lunes, 1 de octubre de 2012

Frente a un nuevo ateísmo, nueva evangelización

Jesús Amado y Miguel Pérez

Ciencia y fe. Dos realidades omnipresentes, y entre las cuales se han dado muy diversos tipos de relación, desde la oposición frontal hasta la integración fructífera, pasando también por la independencia escapista o el diálogo sincero.

Superado el ateísmo militante vertebrado alrededor del marxismo durante gran parte del pasado siglo XX, asistimos recientemente a un renacer del ateísmo, pero no desde presupuestos filosóficos, sino desde raíces cientificistas (aunque el cientificismo sea también una mala filosofía).

Paladines de este nuevo ateísmo son de modo especial tres científicos de habla inglesa: el británico Richard Dawkins (El espejismo de Dios), y los estadounidenses Sam Harris (El fin de la fe: la religión, el terror y el futuro de la razón) y Chistopher Hitchens (Dios no es bueno: alegato contra la religión). También podemos citar a Daniel Dennett, que junto con los anteriores se hacen llamar “los cuatro jinetes”.

Pero, realmente, la alineación de superestrellas del ateísmo anticristiano debiera completarse con Antony Flew, colega y maestro de los anteriores. Sin embargo, el pasmo de la milicia racionalista fue mayúsculo cuando éste, hacia el final de su último libro, escribió: “El viaje de mi descubrimiento de la Divinidad ha sido hasta ahora un peregrinaje de la razón. He seguido la argumentación hasta donde me llevase. Y me ha llevado a aceptar la existencia de un Ser autoexistente, inmutable, inmaterial, omnipotente y omnisciente”. El título del libro era toda una declaración, por no decir una bomba: There is a God. Hay un Dios.

Pero volvamos a los ateos de la beligerancia. Sobre cuatro ideas fundamentales descansa este nuevo ateísmo: a) Existe sufrimiento en el mundo. b) La causa del mismo es la religión. c) Hay que erradicar la fe de la faz de la Tierra. d) Y el modo de eliminar la fe es seguir la “sagrada” senda del método científico. Indudable que existe sufrimiento en el mundo, pero llegar a afirmar (como hacen) que los credos monoteístas subyacen a una parte considerable de los males que los seres humanos se han infligido unos a otros en los tres últimos milenios, es una afirmación totalmente falsa. Llegan así al extremo de pretender hacernos creer que la causa primordial de las más insanas formas de violencia no es la pobreza y la injusticia, sino la fe y la teología. Por ello defienden que no solo la fe, sino también la cortés y cívica tolerancia hacia la fe ha de ser erradicada. ¿Cabe dudar de su particular y bélica cruzada contra toda forma de religión o creencia espiritual?

Para estos nuevos ateos, la desaparición de la fe de nuestras mentes y de la vida pública pondrá fin al sufrimiento y al mal, al menos en la medida que la Naturaleza lo permita. Y la mejor manera de deshacerse de la fe no es por medio de la violencia, ni siquiera a través de la acción política, sino llenando las mentes de las personas de ciencia y razón.

LOS ARGUMENTOS DEL NEOATEÍSMO

a) La religión es una creencia sin fundamento, pues solo puede aceptarse racionalmente aquello que posea una evidencia científica real. Todo el mundo se reduce a lo natural, a lo material. Nada hay fuera de ello. Por ello es lógica la oposición radical entre fe y ciencia. La ciencia es la única fuente de verdad fiable, y por ello hay que considerar a la religión como una superstición carente de pruebas, propia de una etapa infantil de la humanidad.
Más aún, postulan estos paladines de un nuevo ateísmo que la fe es totalmente irracional al exigir creer sin aportar pruebas ni argumentos que justifiquen lo que afirman. En conclusión, lo más terrible de la fe es –según ellos- su irracional certeza de tener todas las respuestas, sabiéndose por ello inmunes los creyentes a la crítica, al progreso o incluso al diálogo.

