jueves, 1 de marzo de 2012

Los tres secretos de María

P. Tomás Morales SJ

Debemos salmodiar en el silencio de la oración las palabras y frases del Avemaría, contemplando a la Virgen en cualquiera de los tres momentos de la Anunciación: Antes de llegar el ángel; a solas en oración ante el Padre de los cielos, abriéndose con la sencillez espontánea y natural, generosa, de una rosa que se abre, con el ángel que la saluda; después, cuando se ha retirado Gabriel, a solas con el Verbo encarnado.

Nuevamente encarnado para mí ahora, porque ahora es cuando se encarna, porque quizá ahora es cuando más cerquita estoy de poder extasiarme ante esa maravilla que es Dios-hombre para mí. Uno de los Tres se ha encerrado en el seno de la Virgen. Uno de los Tres exinanivit semetimsum, se anonadó a sí mismo. Uno de los Tres, por mí.

Así hay que hacer ahora la oración, contemplando a la Virgen, repitiéndole con el corazón las palabras o las frases del Avemaría. “Virginiza”, dice san Anselmo, a los que se acercan. Si tú te virginizas, el enamoramiento vendrá como consecuencia y la fecundidad no será más que la resultante. Corazón virginal es lo primero que le hace falta a un cristiano.

Corazón virginal que no se contempla a sí mismo, que no se deleita en sí mismo; que no busca “amores ajenos” de ninguna clase. Los tres secretos de María en la Anunciación, son tres secretos de amor. La sinfonía del amor en tres tiempos maravillosos.

El primero, de la gracia, de la caridad de Dios hacia los hombres, su amor a María, llena de gracia. Segundo momento, el de la virginidad, es el amor de María que como rosa fragante, se abre hacia Dios, entregándose a Él sin reservas. Flor de consagración y renuncia. El tercer tiempo de esta sinfonía es la Encarnación, es la plenitud de este concierto de amor, la expresión más perfecta del amor de Dios al hombre y del amor del hombre a Dios.

Dios te salve, María, santa madre de Dios... Tres llaves para los tres secretos: El primer secreto nos lo dio la mano blanca de Gabriel cuando la saludó: “Dios te salve, llena de gracia”. Tendría ella 13 años, vivía en Nazaret, ciudad pequeñita, desconocida en la geografía humana pero para Dios la capital del mundo.

En este Nazaret vivía María, la niña de los tres secretos. Llena de la gracia, don divino, el mejor regalo que Dios puede hacer al hombre. Él encerró, como en arca preciosa, este tesoro en el alma de María. Y lo encerró, sin escatimar: llena, sobreabundante. Cuando la marea sube, desaparecen las rocas y se pierde de vista la playa, Corazón inmaculado de la Virgen.

El segundo secreto lo abrió ella misma, con su propia llave, cuando dijo: no conozco varón. Es decir, estoy consagrada a Dios, por la entrega de mi virginidad, para Él solo. Y germinó en la tierra una flor hasta entonces desconocida, la virginidad. A esa flor, María, se acerca el Espíritu Santo. Siempre busca flores de virginidad en que poder posarse. Corazones que vivan el momento presente, corazones que no se dejen zarandear por la imaginación o la sensibilidad. En esos corazones se posa el Espíritu Santo, como en María para cubrirla con su sombra, para convertirla en madre sin dejar de ser virgen. Para hacerla fruto, permaneciendo flor.

El tercer secreto es el mayor de todos, la clave, la razón de ser de los otros dos. El secreto, cuya llave es el mismo Dios que nos lo revela en la Sagrada Escritura. Una llave divina que abre un misterio oculto hasta entonces, oculto a los mismos ángeles. Cristo se encarna en las entrañas de María, es la salvación del mundo, es la salvación de todos los hombres. Obedeciendo, dice san Ireneo, es decir amando; porque obedecer es amar y amar es obedecer. Obedeciendo, la Virgen fue causa de la salvación propia y de la del mundo.

Esta frase hoy, en que dentro de la misma Iglesia hay una rebeldía contra las autoridades legítimamente constituidas: obedeciendo, es decir, amando. Amar es obedecer, y obedecer es amar. La Virgen fue causa de la salvación propia y de la del mundo. “Aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Tres secretos de amor, y tres llaves. Y ahora llego yo con mi cuarta llave, la de mi libertad propia, que tan pronto cierra la puerta como la abre. La cierra unas veces a Dios para abrirla al ladrón, y otras veces al revés. Al ladrón que roba el amor y la gracia, al amor que es el sentimentalismo, la imaginación, la inconstancia... Madre, aquí tienes mi llave, ponla en tu llavero de los tres secretos, mi puerta abierta para la gracia, para que Cristo venga a mi vida. María, niña de los tres secretos y Madre. Ama de llaves de mi casa y de mi vida, toma todos mis secretos, todas mis llaves; y que me deje yo bañar en la luz, que el Verbo Encarnado irradia y en la que te envuelve. Para que yo empiece a conocerle a amarle y a seguirle.

(Meditación de Ejercicios, Celorio, 1968)