jueves, 1 de marzo de 2012

Cultura de la vida

Santiago Arellano Hernández

CREO EN EL HOMBRE
Ángela Figuera Aymerich


Porque nací y parí con sangre y llanto;
porque de sangre y llanto soy y somos,
porque entre sangre y llanto canto y canta,
creo en el hombre.
Porque camina erguido por la tierra
llevando un cielo cruel sobre la frente
y el plomo del pecado en las rodillas,
creo en el hombre.
Porque ara y siembra sin comer el fruto
y forja el hierro con el hambre al lado
y bebe un vino que el sudor fermenta,
creo en el hombre.
Porque se ríe a diario entre los lobos
y abre ventanas para ver los pinos
y cruza el fuego y pisa los glaciares,
creo en el hombre.
Porque se arroja al agua más profunda
para extraer un náufrago, una perla,
un sueño, una verdad, un pez dorado,
creo en el hombre.
Porque sus manos torpes y mortales
saben acariciar una mejilla,
tocar el violín, mover la pluma,
coger un pajarillo sin que muera,
creo en el hombre.
Porque apoyó sus alas en el viento,
porque estampó en la luna su mensaje,
porque gobierna el número y el átomo,
creo en el hombre.
 
Porque conserva en un cajón secreto
una ramita, un rizo, una peonza
y un corazón de dulce con sus letras,
creo en el hombre.
Porque se acuesta y duerme bajo el rayo
y ama y engendra al borde de la muerte
y alza a su hijo sobre los escombros
y cada noche espera que amanezca.
Con razón León Felipe se sentía tan próximo a Ángela Figuera Aymerych. Ángela es de la estirpe prometeica, cantora del ser humano en la ética de su quehacer cotidiano. Poesía comprometida y hermosa. El poema tiene un toque de rebeldía, pero evoca la solemnidad de los textos religiosos. Expresa y canta, con admiración, su fe en el hombre; la dignidad de quien saca adelante la vida entre la obstinación, la resignación y la esperanza.

La mirada selectiva de Ángela está repleta de humanidad. Sobre el anclaje de una conjunción causal “porque” y el estribillo “creo en el hombre” que repite cada tres versos, se suceden los endecasílabos blancos en los que va enumerando facetas de su comportamiento o de sus circunstancias. El comienzo no puede ser más rotundo: nacemos entre llanto y sangre. El recuerdo de la maldición y expulsión del Paraíso se evoca constantemente: el esfuerzo del trabajo y el sudor que hace fermentar el vino, o ese cielo cruel “y el plomo del pecado en las rodillas” que no le impiden caminar erguido.

Qué hermosos los versos en que admira la risa diaria, abrir ventanas para ver los pinos, cruzar fuegos o glaciares, arrojarse al agua para extraer un náufrago, una perla, un sueño, una verdad, un pez dorado; acariciar una mejilla, crear música y poesía y tener la delicadeza de coger un pajarillo entre su mano sin que muera; construir aviones, subir a la luna, controlar átomos y números y ser capaz de guardar recuerdos entrañables en su cajón. Metonimias que se convierten en símbolos universales. Observad, si no, esos escombros sobre los que alza al hijo, esa espera del amanecer que aguarda cada noche y ese amar y engendrar al borde de la muerte.

Aquellos años sesenta propiciaron la visión de un cielo adverso y silenciaron a un Dios amigo de los hombres. Pero en aquellos años en que se podía oír “hombre no nazcas” es reconfortante escuchar en la vigorosa voz de esta mujer “Creo en el hombre”.

Mi familia, Joaquín Sorolla
La vida humana alcanza su plenitud en la familia. En ella cada miembro encuentra su rincón de amor y su crecimiento físico y espiritual. Las pinturas de Sorolla son un canto a la vida y a la hermosura de la creación. Mirad el que se titula “mi familia”. El padre que está pintando delante, entra en la escena como de puntillas, reflejado en el espejo, mientras la niña pequeña y su esposa lo miran con atención. La hermana mayor, contempla al padre y ayuda a su hermano que está dibujando. Escena llena de cordialidad y colorido. La luz resalta en un interior las tonalidades de cada color y la delicadeza de la escena.