viernes, 1 de junio de 2012

Vivir por encima de nuestras posibilidades

Por Abilio de Gregorio

Se ha convertido en lugar común la afirmación de que la pretensión consentida socialmente de “vivir por encima de nuestras posibilidades” es una de las causas de la crisis económica que padecemos. El precio de una tan atrevida insensatez es la lamentable precariedad en la que está sumida hoy nuestra sociedad española.

Pero la lección de esta historia creo que no puede reducirse a las simples coordenadas económicas. Tiene un carácter de principio generalizador que Quevedo formularía afirmando que nunca se debe estirar el pie hasta donde no llega la manta si no queremos coger un soberano constipado. Porque vive por encima de sus posibilidades la madre o el padre que pretende “realizarse” y sobresalir en su profesión abandonando a sus hijos a cuidados ajenos, como vive por encima de sus posibilidades el profesional de la enseñanza que no estudia suficientemente la materia que imparte o no prepara adecuadamente sus clases.

Tanto padres como profesores entrarán en crisis al constatar la indigencia educativa de sus hijos o alumnos por más que se busquen coartadas en las asechanzas de los mercados del mal de la sociedad. R. Spaemann suele decir que dar al educando cheques sin fondos es una de las mayores estafas del educador.

Solamente en la medida en que hay fuentes de ingresos y se practica el ahorro es posible tener disponibilidad de gasto e inversión. Si la educación, como el amor, es un darse, ¿qué puede dar quien no se posee, quien no es dueño de sí por falta de autodominio y voluntad?

Por encima de sus posibilidades vive su profesión el maestro que aspira a ayudar a madurar la personalidad de su discípulo sin haber querido ascender (ascesis) la pendiente de su propia maduración. Gasta lo que no tiene, y pronto se le presentarán los educandos reclamando legítimamente como acreedores de un crédito que nunca podrá pagar.

De igual manera, quiere vivir por encima de sus posibilidades esa pareja de enamorados que se ha jurado amor eterno en el recién estrenado matrimonio pero que dilapidó de forma irreflexiva e incontinente sus emociones en tiempos de bonanza afectiva juvenil.

De alguna manera nos recuerdan al indolente deportista que se presenta pretenciosamente a la competición sin haber entrenado y después de noches largas de francachela. Pretende, patéticamente, vivir por encima de sus posibilidades.

¿No estará por aquí la raíz de la crisis que se padece en muchos de los ambientes cuya misión era ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”? ¿No se habrá pretendido vivir por encima de las posibilidades reales al despreciar la “fuente de “ingresos” –el encuentro personal y colectivo con el Señor al que se dice anunciar- y dedicarse desbocadamente al gasto de la acción gesticulante, de la retórica ocurrente y del escaparate de modas?

La resaca de tal alegre despilfarro termina en la triste sensación de fracaso, vacío y desamparo. No se puede olvidar que, un gozoso alumbramiento, requiere de manera imprescindible muchos días de callada gestación, de “oscuridad luminosa” (P. Morales) en el claustro materno.

Decía el padre Tomás Morales que “todos los que se han puesto en movimiento en nombre del Señor, corren el peligro de ser traidores, y en fin de cuentas ineficaces, si no conservan celosamente lo único necesario: el encuentro personal, silencioso, sentados a los pies del Señor escuchando Su palabra”.

Aprender a vivir de acuerdo con nuestras posibilidades supone no solamente el ejercicio de evaluar con realismo cuántas tenemos, sino también el coraje de producirlas si no se tienen, y la madurez de ordenar los “quereres”, pues solamente los niños inmaduros quieren todo al mismo tiempo.