jueves, 1 de marzo de 2012

Casarse por la Iglesia

Por Abilio de Gregorio

Con frecuencia he pensado con una cierta insatisfacción que, dentro del elenco de vocaciones que se suelen presentar a nuestros jóvenes con capacidad de dar sentido a sus vidas, la vocación al matrimonio casi ni se menciona o tiene una referencia residual como si fuera destino de tropa al que fatalmente conduce la no elección de otros estados de “perfección” propios de corazones bragados que optan por transitar caminos alternativos (extra-vagantes). Admiramos a los jóvenes que son capaces de consagrar su vida a ser signos del Dios vivo y trascendente en el ámbito de la pobreza, del sufrimiento, de la enseñanza… Nos resulta heroico, con razón, el muchacho o la muchacha que cuelga las expectativas de un porvenir exitoso para dedicarse a la contemplación en el más escondido monasterio. Seguramente no le faltan argumentos a un conductor de almas para tratar de prender fuego a un corazón combustible y encaminarlo al seminario. Sin embargo, cuando nos encontramos con jóvenes que planean desembocar su juventud en el matrimonio y en la creación de una familia, parecen bajar los vuelos de los grandes ideales como si se tratara de condescendientes y resignados vuelos de aves de corral. ¿Qué argumentos o incitaciones reciben nuestros jóvenes para casarse “por la Iglesia”? ¿Dónde está realmente la originalidad del matrimonio cristiano? ¿Qué es eso de “casarse por la Iglesia” y qué es lo que ello añade al simplemente casarse? Si al matrimonio sacramental no se le logra descubrir un significado que conecte con la generosidad del joven, el rito no pasará de ser un conjunto de aspavientos de apariencia mágica al estilo de la gesticulación de los chamanes.

La perspectiva cambia, sin embargo, cuando se entiende el sacramento del matrimonio como una consagración hecha a dúo entre un hombre y una mujer, es decir como una decisión de empeñar sus vidas conjuntamente en ser un signo o sacramento del amor de Dios. “Nos comprometemos –nos consagramos- a amarnos de tal manera a lo largo de nuestra vida, empeñamos nuestras vidas para que nuestro amor sea para el es poso o la esposa y para quienes nos vean un indicio, un signo del amor de Dios. ¿Queréis saber cómo es eso del amor de Dios? Miradnos. Miradnos en la salud y en la enfermedad, en la bonanza y en la adversidad, en nuestra actual ardorosa juventud, en la madurez y en la vejez, porque nuestro compromiso común consiste en consagrar toda nuestra vida a una misión sublime: ser indicadores que hagan referencia al amor de Dios”; la promesa de vivir de tal manera el amor humano que remita a Dios a quienes nos vamos encontrando por el camino de nuestra vida.

Esta suerte de “voto” o de consagración convierte la opción del matrimonio en una aspiración de corazones hechos para la excelencia. Quizás no se le pueda calificar al matrimonio así entendido de “estado de perfección” porque ello parece estar reservado para otras consagraciones, pero sí se podría hablar de la consagración a dejarse constituir por Dios (porque es Dios Quien nos consagra) como signo de su Amor ante el mundo mediante el significante del amor de esposos, de “perfección del estado” de casados. Así adquiere otro sentido la invitación a “casarse por la Iglesia”. Y, entonces, la catequesis preparatoria para el matrimonio- consagración-sacramento cristiano habría de ser ante todo una profundización llevada a cabo juntos en el conocimiento del Amor de Dios del que se pretende ser signo, trascendiendo las lecciones de antropología, de psicología, de anatomía o de derecho matrimonial. La fidelidad, la indisolubilidad, la apertura a la vida, etc., pasan de ser vínculos que atan para constituirse en bienes a través de los cuales se pone de manifiesto un atisbo de lo que es Dios. Lo dice San Juan en su primera carta: (4, 12, ss) “Nadie ha visto jamás a Dios;(...) Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios; y Dios en él”. Es decir, Dios se nos hace visible a través del amor. Jóvenes, ¿os atrevéis a dedicar (consagrar) vuestra vida a hacer visible a Dios en el mundo a través de vuestro amor? También esto es una vocación al heroísmo y, por ello, el matrimonio es un llamado para valientes.