viernes, 1 de junio de 2012

La ciencia del bien y del mal

Portada Estar 269 junio 2012
La batalla por la cultura no es un tema secundario para la nueva evangelización. La cultura es la manera como concebimos el mundo, el sentido de la vida, lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Desde hace bastantes décadas, incluso siglos, los católicos llevamos perdiendo terreno en esa batalla, uno de cuyos aspectos fundamentales es cómo se concibe la diferencia entre el bien y el mal, quién decide qué es bueno y malo, justo e injusto, lícito e ilícito, y por qué.

Simplificando mucho pero yendo a lo esencial la clave es: ¿Quién es la medida de todas las cosas, Dios (fundamento de la realidad y de un orden moral objetivo que están por encima de nuestra voluntad) o el hombre, ya sea el individuo que hace su vida por su cuenta, o la colectividad, en última instancia movida por los más poderosos?

Lo más terrible del dilema es que dejando la “ciencia del bien y del mal” en manos de los poderosos de este mundo (los Estados, la riqueza, las ideologías, el hedonismo, los núcleos de poder…), el éxito sólo se produce a costa de que haya perdedores, a saber, los más débiles.

Esta es una de las grandes preocupaciones de Benedicto XVI, y no estaría de más estudiar con sosiego sus escritos e intervenciones al respecto. Un ejemplo: “Las nuevas ideologías han llevada a una suerte de crueldad y desprecio hacia el hombre, antes impensables porque se hallaba todavía presente el respeto por la imagen de Dios, mientras que, sin ese respeto, el hombre se absolutiza a sí mismo y todo le está permitido, volviéndose entonces realmente destructor” (Luz del mundo, Herder, pág. 67)

Pero pocas veces se plantea el tema con la seriedad requerida, ni por unos ni por otros: Unos, porque consideran un "dogma científico incontestable” (¡ahí es nada!) que el mundo y el hombre sólo son fruto de la evolución (no se preguntan de dónde ha surgido la evolución), que no cabe admitir a Dios, y que la religión es incompatible con la ciencia, la libertad y la felicidad (entendida ésta como bienestar subjetivo). Y los medios de difusión, que configuran la mentalidad social en gran medida, lo repiten con cacareo incontenible.

Otros, porque vivimos nuestra fe de forma insuficiente y no llega a impregnar nuestra vida entera ni el mundo que se nos ha confiado; y aunque nos decimos creyentes, pensamos y vivimos de acuerdo con lo que las teles, los periódicos, las emisoras de radio, la moda o el cine repiten, y dejamos que otros nos gobiernen, nos dirijan, piensen y decidan por nosotros… Y a los nuestros que intentan pelear en el ámbito de la vida pública (los medios, la política, etc.), les criticamos juzgando que son como todos.

El caso es que en los colegios, institutos y universidades, en los medios de difusión, en la calle, en las propias familias, en las instituciones y hasta en la ONU…, contribuimos a difundir un modelo de vida que exalta la libertad sin normas morales como instrumento para alcanzar el bienestar y el placer inmediato, como valor supremo de la vida (olvidamos que hay otra), sin ninguna otra convicción que la ‘moral democrática’, fluctuante en virtud de los consensos y las maniobras del poder.

Decía Julián Marías que solamente podemos llamar valioso a aquello ante lo cual la muerte no supone una objeción: o sea, atesoremos en esta tierra los tesoros que nos harán dignos de la eternidad, y no pensemos que el bien es lo que nos halaga, o lo determinado por poderes que tarde o temprano morirán.

Manuel Tomás Amorós, a quien recordamos especialmente en estas páginas, es ejemplo de una vida vivida como servicio a Dios y a sus próximos. Qué distinto sería el mundo, también la cultura, si muchos fuéramos como él.

Bueno, ¿y a qué esperamos?