sábado, 1 de septiembre de 2012

Somos ‘luces en la noche’: comienzo por mí

P. Tomás Morales S.J.

La «defección de los cristianos», su desinterés por el apostolado, su indiferencia ante una Iglesia incapaz de vivificar los estratos sociales mas alejados si los laicos no responden a la llamada del Evangelio, es una realidad tan desconcertante como trágica. Su apatía y pasividad ante un mundo que «camina sin saberlo por derroteros que llevan al abismo almas y cuerpos, buenos y malos, civilizaciones y pueblos» (Pío XII, Exhortación por un mundo mejor (10-2-1952), es imperdonable.

Realidad desconcertante en si misma, pues el bautizado sólo vive su identidad evangélica entregándose a los demás, abriéndose al mundo que le rodea, identificándose con Cristo que dio su vida por nosotros para que ofrezcamos la nuestra por los demás (1 Jn 3,16).

Trágica, además, en sus consecuencias temporales y eternas. Temporales, pues la «deserción» de los bautizados lleva al mundo la asfixia por falta de amor. Una sociedad devorada por el cáncer del egoísmo quiere salvarse por el amor. Sin saberlo quizá, quiere descubrir a Cristo. Se siente defraudada si no logra verlo en la vida de cristianos que, olvidándose de si, se entregan a los demás.

Pasividad trágica, sobre todo, por sus consecuencias eternas. Enjambres de almas quizá se condenen por no haber encontrado en la vida bautizados consecuentes que practiquen el Evangelio. Cristianos que sigan las huellas de san Juan Bosco. En Murialdo, a los nueve años, le dice al párroco que quiere ser sacerdote para hacer buenos a tantos niños que sólo son malos por no encontrar quien les enseñe a ser buenos. No abundan cristianos que, como los pastorcitos de Fátima, sigan la invitación de la Virgen, decidan con su vida la salvación de muchos.

Hacia Ejercicios, al acabar Derecho, un joven de veintidós años. Meses después me escribía: «Cuando veo el mundo desquiciado, la vida materializada, la juventud sin fe, los pueblos sin Dios, pienso que sería un pecado gordo que yo me desentendiese de estos problemas refugiándome en "mi Notaría", que hiciese de la fe heredada de mis padres "huerto cerrado": mi mujer, mis hijos, los míos». Decidió vivir su bautismo como laico sin salir del mundo. Había comprendido que ser cristiano es vivir en Cristo llevándolo a los demás.

La realidad lamentable de tantísimos bautizados que no viven el Evangelio anunciándolo a todos, lejos de angustiarnos, nos debe abrir a la esperanza. La movilización de los laicos, tan urgida por los papas antes y después del Vaticano II, comienza por mí. Si yo le «acojo», muchos, siguiendo mi ejemplo, despertarán.

Hola de los laicos