viernes, 1 de junio de 2012

Frente al humanismo ateo, un “potencial inexplotado”

P. Tomas Morales

Más de 1.000 millones de católicos pueblan el mundo. Injertados en Cristo por el Bautismo, la inmensa mayoría se desentiende de su obra salvadora. Él viene al mundo para que tengan Vida y la tengan más abundante (Jn 10,10), y cientos de miles de hombres y mujeres, elegidos por Dios para ser luz del mundo (Mt 5,14) y colaboradores en la transmisión de esa Vida, desertan de su papel insustituible.

Se dejan esclavizar por el materialismo teórico- práctico que nos envuelve, claudican ante el espejismo engañoso del humanismo ateo. Encastillados en su egoísmo, olvidan las palabras de Pío XII: «El cristiano, si es consecuente con el nombre que lleva, si hace honor a su condición, es siempre apóstol. Desdice de ser soldado de Cristo al alejarse de la batalla» (Carta Encíclica a los EE.UU. 1-11-1939).

La raíz más profunda de la crisis que atraviesa el mundo, de la inseguridad que nos amenaza en todo momento y nos asedia por todas partes, hay que buscarla en esta deserción de los bautizados que, en medio del mundo, dejan de ser fermento para convertirse en masa amorfa (Mt 13,33).

En la catedral compostelana resonó vibrante la palabra de Juan Pablo II el último día de su estancia en España en 1982. Miraba a Europa, al mundo entero, y ponía el dedo en la llaga. La crisis espiritual del mundo procede de la «defección de los bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe, y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida».

La puesta en marcha del laicado, la obligación de hacer apostolado, ¿es un descubrimiento de hoy? Sí, y no. No, porque la vocación al apostolado brota de la pila bautismal como el agua de la fuente.

Sí, porque Cristo-Iglesia pretende hoy la movilización total de los seglares para que el Reino de Dios se extienda por todo el mundo. Quiere realizar un inmenso esfuerzo para despertar y aunar fuerzas aún latentes, para explotar un manantial de energía en gran parte baldío. En cada cristiano hay una potencia «cristífica» durmiente. Hay que despertarla, dilatarla, brindarle una oportunidad.

Los papas del siglo XX y el Vaticano II no han cargado, pues, en las espaldas del laico un nuevo fardo. No han inventado una tarea distinta de la que incumbe a cualquier bautizado. Se han limitado a recordar y urgir la enseñanza de los santos y doctores a lo largo de milenios.

San Juan Crisóstomo, «el apóstol de los seglares » (Viller), por ejemplo, invitaba ya a los cristianos de a pie «a la santa ofensiva». Paladín de la fe, ardiendo en amor a Cristo y a los hombres, afirma sin vacilar que «Dios quiere que todo cristiano sea doctor, fermento, luz, sal de la tierra, y así como estas cosas no reportan utilidad para sí mismas, sino para los demás, así se nos exige trabajar no sólo en provecho propio, sino también en provecho de los demás».

La fe se entenebrece porque nuestro orgullo la apaga. Los avances de la técnica y la presión continua del humanismo ateo nos hacen adorar al hombre y no a Dios. Nos creemos omnipotentes y, por tanto, autosuficientes. Nietzsche, sin darnos cuenta, triunfa en nosotros, doblamos las rodillas ante el «superhombre». Olvidamos a Jesucristo, que nos abre a la confianza y nos llena de gozo en nuestra pequeñez cuando nos repite: «sin Mí nada podéis hacer» (Jn 15,5).

La fuerza de Dios es como las estrellas. Resplandecen sólo en el silencio de la noche serena. Si hay en nosotros alguna perturbación o nebulosidad, ya no brillan. La poderosa acción divina sólo actúa en la sencillez humilde que «se oculta en su nada y se hace toda a Dios» (San Juan de la Cruz). La conversión del mundo y, por tanto, la puesta en marcha del laicado, sólo Dios puede hacerla, pero quiere contar con nosotros.