martes, 1 de mayo de 2012

Don Bosco, el hombre que sí creyó que Dios le amaba

P. Tomás Morales, S.J.

El hombre que creyó en el amor de Dios para con él. Así se puede resumir su vida. Se dejó mirar por Él, y se abandonó en humildad y confianza. La fe en el amor personal, infinito, efusivo de Dios Padre iluminó su vida. Sólo bajo este cono de luz y fuego resplandece su vida-milagro tejida de prodigios y realidades que parecen leyenda.

"Uno de los hombres que más han trabajado en el mundo", lo presenta Pío XI. Trató personalmente al hombre que canonizó en 1931, y añadía: "El que más ha amado a los niños y jóvenes". Tenía razón. Mamá Margarita le había educado en la exigencia amorosa, en el esfuerzo continuo. Le hizo comprender que "el hombre nace para trabajar, como el ave para volar". En los días de su última enfermedad podía exigir a sus salesianos: "¡Trabajad, trabajad! Dedicaos siempre e incansablemente a salvar almas". Les había precedido con el ejemplo. El amor jamás está ocioso, decía santa Teresa. Bosco vivió con intensidad esta consigna. Dios le había dado un corazón dilatado como los arenales a las orillas del mar para buscar las almas y servir a sólo Dios.

Quiere consagrarse a Dios. Consulta a su madre. Ella le dice: "Elige lo que sea voluntad de Dios, pero lo primero es salvar tu alma. No quiero ni espero nada de ti. He nacido en la pobreza y quiero morir en ella. Si te haces sacerdote y llegas a ser rico, nunca pondría los pies en tu casa. No te iré a ver nunca". Hay madres con vocación sacerdotal que saben transmitirla a sus hijos. Margarita es una. Juan decide hacerse sacerdote y será padre de religiosos, ellos y ellas, mirando a María Auxiliadora. No se deja esclavizar por la ideología reinante. Sabe que la moda es "la gran fascinadora y fabricadora de gregarios" (Pablo VI). Políticos o eclesiásticos cándidos, manipulados por la masonería, se dejan atrapar. Entre Roma y Turín, la lanzadera de los carbonarios va tejiendo la cuerda que pretende ahogar al último Papa por la mano del último Rey. Es el drama confuso del "Risorgimento".

Su genio rasga por encima de apariencias la realidad sangrante. La austera educación materna, su clara comprensión, su energía de voluntad y sobre todo su vida interior, le permiten pensar con la cabeza y no con la imaginación o el sentimiento. Sabe rechazar al mismo tiempo "la fácil condescendencia con el conformismo ideológico y práctico de la cultura ambiente, y la cobarde sugerencia de que para ser moderno hay que comportarse como los demás" (Pablo VI).

En Turín conoce y trata a los más implacables enemigos del Pontificado. Ellos le tenderán el lazo como a otros eclesiásticos. Con bandera de patriotismo y democracia, intentarán enrolarlo. No lo conseguirán. Es todo un carácter que une la candidez de la paloma a la prudencia de la serpiente. Sabe que el programa de las sociedades secretas, además de la democracia popular o unidad italiana, oculta mercancía de contrabando.

Cavour, admirado, le pregunta un día: "¿Cómo se las arregla usted para enseñar a sus colaboradores a educar? -Muy sencillo -responde-. Los echo al agua, y así aprenden a nadar". Educador nato, increíble agilidad y fuerza física, gran inteligencia y más sentido común, voluntad santamente arrebatadora y el don supremo, humildad y sencillez de niño que "no pretende grandezas que superan a su capacidad, sino que acalla sus deseos como niño en brazos de su madre" (Sal 131).

Confianza y abandono es la clave de su vida. La fe inquebrantable en el amor que Dios Padre le tiene, le lleva al abandono en sinsabores y persecuciones, dolores y sufrimientos, alegrías y gozos. El mismo siempre, con sonrisa apacible y conquistadora. Nada le inquieta.

Alguien ha comparado a S. Juan Bosco con S. Benito. Media un abismo de siglos. Un oculto y misterioso lazo los une, no sólo en lo sobrenatural y divino, sino en lo humano y natural. Campeones ambos del humanismo cristiano, frente al ateo que mutila y mata al hombre a quien pretende divinizar.

Igual comprensión de la naturaleza humana. Idéntica idea paternal de la autoridad, el mismo respeto a la persona y amor al trabajo. Perspicaz sentido práctico, ingénita rectitud y justicia, talento organizador y energía en el arte de conducir a los hombres, brillan en ambos.

Son las admirables virtudes de los viejos etruscos que hicieron grande a Roma. Sublimadas por el cristianismo, serían pilares para edificar, sobre las ruinas del Imperio, la naciente civilización occidental destinada un día a dominar toda la tierra. Estas virtudes hicieron a Benito de Nursia padre y educador del monacato occidental. Las mismas resplandecen en Bosco. Enaltecidas por la Auxiliadora Virgen María, lo convierten en "hostia salvadora que ama a Dios en todo, viviendo sólo para alabanza de Su gloria".

Teresita es la santa más grande de los tiempos modernos (S. Pío X) Juan Bosco es quizá el santo más grande, y desde luego, el más representativo de los santos modernos.

En un siglo de inquietud existencial, actividad febril, técnica que avanza, él lo sobrenaturaliza todo. Despliega una actividad inaudita, a lo Bolívar o Napoleón, pero diviniza todo lo que toca. En un mundo secularizado, enarbola bandera de consagración a Dios de todas las actividades profanas. Pionero, preconiza la consecratio mundi que Pío XII señalará como meta a todos los bautizados.

Hora de los Laicos