lunes, 2 de abril de 2012

El materialismo, ¿excusa para no cambiar de vida?

Portada Estar 267 abril 2012
Nuestro tema de portada no es nada rebuscado. Se trata de la cuestión más decisiva -y para muchos también la más apasionante- de cuantas en estos momentos ocupan a la vanguardia científica. Y en ella se pone en tela de juicio y en riesgo -una vez más- la comprensión del hombre y de lo humano.

Es la forma en que reaparece el sempiterno problema de la existencia de un alma espiritual y de las relaciones de ésta con el cuerpo. No faltan a nuestro alrededor los investigadores y los divulgadores -qué difícil es divulgar sin vulgarizar- que vienen a decir que el alma es un viejo y trasnochado concepto que ha sido desplazado por las investigaciones acerca del cerebro. Que el alma “está” en el cerebro… Que, en el fondo, el ser humano no es más que un ser biológico y que el espíritu es a fin de cuentas sólo una patraña.

Es evidente que si el comportamiento humano es sólo el resultado de la interacción de las neuronas ante los estímulos que llegan del entorno, la responsabilidad moral no existe. Y tampoco el amor oblativo, o las decisiones libres, o la creatividad estética… para no hablar de una dignidad inviolable en el ser humano. Su comportamiento vendría determinado por los elementos genéticos y biológicos. La verdad y el bien, de ser algo, serían relativos, y no habría exigencias para cambiar de vida.

Ni siquiera podría aceptarse un “yo” en sentido propio, una subjetividad personal, “alguien” que fuera el protagonista de su vida, responsable del contenido y de la orientación de ésta. Claro es que, entonces, tampoco la ciencia sería posible, ya que la ciencia dista mucho de ser un mecanismo biológico. Las posturas materialistas implican el absurdo intento de querer probar la no existencia del espíritu, porque sólo un ser pensante -es decir, espiritual- puede ponerse a “demostrar” que no existe algo, en este caso lo espiritual.

Pero el materialismo no es una tesis científica. Según el neurólogo y premio Nobel John Eccles, es una superstición. El análisis de los datos científicos y el ejercicio riguroso de la investigación racional nos lleva a aceptar que hay conocimiento más allá de la ciencia y que hay realidades que la trascienden. Quien mira solamente una de las secciones de un cilindro verá un círculo o un rectángulo, no un cilindro. Algo parecido sucede con las concepciones del ser humano que lo reducen a uno de sus aspectos parciales: toman la parte por el todo y pierden de vista lo esencial y nuclear del hombre.

El estudio sereno de los datos lleva a reconocer la presencia de una singularidad extraordinaria en el ser humano, poseedora de un gran valor, de una dignidad. No es un artículo de fe que la Iglesia proponga con la autoridad del Evangelio, sino una evidencia racional corroborada por la revelación divina.

El hombre está dotado de inteligencia y voluntad libre, y además de realidad material. Posee simultánea e inescindiblemente una dimensión espiritual y una dimensión corpórea. Somos espíritu, alma y cuerpo. Somos parte de este mundo, ligados a las posibilidades y a los límites de la condición material; y al mismo tiempo estamos abiertos a un horizonte infinito.

Algunas personas dicen creer en la existencia de un alma espiritual, pero a la hora de razonar dudan o la niegan. Su fe va por un lado y su razón por otro. E incluso un enunciado sin fundamento hace tambalear su fe. Por ello, y porque hemos recibido la razón para dar gloria a Dios, honrar al ser humano y colaborar en la creación del mundo, es preciso formarse y ahondar acerca de las grandes cuestiones de la vida.