a ese héroe anónimo que dio su vida para salvar la patria. La fiesta de Todos los Santos es el monumento que levanta la liturgia para rendir culto a los soldados desco­nocidos de todos los tiempos.

Nichos convertidos en altar

Ellos supieron hacer de su vida heroísmo al servicio de Cristo. Tuvieron la valentía de perder la vida para salvar el alma. «Quien salva su vida, la perderá. Y quien pierde su vida por Mi amor, la salvará» (Mt 10,39).

Imposible comprender la significación de esta fiesta sin hermanarnos, una vez más, con los cristianos primitivos. Necesitaban llenarse de audacia para dar su vida por el Maestro querido. El ejemplo de sus hermanos mártires, les fortalecía... Así, todos los años empiezan a conmemo­rar el aniversario de su muerte, mejor, el día de su naci­miento para el cielo, «dies natalis».

Esas solemnidades de los mártires las instituyeron para venerar restos gloriosos de hermanos queridos. Pero prin­cipalmente para convertirlas en «arengas al martirio» (S. Agustín) que animan a los que vivían aún en la tierra. Una Misa hecha sobre los mismos nichos de los mártires con­vertidos en altar, orlados de flores y exhalando perfumes. Se congregan los primeros cristianos en las catacumbas. Celebran su aniversario. Una vigilia nocturna. Se alternan lecturas de la Biblia con cánticos y rezos. Luego el Santo Sacrificio.

A lo largo de trescientos años, este culto a los márti­res fue esporádico. Cuando en el siglo IV cesan las per­secuciones, una liturgia colectiva consagra el recuerdo de todos los mártires en día único. Aparece primero en Oriente. Llega a Roma al amanecer del siglo VIL

En veintiocho carrozas, Bonifacio IV traslada desde las catacumbas las sagradas reliquias de los mártires el 13 de mayo del 610. El viejo Panteón que construyó Agripa veintisiete años antes de Cristo, en honor de Augusto y de todos los dioses, se lo regala el emperador Focas al Papa. Bonifacio lo transforma en Iglesia de Santa María y de los Mártires y erige su fiesta ese día. Dos siglos más tarde se trasladará al 1 de noviembre y abarcará a todos los santos, mártires o no. La razón de este cambio es de índole práctica, pues así podría atender el Papa a los peregrinos que afluían a Roma en primavera.

«Alegrémonos todos en el Señor al celebrar fiesta en honor de Todos los Santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios»..., can­taremos llenos de gozo en la antífona liminar de la Misa. Una fiesta de familia en honor de nuestros hermanos ya glorificados. La Iglesia militante, nosotros, se enlaza hoy con la triunfante, ellos... Unidos, formamos con Cristo Su Reino. Se inicia en la tierra por la gracia, se consuma en el cielo por la gloria. «La gracia es la Vida Eterna en Cristo Jesús Señor Nuestro» (Rom 6,23). «Desde ahora somos hijos de Dios» (1 Jn 3,2).

Una niña sale de paseo con sus padres a poco de morir su hermanito. Pide un globo. Se lo compran. Al recibirlo lo toma por la cuerda, lo besa con cariño y lo deja escapar. Sus padres sorprendidos preguntan: «¿Por qué lo dejaste ir?». «Se lo he mandado a Luisito al cielo para que se acuerde de mí». Actitud infantil, sí, pero nos revela la ínti­ma unión que tenemos con nuestros hermanos del cielo.

«Las fiestas... son decirnos que pidamos mercedes»

Alegrémonos, y alegrémonos llenos de esperanza. También nosotros llegaremos a ese cielo en que nos esperan nuestros hermanos... La Virgen Madre, Reina de Todos los Santos, ensanchará sus brazos para recibir­nos... Alegrémonos llenos de confianza. Ellos, seguros ya de su propia salvación, están preocupados con la nuestra. Nos asedian con súplicas continuas ante el trono de Dios, ante la Madre de la Divina Gracia. Nos comunican la fuerza y el consuelo que necesitamos en nuestro lento caminar.

«La deseada abundancia de Tu misericordia y Tu per­dón desciende más copiosa en este día al multiplicarse nuestros intercesores» (oración colecta Misa). Ellos lo pueden todo. «Al presentar ante el Rey las cicatrices gloriosas del com­bate, marcados en su cuerpo con los estigmas de Cristo, nos lo alcanzan todo» (J. Crisóstomo).

