domingo, 1 de julio de 2012

Somos familia


Fernando Martín Herréz

Hay algo que caracteriza a una familia verdadera: el vínculo de pertenencia y responsabilidad recíproca entre sus miembros. Es como si todos llevaran escrito, por la sangre y por el corazón: “Tú me importas, tu bien es mi bien. Yo seré feliz cuando tú lo seas”. En una familia hay una jerarquía; la autoridad de los padres es la seguridad para los hijos; la docilidad de éstos, una garantía de unidad. Pero también existe un compromiso que impulsa a dar la vida por el bien de los otros. Y esta es la principal fuente de la autoridad, del peso moral que padres y hermanos se reconocen mutuamente: “Tú eres alguien en quien sé que puedo confiar, porque sé que me quieres, me lo has demostrado tantas veces… Me ayudas a sobrellevar los contratiempos y las frustraciones, confías en mí y me das seguridad a la hora de luchar contra mis defectos de carácter, me animas a sacar lo mejor de mí mismo”.

Esta forma de relación nos configura como personas, nos hace caer en la cuenta de nuestra dignidad sin condiciones porque somos amados gratuitamente y porque nos hace sentirnos a cada uno responsable del bien de los demás.

Quien ha experimentado esto, mira a los demás con respeto, como si fueran “otro como yo”; y su actitud es generosa, naturalmente magnánima. No escurre el bulto, se ofrece voluntario allí donde se le necesita. Todo esto lo hace el amor, encarnándose en las personas concretas.

Por eso, la familia que educa desde estos presupuestos básicos es una escuela de ciudadanía y el mejor patrimonio para una sociedad –así lo recordaba hace unas semanas Benedicto XVI en Milán-, que puede esperar de sus miembros un compromiso verdadero y firme por el bien de todos y de cada uno en concreto.

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Hay aquí otra enseñanza que querría destacar: los bautizados somos familia, familia de Dios. La Iglesia, si quiere ser fiel a sí misma, tiene que comprenderse como familia. El Bautismo, como todo regalo del cielo —y más que ninguno—, nos invita a repartir con los demás el don recibido. No es para acapararlo de forma egoísta. Nos compromete a enriquecer a todos prolongando lo que Cristo comenzó. Nos da derecho, y nos obliga, a meternos —sin herir su dignidad y respetando siempre su libertad— en la vida de los demás, porque el corazón de un bautizado que toma conciencia de que lo es, abrasado por el fuego del Amor, siente la imperiosa necesidad de salvar a todos.

El P. Tomás Morales reconoce con dolor y con pasión que la mayoría de los bautizados permanecen indiferentes —incluso prevenidos— ante esta obligación. Y recuerda a aquel sacerdote que cuenta su visita a una familia tenida por muy religiosa para pedirle su colaboración en el apostolado. El padre de familia rechaza la invitación con solapada sonrisa exclamando: «Pero ¡cómo! ¿Quiere usted que nosotros le hagamos su trabajo?» La madre se niega invocando: «Tengo por principio, padre, no ocuparme de lo que no me incumbe». La hija, a quien el sacerdote le hizo notar que faltaría a la caridad si no colaboraba, encontró estas palabras que dejan atónito: «¡Faltar a la caridad yo! ¡Yo, padre! Usted me conoce muy mal. ¡Yo no me ocupo de nadie!» El hermano menor, seminarista en vacaciones, a la pregunta de cómo había vivido su apostolado en el verano, responde con tranquilidad: «No tuve ocasión de hacerlo».

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Dios ha dispuesto que la salvación de unos dependa de la entrega generosa de otros. Vínculos familiares de orden espiritual nos unen a todos los hombres, sean o no cristianos. Si no lo son, no dejan de ser hijos de un mismo Padre; si lo son, pertenecen por el Bautismo, a la misma Familia de Dios. Nadie se salva solo, ni nadie se condena solo. Las almas no son hongos solitarios. Se salvan o se condenan en constelación. Están ligadas, como los escaladores, con la misma cuerda. Si uno de la cordada falla, todos caen al abismo. Si todos se ayudan, llegarán a coronar la cima. Esta puede ser nuestra forma de vivir Campaña de la Visitación este verano.