sábado, 1 de septiembre de 2012

La movilización del laicado

Fernando Martín Herráez

A los fieles laicos corresponde testificar desde las vicisitudes de la vida ordinaria, familiar y social, cómo la fe cristiana constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que se plantean a cada hombre y a cada sociedad. Pero eso sólo será posible si los laicos logran superar en sí mismos la fractura entre el Evangelio y la vida. Los cristianos somos responsables de nuestro tiempo, se nos ha encomendado que nuestra vida sean un ámbito cotidiano de encuentro con Dios, para nosotros mismos y para quienes viven junto a nosotros. Porque todo lo humano ha sido creado para ser signo y morada de Dios.

Pero evangelizar hoy desde la radical pertenencia a Dios pide la coherencia del testigo, y puede llegar a ser un testimonio martirial en determinados ambientes hostiles a la presencia de Dios. Hoy, concretamente, no podemos permanecer ajenos por más tiempo a la pérdida de la identidad cristiana que se advierte en tantos sectores de la vida social, laboral, familiar, económica y política, de los cuales nosotros formamos parte y de los que somos directa o indirectamente responsables.

Para un laico bautizado, estar en el mundo no es algo circunstancial o añadido, sino consustancial a su vocación cristiana. Es su modo de ser cristiano. La índole secular reclama en el laico cristiano un estilo de vida caracterizado por una presencia real y responsable en el mundo y en la sociedad, participando por entero y con plenitud de dedicación a las tareas cotidianas, ordinarias y extraordinarias.

Pero se apoya en una honda unión con Dios que resplandece en las obras y contribuye a transformar desde dentro las realidades terrenas infundiendo en ellas, de acuerdo con su orden y valores propios, el Amor y la presencia de Dios. A través de sus laicos, la Iglesia se hace solidaria de modo tangible con la humanidad entera, vive y sufre con ella, hace suyos sus afanes y problemas, y los sitúa ante el amor de Dios.

A lo largo de nuestra historia, los Cruzados de Santa María hemos transmitido a numerosas personas, especialmente a través de la Milicia de Santa María, la pasión del Padre Tomás Morales por la evangelización y por el papel protagonista que en ella corresponde a los laicos bautizados.

Jóvenes militantes que se formaron durante su adolescencia y juventud en la Milicia son hoy hombres maduros que siguen asumiendo como propia su espiritualidad. De hecho, desde hace décadas, un considerable número de ellos han venido manifestando su deseo de participar en el espíritu de los Cruzados de Santa María y de hacer partícipes a sus familias de la misión de prolongar en el mundo la Encarnación del Verbo y de consolidar su vida cristiana según el estilo de la familia de Nazaret.

“Cuando un bautizado toma conciencia de su fe se hace misionero” (J. Pablo II, Javier, 1982), el P. Morales repetía esta idea con frecuencia y con pasión. Pero no podemos vivir nuestra vida cristiana y asumir la misión como francotiradores. Es preciso un ambiente, una familia espiritual, en la que la común experiencia de fe, y el amor y los afanes compartidos, se vean respaldados por un ambiente de comunión, formación y proyección apostólica.

La movilización del laicado, en extensión y en profundidad, es tarea y misión de todos. “El laicado está descubriendo con conciencia más clara su papel insustituible en la Iglesia. Inmensas y continuas gracias a Dios tenemos que dar todos por esta realidad esperanzadora. Pedir en nuestra oración continua que todos los bautizados descubran y vivan esta realidad debe ser nuestro empeño constante.” (P. Tomás Morales)

El III Encuentro Laicos en Marcha, que pronto celebraremos en Getafe quiere ser el Cenáculo de este movimiento impulsado por el Espíritu, el impulso que llene de entusiasmo nuestra entrada en el Año de la Fe, el compromiso de una familia espiritual dispuesta a asumir el reto de la nueva evangelización. No faltéis, apoyad con vuestra presencia y oración.