sábado, 1 de septiembre de 2012

A las puertas de un cincuentenario


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El cincuentenario, obviamente, es el de la apertura del Concilio Vaticano II, que tendrá lugar el próximo 11 de octubre, fecha en la que también dará comienzo el Año de la Fe proclamado por el Papa Benedicto XVI.

Pero no es momento de meras celebraciones. A no ser que asumamos que celebrar es juntarse para revivir –para hacer vida- algo que es importante para nosotros. Es preciso recordar para adquirir certezas sobre quiénes somos y de dónde venimos. Pero el recuerdo ha de ser un resorte de lanzamiento hacia el futuro, porque eso es revivir, es vivir como nueva la misma vida, para que alcance la máxima fecundidad y venza a la muerte.

A pesar del tiempo transcurrido desde el Concilio Vaticano II, con el impulso que éste supuso para que el laicado adquiriese su mayoría de edad, todavía queda mucho por hacer. Urge que los bautizados tomemos conciencia de nuestro ser y misión en el mundo. Los medios de comunicación ofrecen habitualmente una visión mostrenca de la realidad de la Iglesia, en la que se apunta (casi siempre antes de disparar improperios) principalmente al Papa y a los obispos, y en todo caso al clero, pero se procura pasar por alto que la Iglesia también somos los laicos, el pueblo, la inmensa mayoría de nuestra sociedad, presente en tantas realidades y escenarios de la vida social, también la pública.

El laicado católico es un gigante aletargado, adormecido, que ignora lo más apasionante de su naturaleza: que es portador de una energía llamada a transformar el mundo desde su raíz. Esa energía es el Evangelio, y la gracia actuante de Dios -Creador y el Señor de la historia- que puede mover las montañas y los corazones para que todo renazca nuevamente. Y este gigante necesita despertadores entusiastas que le hagan ponerse en camino.

“Este mundo bueno fue si bien usáramos de él”, escribió el poeta. La creación es portadora de un mensaje, el de la presencia amorosa de un Dios que es padre, de un Logos que ama a sus criaturas. La creación está atravesada por un orden de amor, por un sentido. Dios ha confiado al ser humano una doble tarea: madurar en su capacidad de amar y hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la paz (Benedicto XVI). En este cometido se encuentra también la misión de quienes están llamados a llevar desde dentro el sentido a este mundo, desorientado y deformado por el pecado.

La vocación del laicado católico -la vocación de la Iglesia en realidad, vivida desde el seno de las realidades temporales- es estar en el mundo asumiendo todas las cargas y los anhelos, y hacer de ellos ocasión para que Dios siga escribiendo su historia de salvación en el entramado de nuestra historia humana. Hay en todo esto una carga de dramaticidad, puesto que se nos pide dar la vida, comprometerla por algo grande, comunicar una experiencia de amor que es el fundamento de la vida de todo hombre y mujer. Abrazar con caridad -portadores del amor de Dios en nuestra mirada, en nuestra vida y en nuestras acciones- todas las heridas del mundo, y aun las de la misma Iglesia, nuestra madre. Prolongar en el mundo la Encarnación del Verbo, construir esperanza.

Estamos preparados para ir al mundo cada día, llevándole una mirada de misericordia y de verdad. Estamos listos para la nueva evangelización. Estamos dispuestos a ser, con nuestra vida de fe, luces en la noche.