Afirmaciones todas ellas que ignoran descaradamente toda la base filosófica y teológica sobre la que a lo largo de los siglos se ha ido sustentando nuestra fe. Sin hacer mención al hecho de que la fe en una realidad sobrenatural es una adhesión libre y total, que rebasa a nuestra razón, pero en ningún momento irracional, contra la razón.

b) La religión es fuente de odio y de violencia, segundo argumento esgrimido por este nuevo ateísmo. Se pretende identificar a la religión con el fanatismo, hasta el punto de tratar de identificar a cada creyente con un terrorista en potencia. Bien sea porque crean que Dios desea que exterminen a cuantos no posean su misma fe, o porque ese mismo Dios desee la masacre de cuantos no crean en la divinidad. En conclusión, hay que deshacerse de la religión para que el mundo sea más seguro, para que podamos salvar nuestra civilización.

¿Cabe mayor aberración o manipulación de los hechos históricos? Se ignora deliberadamente, por ejemplo, que el cristianismo ha aportado a la civilización occidental conceptos como persona, libertad o igualdad. Se desdeña el hecho de que en la historia de la humanidad son incontables millones de personas las que han dedicado o entregado su vida por amor a Cristo. Eso sin mencionar el hecho de que estos nuevos gurús del ateísmo también prescinden premeditadamente de los males provocados por el ateísmo o los crímenes perpetrados por los regímenes comunistas o totalitarios ateos.

Criminalización de la religión

c) Tercer argumento esgrimido por el nuevo ateísmo: La religión es inmoral. Indigna tener que plasmar por escrito una afirmación tan descabellada como ésta, pero no hacemos más que exponer en síntesis los argumentos que de una u otra forma exponen al público a través de sus escritos.

Frente a la tesis de Dostoievski de que “si Dios no existe, todo está permitido”, ellos sostienen por el contrario que los creyentes pensamos así: “puesto que Dios existe, entonces todo está permitido”. Creer en Dios supone, según ellos, una violación de nuestro deber moral de ser racionales; creer es inmoral al aceptar algo sin pruebas suficientes.

La religión, afirman, es causa de buena parte de los sufrimientos humanos. Por ejemplo con sus afirmaciones sobre el alma humana, sobre la gratuidad o el valor sagrado de la vida, sobre la naturaleza caída y la necesidad de luchar contra pretendido y arraigados “instintos”, etc. Se adhirieren así a la idea de Kant de que “no es la religión la que funda la moral, sino la moral la que funda la religión”.

Tendremos que manifestar a estos autores que si la moral no puede encontrar su fundamento más allá de la simple materia, ¿en qué basarán la misma? ¿En la subjetividad, en el consenso, en la “buena voluntad”? ¿Sobre qué base sustentarán la lucha por la superación de las tremendas desigualdades económicas y sociales que dividen a nuestro mundo en ricos y pobres, consumistas y marginales, opresores y oprimidos?

d) Finalmente, y como colofón a este movimiento neoateísta, hemos de exponer las explicaciones naturalistas que tratan de ofrecernos sobre el origen de las religiones. Si bien no desdeñan antiguos y proverbiales argumentos (como el temor a la muerte, los sentimientos de culpabilidad, el horror a la nada o el deseo de la inmortalidad) estos nuevos ateístas tratan de darnos una interpretación “científica” de la religión. Y lo hacen acudiendo a la teoría de la evolución.

Según ellos, la religión persiste porque ha estimulado la supervivencia y transmisión de determinados genes humanos. La religión es como un virus, un parásito de los sistemas cognitivos que se transmite de padres a hijos de forma ancestral. En definitiva, es tratar de asignar una base neuronal a nuestras creencias, llegar a pensar que la neurociencia explicará la religiosidad y la espiritualidad humanas desde una perspectiva puramente fisiológica. Sin comentarios. Si no existe más que la simple materia, a ella trataremos de acudir para resolver todos nuestros interrogantes.

