viernes, 1 de junio de 2012

Dios sea servido en nuestra muerte

Manuel Tomás Amorós, in memoriam

Fernando Martín Herráez

Como en la vida toda, así también con más razón en la muerte y enfermedad, procuraremos que Dios sea servido y los hermanos edificados, aceptando con paciencia los sufrimientos y esperando con alegría el relevo final. Ayudará para ello suspirar por el cielo mientras dura nuestra peregrinación por la tierra, repitiendo con San Pablo "anhelo ser libertado y estar Contigo". Así el cruzado, habiendo vivido durante su vida el espíritu de Nazaret, llevándolo a los demás, tendrá el consuelo de encontrarse con la Virgen y San José en el momento de la muerte para empezar a reinar eternamente con Cristo Jesús bajo cuyas banderas se glorió en militar a su paso por el mundo”.

Así describe el P. Morales cómo hemos de vivir y morir los cruzados de Santa María y, en el fondo, todo aquél que pertenece a Cristo.

Nos ha sobrecogido y llenado al mismo tiempo de gozo la noticia de la partida hacia los brazos del Padre de nuestro querido Manolo Amorós. Salía de casa en dirección a su trabajo, al concluir su oración matutina. Después de un día de actividad incesante, dedicado a la memoria de su, por tantos motivos, querido San Martín Porres, patrono del centro en el que daba clases. La suya ha sido una “muerte profesional”, no simplemente porque se dirigiera al trabajo, donde Dios cada día le esperaba y le encontraba. No. Es algo más. La muerte profesional de un cruzado de Santa María, de cualquier cristiano, es dar la vida por amor. Y eso es lo que hacía Manolo en su trabajo y en todo momento. A eso dedicaba toda su vida.

Quiero dejar de nuevo la palabra a nuestro querido padre Morales. En sus palabras podemos leer lo que ha sido y es para nosotros la vida y la muerte de Manolo Amorós. Hasta el cielo, querido Manolo:

“La vida para el cruzado, como para los primeros cristianos, es servicio continuo, amor ininterrumpido, en espera del gran relevo. Mientras llega, aguarda, ceñidas las largas túnicas como los soldados y viajeros de la antigua Roma para marchar mejor. Escucha las palabras de Jesús: Están encendidas vuestras lámparas. Es el obrero de la viña del Señor. Tiene que soportar el peso del calor del día para merecer la recompensa eterna. Como fiel soldado de Cristo, tiene que librar a diario el buen combate de la fe. Es extranjero y viajero a su paso por la tierra. Antorcha en mano, ceñida la cintura, siempre sobrio y vigilante, espera la venida del gran Rey. Un médico muere contagiado de la epidemia al asistir a un enfermo. Una madre al dar a luz. Un torero de una cornada. Un marinero, como Nelson en Trafalgar. El capitán de un navío saluda marcial en el barco hundiéndose a los tripulantes que se salvan. Es la muerte del profesional. No la tuvo Napoleón en Waterloo. Por eso, acabó triste y sin gloria sus días en Santa Elena.

“¿Cuál es la muerte profesional de un cruzado? El cruzado muere de amor. Es su muerte profesional. Así murieron muchos santos. Fue la de Santa Teresita. Tuberculosis acelerada por el amor. Dice: "Te amo", y muere. Lo dice S. Juan de la Cruz: "El alma que ama, no muere por enfermedad o vejez, sino porque les arranca el alma algún ímpetu y encuentro de amor mucho más subido que los pasados, y más poderoso para romper la tela y llevarse la joya del alma. Y así, la muerte de semejantes almas, es muy suave y muy dulce, más que les fue la vida espiritual toda su vida, pues que mueren con más subidos ímpetus y encuentros de amor, siendo ellas como el cisne que canta más suavemente cuando muere". Eso le pasó a él. Después de tanto padecer y cantar pudo repetir al expirar la última estrofa de su Noche: "Quedeme y olvideme, /el rostro recliné sobre el Amado /Cesó todo, y dejeme, /dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.

“Morir de amor, muerte profesional del cruzado. Su alma vive "más en la otra vida, que en ésta, porque más vive el alma donde ama que donde anima, y así tiene en poco esta vida temporal". El cruzado sabe que "el amor nunca llega a estar perfecto hasta que se emparejan tan en uno los amantes que se transfiguran el uno en el otro" (Juan de la Cruz). Misa y comunión le enseñan a morir de amor cada día. Cristiano es el que esta preparado lo mismo para hacer Misa y comulgar, que para morir. En realidad son lo mismo. Desaparecer para unirse con Dios. En la Misa, como la gota de agua desaparece en el vino, así el cruzado se hace Hostia única en Él ofrecida al Padre. En la comunión, es la vida de Dios la que absorbe la mía: Es Cristo quien vive en mí.”