domingo, 1 de abril de 2012

...Comparados con la salvación de un alma

P. Tomas Morales

Vosotros sabéis hacer el diagnóstico de nuestro tiempo. En medio de las formidables conquistas de la ciencia y de la técnica, de las que todos disfrutamos, existe, sin embargo, una situación de malestar e inseguridad que alarma y espanta. Envuelve las mentes una gran confusión ideológica que niega la transcendencia, o se confina en un vago escepticismo de índole emotiva. En consecuencia, se habla lógicamente de una crisis radical de todos los valores y, por desgracia, se instaura una situación dramática de inquietud social, de inseguridad pedagógica, de incertidumbre, intolerancia, miedo, violencia, neurosis» (Juan Pablo II, 19.8.79).

El Papa, al veros en este mundo tan revuelto y corrompido, no quiere que os acobardéis. «En medio de esta situación, también a vosotros, como a los Apóstoles, os dice Jesús: "No los temáis" (Mt 10,26; Lc 12,14); "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los siglos" (Mt 28,20) (...) En un mundo afligido y atormentado por tanta duda y angustia, ¡sed vosotros los misioneros de la certeza! Certeza acerca de los valores transcendentes, alcanzados por la buena y sana filosofía -la que fue llamada justamente perenne siguiendo las huellas de Santo Tomás-, aunque integrándola con las aportaciones del pensamiento moderno. Certeza acerca de la persona de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, manifestación histórica y definitiva de Dios a la humanidad, para su iluminación interior y redención. Certeza acerca de la realidad histórica y de la misión de la Iglesia, querida expresamente por Cristo para transmitir la doctrina revelada y los medios de santificación y salvación» (Ibid.)

Dios, en su providencia, ha ligado, unos con otros, los destinos de los hombres, como enlaza las estrellas en constelación, las uvas en racimo, los granos en espiga. El guía de montaña amarra la cuerda a cada uno de los alpinistas, para que todo el equipo, trabado entre sí y ayudándose mutuamente, logre escalar el picacho. «Es un misterio verdaderamente tremendo, y sobre el cual jamás puede meditarse suficientemente: la salvación de muchos depende de la oración y penitencia voluntarias de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo»… Es la «exultante tarea que os espera en vuestro trabajo, profesión, contacto diario con los hombres, nuestros hermanos» (Ibid.)

No os arredréis ante las dificultades. Acordaos de Santa Teresa. Una monja que quería ser santa le pregunta que cómo llegaría a serlo. «Hija -le responde- ahora iremos a una fundación y allí os lo enseñaré». En el proceso de la fundación, aquella monja tuvo grandes contrariedades y acabó por quejarse. Santa Teresa le preguntó: «Hija, ¿no me decía que la enseñase a ser santa? Pues ansí lo ha de ser».

Luchas, contradicciones, sufrimientos, os deben parecer insignificantes comparados con la salvación de un alma. Llena de gozo superaba la Santa dificultades y sinsabores en sus fundaciones. En cuanto empieces a actuar también «se te quitarán los temores». Tu valentía la necesita el hombre de hoy. Embriagado por las conquistas materiales y preocupado, al mismo tiempo, por sus amenazantes consecuencias destructoras, tiene necesidad de certezas absolutas. Exige que le abras ventanas, le brindes horizontes que resistan a la erosión del tiempo que pasa.

El hombre actual se encuentra insatisfecho o defraudado. Harto de vagabundear por los caminos de ideologías que lo alejan de sus más profundas aspiraciones, busca la verdad, la luz. Busca, sin darse cuenta quizá, a Cristo reflejado en tu vida.

Hora de los Laicos