domingo, 1 de abril de 2012

Educación de la interioridad

Por Abilio de Gregorio

He de aceptar que tengo una actitud de prevención hipercrítica ante las cuestiones que se ponen de moda en el campo del pensamiento y, especialmente en el ámbito de la educación, simplemente por ser moda, pues suele acontecer que, cuando todos piensan igual, todos piensan poco, o se trata de pensamiento blando y acomodaticio. Algo de esto me sucede con el tema últimamente recurrente en ciertos ámbitos de la escuela cristiana: el de “educación de la interioridad”.

Ciertamente, sería impertinente, hoy más que nunca, poner en duda la necesidad del cultivo de la interioridad en un mundo que parecería estar organizado para centrifugar a las personas. Un mundo que vive en la antinomia de la interioridad, (que no es propiamente la exterioridad, sino la superficialidad, la banalidad o la trivialidad).

Pero, en rigor, si nos limitáramos al cultivo de la interioridad –lo cual ya sería un alarde pedagógico en medio de la “sociedad del espectáculo”, (Guy Debord 1967)-, no habríamos sido capaces de pasar del atrio de los gentiles de una antropología cristiana. Hasta ahí no haríamos sino desarrollar esa condición humana definida por el pensador alemán H. Plessner como la propia de un ser “excéntrico”. Con esta descripción el antropólogo teutón caracteriza la facultad que tiene el hombre para adoptar una actitud de distanciamiento introspectivo respecto de sí mismo: la facultad de autorreflexión, de autotrascendencia, que es, a la vez el fundamento de la facultad humana de tomar distancia ante las cosas y ante el propio yo y, por lo tanto, de objetividad ante la realidad circundante, incluyendo el sí mismo.

El cultivo, pues, de la interioridad, muy recomendable y plausible, podría no pasar de cultivo necesario de una facultad sustancial de la condición humana, pero podría mantener al hombre en la mera inmanencia, en una interioridad intrascendente: no garantiza que dicho cultivo conduzca al encuentro personal con Dios, objetivo final de toda educación cristiana. Ese itinerario por los adentros del yo es condición necesaria para el encuentro, pero no suficiente. Es, preciso, pues, tener la cautela de que el cultivo de la interioridad no derive en solipsismo, en encapsulamiento en la propia subjetividad, o en complaciente narcisismo al modo del banal culturista que se coloca frente al espejo para admirar los músculos que ha logrado esculpir en el ensimismamiento del gimnasio.

Esta es la diferencia entre el cultivo interior de determinadas instancias esotéricas orientalistas y la que propone el cristianismo: mientras aquellas van conduciendo al monólogo consigo mismos, al autodominio, en el cristianismo el cultivo de la interioridad se dirige al encuentro personal con Dios hasta el abandono en su Voluntad. La educación de la interioridad no puede quedar reducida a una suerte de ethos terapéutico del tenor de la literatura hoy en moda de los manuales de autoayuda.

Martin Buber en su ensayo titulado Eclipse de Dios, viene a afirmar que Dios no ha dejado de existir para el hombre actual, sino que está eclipsado por una serie de ídolos interpuestos entre Él y la mirada del hombre. Uno de esos ídolos que impiden verlo es el Dios-idea de la filosofía o el Dios-categoría moral, y no el Dios persona que existe y se experimenta a partir de la relación dialogal personal yo-Tú. En realidad, mientras yo pienso al otro, el otro no es más que una idea en mi pensamiento. Adquiere condición de persona cuando me comunico con él como otro yo a quien llamo Tú. En consecuencia, no sabe de Dios quien puede hablar de Dios por sus saberes, sino quien habla “con” Dios.

Incluso la norma moral contenida en los Mandamientos no son sino el camino imprescindible que nos conduce ante su presencia personal, la senda segura para llegar a la cita del hombre con Dios, cita que es el núcleo del hecho religioso cristiano.

Por ello, el cultivo de esa interioridad trascendida incluye la experiencia religiosa de los educandos. Experiencia cultual y experiencia espontánea; experiencia grupal, pero experiencia personal. Y ello, desde el discernimiento del educador para no confundir la experiencia religiosa con experiencias de otro orden. Alarma, con frecuencia, la timidez con la que se trata de disimular esa propuesta de experiencia religiosa. Se hacen “convivencias”, no ejercicios espirituales, no vaya a ser que se asuste el personal. Nos reunimos para “hacer una celebración” (cantamos, hablamos, escuchamos, nos reímos,… ¡qué diver!) y ello sustituye a la Santa Misa, que ya está muy vista. Guardamos un ratito de silencio para encontrarnos con nosotros mismos (¡qué miedo!), no para hablar con Dios.

Es cierto: quizás ese encuentro con Dios no se enseña; se despierta. Pero se despierta cuando se da a probar y se pone al educando en disposición de experimentar. Enseñamos a los alumnos a comunicarse correctamente, a hablar en público y en privado, a gestionar sus emociones de forma inteligente, pero nos resulta vergonzante enseñarles a hablar con Dios.

Cuando la “educación de la interioridad” se reduce a puro contorsionismo mental para tratar de entrar en sí mismo, es fácil que se termine hablando solo.