Alegrémonos todos en el Señor al celebrar llenos de confianza la solemnidad de Todos los Santos... «Las fies­tas que el Señor nos manda celebrar —escribe Juan de Ávila—, mercedes son que nos hace, porque es decirnos que pidamos mercedes».

Miremos al cielo y contemplemos esa visión apocalíp­tica. S. Juan desde la isla de Patmos lo ve abierto y hoy nos lo presenta en la Misa para que no apartemos los ojos nunca. Una multitud ingente procede del judaísmo, y son los ciento cuarenta y cuatro mil escogidos de las doce tribus de Israel. Es también la muchedumbre incontable —«nadie podría contar»— de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del «Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en sus manos». Entre ellos, familiares que ayer vivían en la tierra, personas de nuestra misma sangre y apellidos. Compartían con nosotros la problemática insignificante de cada día con sus penas y alegrías. Todos allí asisten al convite eterno. Llenos de gozo, cantan para siempre. «Bendición y gloria, honor y poder, y la fuerza son de Nuestro Dios... Son los que vienen de la gran tribula­ción. Han lavado y blanqueado sus mantos en la Sangre del Cordero» (Ap 7,9.14).

Alegrémonos. Sí, alegrémonos todos, llenos de júbilo y emoción. Estaremos un día entre ellos... Entre los santos cuyos ejemplos admiramos, cuyas vidas nos arrastraron a imitarlos. «Hacia la Jerusalén celestial, aunque peregrinos en país extraño, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Igle­sia. En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad» (Prefacio).

Felicidad paradójica

Ellos se encargarán de puntualizarnos detalles íntimos de su paso por la tierra. En el destierro resulta delicioso el trato con personas inteligentes y de gran corazón. Allí será la comunicación continua con la flor y nata de todos los tiempos. El hogar eterno con los audaces, con los corazo­nes ardientes y generosos de todos los siglos. Hablaremos con el fogoso Pablo, con el virginal Juan. Javier, el conquis­tador. Teresita, la sembradora de rosas. Nos deleitarán con su presencia... Nos recibirán gozosos en el cielo, admitién­donos a la íntima vida de familia que nunca acaba.

«Viendo Jesús a la muchedumbre, subió al monte y se sentó...». Viéndonos en oración abre Sus labios para ense­ñarnos cómo tenemos que conquistar el cielo. El Evange­lio del día de Todos los Santos marca el camino (Mt 5,1- 12). Recorriéndolo, subieron nuestros hermanos que hoy veneramos. Confiamos en sus súplicas. «Haz, Señor, que sintamos interceden por nuestra salvación los que ya gozan de la gloria de la inmortalidad» (oración ofertorio Misa). Ellos rogarán para que la Palabra de Jesús resuene en nuestros corazones. Lograrán en nosotros silencio profundo para que Su voz nítida y suave se perciba. Harán que creamos en Él. ¡Su Palabra es tan difícil de entender! Proclama una felicidad paradójica. Una felicidad que sólo se encuentra en desasirse de todo y de todos para encontrar el Amor... «Para venir a gustarlo todo, no quieras tener algo en nada... Porque si quieres tener algo en todo, no tienes en Dios tu tesoro» (S. Juan de la Cruz).

Convertir lágrimas en perlas

«Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos...». Los pobres de espíritu... Los que se olvidan en perfecto silencio de sí mismos. Los que se desprenden no sólo de dinero, sino del apego a cosas, personas, al «yo»... Son los pobres de Dios. Los que se dan cuenta de que nada ni nadie es capaz de satisfacer los anhelos de felicidad que sienten. Los que con santa Teresa saben que «sólo Dios basta», o con san Agustín que «fuera de Él, nada te satisface». Los que con Juan de la Cruz se abandonan a sí para amar. «Mi alma se ha empleado y todo mi caudal en Su servicio. Ya no guardo ganado ni tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio».

«Dichosos los que lloran, porque serán consolados...». Saber llorar con resignación, sin protestas ni inquietudes. Convertir lágrimas en perlas. Saber cantar cuando se sufre. Felices los que saborean los deliciosos versos. «Será el dolor que viniere, en buena hora recibido. Venga, pues, que Dios lo quiere... ¿Qué me importa verme herido, si es Dios el que me hiere?» (Pemán).

