miércoles, 2 de mayo de 2012

Una vocación cristiana: la educación

Fernando Martín Herráez

San Juan Bosco es modelo de educadores. La educación no es sólo importante para los que hacen de la enseñanza su profesión, sino que debe serlo para todo cristiano que en su familia, en su trabajo o en la amistad se siente transmisor de los valores humanos y sobrenaturales que encierra el Evangelio.

Nunca se ponderará bastante la importancia de la educación. Es seguramente el arte más sublime: modelar en el corazón de los niños y de los jóvenes -también de los adultos abiertos al perfeccionamiento de su naturaleza humana- el amor al Bien, a la Belleza y a la Verdad. Para Don Bosco, el cincel de esta obra maestra no es otro que el amor. Ya a los 9 años, un sueño iluminó su horizonte de por vida: “No con golpes, sino con dulzura, con amor podrás ganarte a estos muchachos”.

Uno de los virus más terribles de la educación católica actual y que ha inficcionado multitud de centros escolares es la de haber cedido al mercantilismo. Tal vez a la fuerza, obligados por la subsistencia material…, tal tez seducidos por las exigencias del management, han desdibujado su valor más preciado: el ser signo visible del Dios Vivo. Un Dios que es origen y meta perfectiva del proceso de crecimiento en todo ser humano: “Nos hiciste, Señor para Ti…” (San Agustín) El caso es que no difieren sustancialmente de otros centros cuyo proyecto educativo es ajeno a la iniciativa y misión de la Iglesia.

¿Qué es lo que debe añadir la educación católica a la “mera educación”? Por una parte, la afirmación inequívoca de que la vocación humana a la perfección sólo se cumple en la vida virtuosa, cuyo horizonte y sentido último se halla en Dios, y cuyo modelo y cauce no es otro que el seguimiento de Jesucristo, el Maestro. Por otra, un amor apasionado al mundo creado, a las cosas y a las personas, porque son don, signo y rostro de Dios creador.

Pero el modo de ayudar a otros a desarrollar su potencial de humanidad y de virtud pasa necesariamente por el propio maestro, por su actitud, por su riqueza interior, por lo que transmite. En realidad, educar es transmitir vida, llenarla de humanidad, orientarla hacia una plenitud de sentido. Y ello requiere un educador, un maestro de los pies a la cabeza, capaz de ayudar a sus educandos a introducirse lúcida y responsablemente en la realidad.

“¿Qué será de un mundo eminentemente de jóvenes sin nadie que los oriente, educadores que los formen, modelos vivos en quienes puedan ver reflejado un ideal de vida? Sólo cristianos auténticamente formados, educadores sin miedo a exigirse y a exigir, con un fuerte ideal en sus corazones que les empuje en su vida, pueden responder a esta inquietante pregunta”, escribía el siervo de Dios P. Tomás Morales SJ.

San Juan Bosco invitaba a sus colaboradores a educar a través del amor: “amad a vuestros chicos y que ellos se den cuenta de que les queréis”. Y la primera condición del amor es la dedicación. Estar. Estar con ellos por que se les quiere. Pero no para caer en la complacencia, sino para que la presencia transparente un interés real y verdadero por cada uno de los chicos. Que el educando se sienta personal y realmente querido. Es un estar activo, paciente, creativo, exigente, comprensivo, ilusionante, esperanzado y esperanzador.

Cuando, en aquel sueño premonitorio el niño Juan Bosco se preguntaba cómo podría conseguir ganarse amorosamente a aquellos muchachos, el Señor le dijo: “Yo te mostraré la Maestra bajo cuya disciplina podrás ser sabio…” Y Ella puso su mano sobre la cabeza del niño para mostrarle su protección.

Juan Bosco no dejará de repetir a lo largo de su vida: “Confiad en María Auxiliadora y veréis lo que son milagros.”

Quiera el Señor que la visita de Don Bosco a España, a través de ese signo que son sus reliquias, suscite en muchos corazones nobles la vocación cristiana a ser educadores, maestros, profesores… guías de la juventud.