viernes, 1 de junio de 2012

El reinado social de Cristo

Por Santiago Arellano Hernández

El mes de junio nos trae, como tradición secular, la devoción al Corazón de Jesús. Se nos invita a la consagración y a la reparación. Nos recuerda promesas misericordiosas para nuestra salvación como las de los primeros viernes.

Sin embargo nos quedaríamos en la superficie si la tuviéramos como una devoción piadosa; si nuestro encuentro con el Amor al Jesús que se nos manifiesta en un Corazón Enamorado no se asienta en la esperanza contra toda evidencia engañosa de que en el combate que de manera especial en la Edad Moderna y Contemporánea se ha declarado contra Cristo, es Su Corazón quien triunfará “a pesar de sus enemigos”. Cristo es Rey y va a traer a este mundo la civilización del amor, la paz y la justicia que en el mundo todavía no se ha conocido. Las naciones y los reyes poderosos conspiran contra él, pero inútilmente.

No es verdad que, en la historia, la Iglesia ha encontrado siempre las mismas dificultades. Serán las dificultades todo lo fuertes que se quiera, pero no son de la misma naturaleza. No es igual la lucha en los siglos XI de un Enrique IV por el asunto de las investiduras contra Gregorio VII o de Federico II Barbarroja por la supremacía del Imperio sobre el Pontificado contra Adriano IV y Alejandro III en el siglo XII que las cláusulas acordadas, tras la guerra de los treinta años, en la llamada Paz de Westfalia en 1648 o en la auto coronación en 1804 de Napoleón en la Catedral de Notre Dame en presencia de Pío VII.

En los siglos medievales, en medio de la maravilla de los siglos XI, XII y XIII, las encarnizadas luchas suponían la fe de los contendientes, de lo contrario no podríamos explicarnos la reconciliación de Enrique IV en Canossa; ni tras la derrota de Federico Barbarroja en Venecia su marcha como cruzado a liberar la Tierra Santa.

Westfalia proclama, por el contrario que la religión es el origen de todos los males y que para conseguir la paz en la tierra no se necesita la intervención ni de Dios ni de sus representantes. Napoleón deja ante Europa claro que para ser emperador no necesita recibir poderes que vengan de lo alto, como Carlomagno, ni ser brazo protector de la Iglesia. Todo en la tierra debe quedar bajo su espada, incluida la Iglesia. Napoleón coronará a Josefina como emperatriz y no Pío VII.

Las apariciones a Santa Margarita fueron 25 años más tarde que la Paz de Westfalia y su difusión ocurrió durante todo el siglo XIX: Apostolado de la Oración, el padre Ramiere y Santa Teresita del Niño Jesús, además del Papado.

Sin la clave de “¡no queremos que Él reine sobre nosotros!” no es fácil entender ni instituciones ni acontecimientos de nuestra sociedad. El cuadro de David reproduce significativamente la escena: de la misma manera que Delacroix, dejará patente que la libertad moderna se consigue con violencia y sobre cadáveres.

Hoy os traigo, no un poema, sino un recuerdo: Pablo VI el 4 de octubre de 1965 pronunció un delicadísimo discurso en la ONU. Sobrecogedoramente dijo:

“Y así como el mensajero que al término de un largo viaje entrega la carta que le ha sido confiada así tenemos nosotros conciencia de vivir el instante privilegiado —por breve que sea— en que se cumple un anhelo que llevamos en el corazón desde hace casi veinte siglos. Sí, os acordáis. Hace mucho tiempo que llevamos con nosotros una larga historia; celebramos aquí el epílogo de un laborioso peregrinaje en busca de un coloquio con el mundo entero, desde el día en que nos fue encomendado: «Id, propagad la buena Nueva a todas las naciones! (Mt 28, 19) ». Ahora bien, vosotros representáis a todas las naciones.”

Contra toda apariencia, el mundo será de Cristo: su Corazón triunfará.