NO PODEMOS ESTAR AL MARGEN

Para finalizar, no podemos dejar de subrayar que este nuevo ateísmo es plenamente beligerante. Promueve un laicismo excluyente cuya finalidad es erradicar todas las formas de creencia religiosa, incluso aquellas que se presentan como más moderadas. La construcción de un mundo sin religiones es condición para la paz y la tolerancia, para la resolución de los conflictos existentes en nuestro planeta. Y el enemigo no es sólo todo creyente, sino toda aquella persona que se proclame tolerante con las religiones. La laicidad que postulan no puede ser neutral ante las religiones, sino que tiene como objetivo la descristianización no solo de la sociedad, sino de la misma metafísica y moral de nuestro Occidente. Y “mutatis mutandis”, de la civilización islámica, hindú o budista.

Se pretende hacer olvidar que el ateísmo no es una mera ausencia de creencias, sino una filosofía de la vida que puede generar pasiones sin medida o incluso guillotinar cabezas. Cualquiera que haya leído algo de la Revolución francesa y haya visto la rapidez con que la razón se convirtió en terror, en rebelión aniquiladora contra el cristianismo; o cualquiera que haya estudiado los horrores de los intentos bolcheviques o nacionalsocialistas de liberar a la humanidad de las cadenas de la religión mediante la fuerza, se dará cuenta de que no estamos ante un mero ejercicio teórico o académico. Los Jinetes del Nuevo Ateísmo abanderan una revolución cultural. Para ellos la religión es peligrosa y “hay que hacer algo”. Están llamando a la acción urgente. Como han dicho dos buenos comentaristas, S. Hahn y B. Wiker, “lo que les falta no es descaro; les falta poder político.”

La nueva evangelización hoy ha de tener respuestas para este fenómeno cultural y vital laicista. Y ha de desencadenar una pasión capaz de rehacer el mundo desde su raíz más profunda, que es la necesidad de sentido, la vocación a la gloria de Dios. No se trata sólo de defender el cristianismo -para eso, por cierto, se puede leer, por ejemplo, La fe es razonable, de Scott Hahn (Rialp, 2009)-. Se nos pide empeñar la vida, convertirnos en maestros de vida, portadores de esperanza en un mundo muy desesperado.

Una parte importante de esta iniciativa evangelizadora es enfrentarse a los contrincantes en su propio terreno, el del ejercicio de la razón y el de una vida emprendedora, comprometida, santa, congruente, heroica -aun en lo cotidiano-. Es decir, todo lo contrario a una fe cómoda. Tomás de Aquino apuntaba ya que no tiene sentido discutir sobre la doctrina católica o la sagrada escritura con alguien que no acepta su veracidad. Ponerse a discutir con un ateo sobre la Revelación es una pérdida de tiempo. Es preciso hacerse entender desde las categorías del otro. Así lo hicieron los primeros cristianos y entre ellos los Padres de la Iglesia.

Hemos de aportar nuestra experiencia de la realidad y aportar claves para introducir a los demás en la realidad, ofreciendo valores de sentido, respuestas a la sed que anida en todo corazón humano. No basta el mero sentimiento. Es preciso el coraje de dar razón de nuestra esperanza, de mostrar que la fe nos hace alegres de verdad en medio de un mundo en crisis. El primer paso será no avergonzarse del Evangelio (Cfr. Rm. 1, 16). Pero también habrá que formarse y estudiar: la doctrina católica (el Catecismo de la Iglesia Católica especialmente), el tesoro de la fe, las sagradas escrituras, los problemas y signos de nuestro tiempo. Y será preciso incluso el testimonio martirial de cumplir con los propios deberes cotidianos, dar la cara en público y devolver bien por mal. Complicarse la vida. Hacerse presente en la vida pública y transformarla. Impulsar el evangelio de la vida. Hacer una política y una economía acordes a la justicia y la dignidad de la persona. Mostrar la belleza y la fuerza de la familia cristiana, abierta al amor permanente y a la vida.

Para saber más:

  • Benedicto XVI: Carta apostólica Porta Fidei. 11 de octubre de 2011. (Diversas ediciones. En Internet: www.vatican.va)

  • Scott Hahn y Benjamin Wiker: Dawkins en observación. Una crítica al nuevo ateísmo. Madrid, Rialp, 2012.

  • Scott Hahn: La Fe es razonable. Cómo comprender, explicar y defender la fe católica. Madrid, Rialp, 2009