domingo, 1 de abril de 2012

Mente y alma

Por Santiago Arellano Hernández

La conmemoración, en este abril, de la muerte del Señor, pone en mis labios la frase con que Cristo terminó su ciclo vital: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Su cuerpo se quedó en el sepulcro hasta el domingo de su resurrección. Pero su espíritu lo puso en manos de su Padre y según proclamamos en el símbolo de nuestra fe, descendió a los infiernos.

Todos los seres humanos poseemos un alma que da consistencia a nuestra identidad y que nos permite tomar conciencia de nuestro ser, como entidad diferenciada, no sólo de las cosas sino de todos los seres y en especial de los seres personales. Que existe una sutil sutura entre el cuerpo y el espíritu, que el alma manifiesta sus movimientos a través del cuerpo o si se prefiere, que la mente actúa mediante el asombroso mundo neuronal de nuestro cerebro, de eso estamos hablando cuando nos denominamos “persona”, ser fronterizo entre una realidad corporal, material y animal y un espíritu, un alma que subsiste al separarse del cuerpo con ocasión de la muerte pero que anhelará la resurrección de la carne, para recomponer la identidad personal.

Los descubrimientos que la investigación médica esta ofreciéndonos en nuestros días sobre el cerebro son un bien inmenso en el cumplimiento del primer mandato de Dios a los hombres, “dominad la tierra”; pero el alma inmortal no quedará ahormada ni reducida a la maravilla del medio que utiliza para manifestarse. Lo sabemos por fe: el alma ha sido directamente creada por Dios y unida a un cuerpo. Como definía Quevedo al hombre: “Espíritu en miserias anudado” o si se prefiere “anhela duración tierra animada”

Jorge Manrique en su maravilloso poema de las Coplas a la muerte de su padre en su afán de desvelar las claves de nuestra existencia engañosa no duda en proponernos el “buen tino” para cuidar nuestra alma con no menor esfuerzo que el que dedicamos a nuestro rostro corporal. No se anda en vacilaciones ni en disquisiciones estériles. Va directamente al grano:


Si fuese en nuestro poder
hacer la cara hermosa
corporal,
como podemos hacer
el alma tan glorïosa,
angelical,
¡qué diligencia tan viva
tuviéramos toda hora,
y tan presta,
en componer la cativa,
dejándonos la señora
descompuesta!
En El retrato de Dorian Gray, Wilde nos ofrece este significativo diálogo entre Dorian y el perverso Lord Harry, (qué funesto profesor era):

“-Se me ocurrió decirle al profeta que el Arte sí tiene un alma, pero no el ser humano. Mucho me temo, de todos modos, que no me hubiera entendido.

-No digas eso, Harry. El alma es una terrible realidad. Se puede comprar y vender, y hasta hacer trueques con ella. Se la puede envenenar o alcanzar la perfección. Todos y cada uno de nosotros tenemos un alma. Lo sé muy bien.

-¿Estás seguro, Dorian?

-Completamente seguro.”
Lo asegura quien hizo un pacto con el cielo: Dorian permanecería eternamente joven; la imagen del cuadro, su retrato, envejecería. Pero el cuadro no reproduce el natural envejecimiento de un hombre; sino el estado de un alma que ha transgredido todo límite moral. Dorian sabe perfectamente que el alma, unida al cuerpo, registra y guía las decisiones de su vida, para bien y para mal. La literatura y el arte están repletas de testimonios semejantes.

Ningún cuadro más aleccionador del alma que la representación que de ella hace el Greco en El entierro del Conde de Orgaz. Mientras el cuerpo está siendo enterrado tan solemne y prodigiosamente, su alma asciende al cielo. Como si de un niño que vuelve a nacer, atraviesa el alma, convertida en un muñeco vaporoso, un espacio estrecho que le permite llegar en esta ocasión al cielo. Le esperan María y San Miguel y arriba La Santísima Trinidad.

No es fácil, obviamente, representar el alma. Una de las maneras más antiguas es presentarla en la encrucijada entre la virtud y el vicio. Hércules en la disyuntiva eterna. Os ofrezco un cuadro más amable. José Antolinez, un pintor barroco de temática religiosa y mitológica. Un niño desde tan tempranos años representa al alma que tiene que elegir entre el vicio y la virtud. Otro día hablaremos de ello.