jueves, 1 de marzo de 2012

La dignidad de la persona humana

Fernando Martín Herráez

He tenido la ocasión de adentrarme, en estas últimas semanas, con ocasión de preparar una conferencia, en la lectura gozosa del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia y, sobre todo, en la encíclica Centesimus annus, uno de los más preciosos regalos que el magisterio de Juan Pablo II nos donó.

Releyendo estas páginas que el Papa escribió para conmemorar el centenario de la Rerum novarum, he podido comprobar que toda la defensa que Juan Pablo II hace de la cultura de la vida y de los derechos de la persona tiene un punto de partida común: el respeto a la dignidad de la persona. Es la fuente de la que mana todo lo demás.

El Papa recogiendo la misma doctrina del magisterio social de la Iglesia, viene a reafirmar que si el respeto a la dignidad de la persona está en el centro, todo lo demás se situará de manera adecuada, si no es así, se produce las distorsiones, los abusos, las malformaciones personales y sociales. Si se atenta a la dignidad de la persona, se producirá un efecto dominó que arrasará con toda la obra humana construida sobre la mentira y la falsedad sobre el hombre.

La experiencia nos dice que esto no es pura imaginación de agorero y aguafiestas. No han faltado en el pasado reciente, y aún se asoman dramáticamente a la escena de la historia actual, múltiples concepciones reduccionistas y destructivas, de carácter ideológico o simplemente debidas a formas difusas de costumbres y pensamiento, que se refieren al hombre, a su vida y su destino. Estas concepciones tienen en común el hecho de ofuscar la imagen del hombre, de atentar contra su dignidad, acentuando, por ejemplo, sólo alguna de sus características, con perjuicio de todas las demás.

Frente a esto se alza la certeza que aporta el magisterio social de la Iglesia, y que es también una certeza para la bioética que trata de construir una cultura de la vida. Esto es, toda la doctrina social de la Iglesia se desarrolla, en efecto, a partir del principio que afirma la inviolable dignidad de la persona humana.

Es un criterio de juicio para toda la bioética y quizás, sin necesidad de exagerar, para toda configuración social, cultural o política que realizamos los seres humanos. Es un criterio de juicio y un criterio de acción. Porque nuestro empeño debe ser favorecer la construcción de una cultura de vida, que proteja el derecho primario de toda persona.

Nos tiene que animar saber que la preocupación de un cristiano para que se instaure en nuestras sociedades una cultura de la vida y no una cultura de la muerte, brota precisamente del precepto del amor. Esa es la conciencia que se expresa en uno de los primeros números del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, con el que quiero terminar invitando no sólo a la reflexión:

“El amor cristiano impulsa a la denuncia, a la propuesta y al compromiso con proyección cultural y social, a una laboriosidad eficaz, que apremia a cuantos sienten en su corazón una sincera preocupación por la suerte del hombre a ofrecer su propia contribución. La humanidad comprende cada vez con mayor claridad que se halla ligada por un destino único que exige asumir la responsabilidad en común, inspirada por un humanismo integral y solidario: ve que esta unidad de destino con frecuencia está condicionada e incluso impuesta por la técnica o por la economía y percibe la necesidad de una mayor conciencia moral que oriente el camino común”.