sábado, 1 de septiembre de 2012

El concepto de persona como reducto de la dignidad del ser humano

Santiago Arellano Hernández

En medio de la gran celebración que con ocasión del Encuentro Laicos en marcha movilizará a tantos jóvenes y familias, yo en esta página también me pongo en pie y me uno al espíritu de esa “movida”.

Levanto mi voz para salir en defensa no de la rana verde, que ya hay quien la defienda. Sino de la definición del ser humano como persona. Es tan crucial que si ocurriese un cataclismo gigantesco como el de la caída del Imperio Romano yo me llevaría esta palabra, porque desde ella se podría reconstruir todo lo derrumbado. La dignidad del ser humano nos llevaría a Dios y su imagen al corazón del evangelio: Dios es amor.

Mi maestro Don Francisco Canals Vidal nos impulsó a salir en defensa de la comprensión del ser humano como persona, eso que nos lleva a exigir que nos traten como alguien y no como algo. Nunca debemos ser reducidos a cosa ni recibir un trato de esclavo, ni en las relaciones laborales, ni en el amor, ni en circunstancia ninguna. Tal es nuestra dignidad.

Enseñaba: “Las ‘ciencias’ particulares, tal como son concebidas por el cientificismo, y utilizadas por la hegemónica "tecnología», no podrían justificar la dignidad personal del hombre. Pero esta capital verdad es patrimonio del recto sentir común humano, y es una exigencia humana el que encuentre una tematización especulativa conexa con aquel recto sentir en el horizonte de una comprensión ontológica del hombre y del universo.”

Existe hoy como nunca la tendencia a reducir el hombre a sólo materia inerte y a olvidar su alma. No es que sea doctrina de ahora mismo. Viene de lejos. Uno puede pensar que tal exaltación del cuerpo nos devolverá a la visión apolínea que nos legaron los clásicos. No es posible. El occidente al renegar del alma del ser humano, ha reducido el cuerpo a un espacio sin sentido. La fealdad directamente pretendida en algunas modas juveniles y en el arte, no son casualidad, expresan el horror del estados ancestrales primitivos, crueles y bárbaros.

Me viene al recuerdo el cuadro de Picasso titulado “Venus y Cupido”... El mito queda sarcásticamente destrozado. La diosa del amor y su diosecillo, el deseo, se reducen a un cúmulo de horror y fealdad; es un auténtico esperpento deplorable, que denuncia de inhumanidad a quien lo pinta. No, no, no. Ni es eso el amor ni es eso una mujer. Picasso ignora lo mejor del ser humano.


Saciará la sed de los humildes
Sor Isabel Guerra

Fijaos en la mirada plena de Sor Isabel Guerra, autora de este prodigioso cuadro que os presento. No voy a comentarlo yo. Voy a reproducir unas palabras de Benedicto XVI al Instituto Juan Pablo II el 13 de mayo de 2011: “...Nuestros cuerpos esconden un misterio. En ellos el espíritu se manifiesta y actúa. Están llamados a ser cuerpos espirituales, como dice San Pablo (1Cor 15,44). Podemos ahora preguntarnos: ¿puede este destino del cuerpo, iluminar las etapas de su camino? Si nuestro cuerpo está llamado a ser espiritual, ¿no deberá ser su historia la de la alianza entre el cuerpo y el espíritu? De hecho, lejos de oponerse al espíritu, el cuerpo es el lugar donde el espíritu habita. A la luz de esto, es posible entender que nuestros cuerpos no son materia inerte, pesada, sino que hablan, si sabemos escuchar, con el lenguaje del amor verdadero”. Para meditar.

Leed mi pancarta: “YO, POR LA PERSONA”.