lunes, 1 de octubre de 2012

Fe intrépida

P. Tomás Morales S.J.

Cristo-Iglesia ha sido y será siempre movilizador de laicos. En todas las épocas de su historia ha habido seglares que se han dejado arrastrar por el Espíritu Santo. Estaban persuadidos de que los que se dejan conducir por Él son verdaderamente los hijos de Dios (Rom 8,14).

La puesta en marcha de la totalidad de los bautizados, no de unos pocos, es lo que la Iglesia conducida por el Espíritu Santo pretende hoy. Lo logró en los primeros siglos con asombrosa capilaridad, y lo puede conseguir hoy si todos, eclesiásticos y seglares, respondemos.

Pío II habla al Colegio Cardenalicio. Es el 28 de septiembre de 1473. Se ofrece, a pesar de su avanzada edad, a ir en persona a tomar parte en la Cruzada contra los turcos que amenazan la Cristiandad. Un anciano cardenal español, Carvajal, generoso y valiente, se ofrece a acompañarle: «¡Ésta es la voz de un ángel! Yo te sigo porque nos guías al cielo».

Ésta ha sido y es también la respuesta de algunos laicos hoy. Raul Follerau, el apóstol de los leprosos, Tom Dolley, médico norteamericano, William Conocámisa, oculista, William Warton, misionero seglar en el Sudán, Frank Estes, laico misionero en Boston, Joseph Mc Carthy, apóstol laico ejemplar…

En la cripta de la catedral de Westminster, en Londres, se preparan miembros de la Evidence Guild para hablar en el Hyde Park a centenares de personas. Lo hacen con sencillez y profunda convicción. Responden con paciencia y cortesía a las objeciones que les presentan, provocan la admiración de la multitud y encaminan al redil a muchos de sus oyentes.

El éxito que desde hace años viene cosechando la Evidence Guild demuestra que los seglares están perfectamente capacitados para instruir a los no católicos y para acercarlos al sacerdote cuando llega el momento de bautizarlos.

Alguien dirá que estos laicos eran siempre excepciones. Es falso históricamente, pues en los primeros siglos no eran raros. Son excepciones ahora por nuestra pasividad y cobardía. Si todos nos lo propusiéramos, las excepciones serían regla, las minorías se convertirían en mayorías aplastantes. No aumenta el número de seglares que se movilicen porque fallamos en la fe. Se cumple en nosotros el Evangelio de siempre: «No obró Jesús allí (Nazaret) muchos milagros a causa de la incredulidad de ellos» (Mt 13,58).

Hora de los laicos