domingo, 1 de julio de 2012

¿Vidas largas, vidas anchas o vidas profundas?


Abilio de Gregorio

Reitera Abelardo de Armas en varias de sus alocuciones la idea de que la vejez es un magnífico regalo de Dios. Cuando he compartido la afirmación con alguno de los contertulios ocasionales con los que comparto algunos días banco en el parque, me han comenzado a describir sus dolores, sus soledades, sus incapacidades, sus desilusiones y han empezado a rememorar juventudes lejanas (“eso sí era un regalo...”, dicen), quizás para no tener que mirar de frente al futuro. Y es que si la vida humana no es más que dimensión biológica, nuestra existencia queda reducida a una sola dimensión y nuestra aspiración se sitúa en la pulsión de la supervivencia: prolongar al máximo esa única dimensión, la longitud: la aspiración a una vida larga en las mejores condiciones de confort a la que descaradamente llenamos calidad.

Pero sucede que este yo al que experimentamos como propietario de la tal biología, siente la necesidad de afirmar ese yo, de la misma manera que tiende a afirmar su fondo vital biológico mediante la tendencia a la conservación y a la supervivencia. Aparece entonces la conciencia clara de una segunda dimensión de la personalidad: la dimensión psicoafectiva y psicosocial que se cumple mediante la relación con los demás. Al tomar conciencia de este segundo fondo endotímico, ya no sólo se aspira a una vida larga, sino a una vida ancha. Sin embargo todo incremento o prolongación de dos dimensiones, es incremento en superficie. Por muy colmada que haya sido nuestra afectividad, nuestro sentimiento de afiliación y de pertenencia, nuestra necesidad de éxito, la vejez se presenta como el final de una vida que, quizás, hasta parece haber merecido la pena, pero falta de espesor o de profundidad. Pesan las soledades, la desatención, la indiferencia. La vejez, desde esta perspectiva, no se experimenta como un regalo; puede llegar a ser una triste experiencia de superficialidad.

Hay la posibilidad de dotar a la vida de una tercera dimensión que es la que le da hondura: me refiero a la dimensión de sentido.

Necesariamente, de una u otra manera, nos vemos constreñidos a preguntarnos qué sentido tiene esa biología y ese universo psico afectivo que experimentamos. Pero toda pregunta por el sentido es una pregunta que apunta forzosamente hacia un referente que está más allá de la misma vida cuestionada: es, pues, un referente trascendente. Es más: cuanto más trascendente es el referente que le da sentido, más sentido le da y más la planifica. Entonces es cuando la vejez adquiere la condición de regalo. La pasión se serena, la cabeza se inclina para situarse más cerca del corazón, los deseos del éxito y los temores del fracaso se difuminan en un paisaje de otros apremios, se cree mucho en muy pocas cosas, se facilita el trance de la solicitud de perdón, en fin, se percibe uno cada vez menos de sí mismo y más en las manos del Señor de la vida. Definitivamente la vejez es la edad de la armonía serena, es un regalo, ocasión de “entrenar” para ponerse en forma para el encuentro.

Abelardo añadirá que, si Dios dispuso así las cosas y no al revés (nacer mayores y avanzar hacia la niñez), es un claro síntoma de que nos hizo para tenernos al final junto a Él.

Enseñar a las personas a poner su vida en esta perspectiva creo que sería enseñar a dotar de valor añadido a sus días. Es lamentable que se nos trate de convencer de las bondades del taichí, del yoga o de terapias ocupacionales para hacer más llevadera la edad tardía, y se descuide aquello que la puede dotar de profundidad al dotarla de sentido incluso en aquellos trances de dolor, de enfermedad, de incapacidad, de soledad y de desfondamiento vital en que parece haberlo perdido.