sábado, 1 de septiembre de 2012

Logofobia

Por Abilio de Gregorio

Decididamente creo que muchas de nuestras aulas, llamadas a ser viveros de la verdad, están contaminadas de logofobia. Hay un bordón que se viene entonando últimamente en los discursos educativos con la solemnidad de quien enuncia una proposición apodíctica: “No importa la verdad; incluso es peligrosa la persona que se cree conocerla. Lo relevante es la búsqueda”. Mas, ¿para qué buscarla si no importa y además es peligroso encontrarla? ¿No será que ese correr, que se dice en búsqueda de la verdad, es una forma de esquivarla, una huida ante el riesgo de que la verdad me atrape e indefectiblemente me empitone?

La búsqueda de la verdad –la búsqueda de Dios- puede llegar a convertirse en una pose de elegante y refinado dandismo intelectual, en un espectáculo progre con caché de honestidad ética. Decía Unamuno que hay viajeros que viajan por topofobia y hay viajeros que viajan por topofilia. Hay buscadores que, alentados por docentes más dedicados a occidentar que a orientar a los educandos, buscan porque huyen medrosos de la verdad y hay buscadores cuyas almas no descansarán hasta encontrar la verdad –la Verdad-. En el primer caso, la búsqueda se convierte en dispersión; en el segundo, en recogimiento.

El primer chequeo que tendría que efectuar el educador que quiera acompañar al educando en el itinerario de búsquedas es acerca del capital de coraje de que dispone el dirigido para abrazar la verdad –la Verdad- cuando se presente al cabo del camino. Y una vez hecho el encuentro, enseñarle a servirla y a vivirla hasta convertirla en creencia, en suelo firme y seguro sobre el que poner los pies para caminar. Puede ser entretenido ponerla todos los días a revisión, someterla a duda. Pero la verdad –la Verdad- no está ahí para jugar con ella a silogismos y a juicios hipotéticos. La respuesta que exige la verdad no es una llamada solamente al conocimiento para conocerla; es una apelación a la totalidad del ser para ajustarse (justicia) a la realidad que es.

Y en el itinerario es fundamental no errar la dirección de búsqueda. En mis años de docencia les solía explicar esto a mis alumnos con un sencillo ejercicio práctico: les entregaba para que averiguasen el significado –la verdad- de un texto advirtiéndoles que el autor del texto era yo, su profesor. Unos, después de leerlo detenidamente, de inmediato daban su interpretación. Otros, aplicando los conocimientos adquiridos durante el curso acerca de la cohesión textual, creían encontrar otras claves de significado. Pero nunca me faltó algún pragmático alumno que quería conocer el sentido del ensayo, la verdad del texto, pero no estaba dispuesto a poner a prueba su capacidad de indagación y tímidamente levantaba su mano para proponer: “Profe: si nos ha dicho que es usted el autor del texto ¿por qué no nos lo desvela y nos ahorramos la inseguridad de nuestras respuestas?”.

Habrá que convenir que el método de búsqueda no es desacertado. Ante la Verdad que importa podemos hollar todos los caminos abiertos por la razón humana. Esto produce una confortable sensación de autonomía, pero no siempre aporta seguridad y es preciso volver a empezar una y otra vez.

O podemos preguntar al Autor que se nos revela como el camino, la verdad y la vida. Es su Palabra de Autor frente a mis pesquisas. Sufrirá mi autonomía intelectual, pero me aporta certeza y seguridad.