«Pasar de esta mesa... al banquete de la patria...»

«Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios...». La pureza clarifica y agudiza la vista. El cristal del alma se transparenta. Dios se mira en él y se complace en que Le miremos como Padre. La lascivia en cambio oprime el corazón, ahoga el amor, siembra amarguras y engorda el egoísmo.

«Felices los perseguidos por la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos...». De los que son acosados por amar y servir a Dios. Al declararse Sus amigos, son hostigados por el mundo. Son los incomprendidos de todos los siglos... Los que pueblan el cielo que hoy se abre ante nuestros ojos extasiados. Es lo que la liturgia pide en su texto latino. «Adorándote en Todos Tus Santos, Te pedimos Señor Admirable y Único Santo, santificarnos en la plenitud de Tu amor, y pasar de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete de la patria celestial».

«Un día de cielo»

Quiero llegar un día a cantar con ellos a Cristo Redentor. «Al que nos ama y nos rescató de nuestros pecados con Su sangre... A El la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén» (Ap 1,5). Quiero irme ya contigo... Sentir cada vez más viva esa nostalgia que enloquece. Añoranza de contemplar a Dios que sólo se sacia en el «cara a cara..., no en enigma, a través de un espejo...» (1 Cor 13,12). «Descubre Tu presencia, máteme Tu vista y hermosura. Mira que la dolencia de amor que no se cura sino con la presencia y la figura».

¡Las fiestas! «Esos días en la tierra, venían a ser para mí días de cielo» (Teresa de Lisieux, Historia de un alma, 2). Un día de cielo debe ser el uno de noviembre para todo bautizado que se siente incitado a la santidad en la vida diaria. Espera el instante en que la llama de amor viva que «tiernamente hiere el más profundo centro» de su alma, rompa, por fin, «la tela del dulce encuentro» con Dios. Esta confianza, como a los primeros cristianos, le mantiene en pie de guerra mientras cruza la tierra. No se deja contagiar al pensar, como sus hermanos descreídos, que esta vida es la única.

La unión que existe entre Cristo y sus miembros después de la Encarnación, arrastra a la Iglesia a celebrar las fiestas de los santos. Son Sus miembros gloriosos. Jesús está y «formado en ellos», ha «alcanzado Su plenitud» (Ef 4,13). Los alabamos, y glorificamos a Cristo quizá sin darnos cuenta.

A lo largo del Año Litúrgico hemos contemplado los misterios del Salvador. Luchas, afrentas, grandezas y triunfos. No hemos podido apartar nuestra mirada de Su Humanidad adorable, fuente de la Vida y pauta de nues­tro caminar.

El misterio de Jesús se remata sin embargo al fundar y santificar la Iglesia, según nos asegura S. Pablo en su carta a los Efesios. Así, formamos el «Cristo total» (S. Agustín). Él y Su Iglesia son inseparables. Pensar en Jesús sin acor­darse de la Iglesia, es imposible. En Pentecostés honramos al Espíritu Santo haciendo nacer la Iglesia. Cubre entonces sólo a los primeros cristianos al dilatar en cada uno la santidad de la Cabeza. El día de Todos los Santos celebramos también el Espíritu de Cristo inundando a los santos de todas las edades.

El acierto y tacto de la Iglesia al recordar en su liturgia al final del año a los santos todos, es por eso insuperable. Ellos son la gloria, el complemento del Reino de Cristo.

«No cesan de protegernos...»

Cada santo que revela a Cristo, es fruto de Su gracia. La Iglesia celebra los santos, fiel a las palabras de S. Pablo (Ef 1,6) «para alabanza de la gloria de Su gracia».

En la edad patrística y hasta muy avanzado el Medievo, ven Padres y Doctores con S. Cipriano a los santos del cielo, inclinados con inquietud solícita sobre cada uno de sus hermanos en la tierra hasta que lleguen a la patria. Sta. Teresa de Lisieux escribe en una de sus cartas que hasta el Juicio Final no empezará su verdadero y definitivo cielo. «Creo que los santos tienen una gran compasión de nuestras miserias. Se acuerdan que fueron frágiles como nosotros, cometieron las mismas faltas, libraron los mismos combates. Su ternura fraternal se hace aún más grande en el cielo de lo que era sobre la tierra. Por eso, no cesan de protegernos y de rogar por nosotros».