miércoles, 1 de febrero de 2012

Más fetiches culturales: La sociabilidad

Abilio de Gregorio

Hay quienes tienen ideas fijas y hay a quienes se les quedan estancadas. En el ambiente de la educación hay hoy determinados “mantras”, políticamente correctos que, empiezan a oler a charca. Si se cuestiona acerca de qué valores deben cultivarse en la escuela, automáticamente le citarán con una cierta beatería cívica: “tolerancia”, “participación democrática y ciudadana”, “igualdad”, es decir, algo así como “educación para la ciudadanía”… Si pregunta por los modos didácticos más convenientes, le hablarán con entusiasmo del aprendizaje cooperativo, de la creatividad de grupo, del trabajo en equipo. El maestro exhibe con satisfacción la última destreza adquirida para el desarrollo de las habilidades sociales de sus discípulos, la centralidad de las competencias pro-sociales. Si el discurso toma altura retórica pronto aparecerá eso de la “alteridad” (el otro) como dimensión capital de la educación, olvidándose que el “alter” latino es también raíz semántica por ejemplo de “alteración” o de “subalterno”, con lo cual no se sabe bien si ese emperramiento en lo de la alteridad en las aulas no apuntará a la configuración de ciudadanos-alterados-subalternos.

En el fondo de la mayor parte de los comunitarismos, -blandos o duros, da lo mismo-, quedan algunos de los residuos de aquella sociología de Durkheim para quien el ser individual de cada persona está conformado por el sistema de ideas sentimientos y hábitos del grupo al que pertenece. Por ello, la educación no es sino un proceso de socialización en tanto que aprendizaje e interiorización que debe llevar a cabo el educando respecto a las normas y a la cultura de la sociedad en la que está inmerso. La educación ha de perseguir fundamentalmente modelar la conducta social. Por ello los dos grandes objetivos de la educación durkheimiana serán el fomento de la adhesión a los grupos sociales de pertenencia y el espíritu de disciplina. Por el primero el individuo llegará a su realización plena dentro y por medio del grupo social, pero para ello ha de aprender a superar toda tendencia al individualismo. La educación, afirma, ha de buscar la formación del carácter y la disciplina, con el fin de aprender a renunciar a su mismidad (a su identidad) y someterse al grupo.

Si para el psicoanálisis freudiano el sentimiento de culpa es una producción del super-yo de origen social, para el sociologismo durkheimiano, por el contrario, el sentimiento de culpa ha de surgir cuando hay resistencia a la mansa conformación social. La falsilla ideológica presente en la educación hoy parecería haber hecho una síntesis facilona entre ambos: ha optado por el atajo del “individualismo gregario”: ha prescindido de cuanto suponga exigencia y se ha quedado con la melaza del freudismo y con el arrullo del sociologismo para diluir las responsabilidades personales en “el colectivo”.

La ilusión de esta blanda conformidad a la comunidad de individuos egotrópicos no es sino la anestesia para el implante tranquilo del totalitarismo. Hanna Arendt en su clásico “La condición humana” deja constancia de los caminos que conducen a ese totalitarismo y, al releerlos hoy, no se puede evitar volver la vista a nuestras aulas tan entusiasmadas con las pedagogías de la socialización, del pluralismo; tan medrosas con las diferencias y con las identidades singulares:

En primer lugar, todo se presenta como político: lo jurídico, lo económico, lo científico, lo pedagógico. Al mismo tiempo, o quizás por ello, todas las cosas se vuelven públicas: iniciativa privada, familia, individuo, etc. terminan siendo subsidiarios del poder público. La ausencia de vida privada, la alienación respecto al mundo y a los otros, la falta de identidad clara son condiciones de posibilidad del totalitarismo. Para orientar a las mases es preciso manipular los hilos de sus deseos más primarios liberados de todo convencionalismo. Por último, al totalitario le conviene reducir al educando a hombre o mujer corrientes, frívolos, superfluos para que sean más manejables.

Ante la amenaza de todos los totalitarismos, incluso de aquellos que se presentan con la piel de la ética de la igualdad solidaria, será conveniente interrogarse si no está llegando el momento de educar hoy en la ascética de la diferencia. “Educar es convertir al discípulo en alguien, para que no sea un cualquiera, hacer que cada uno sea él mismo”, escribía el P. Tomás Morales. Y en “Forja de hombres”, siguiendo a Pío XI en “Mit brennender Sorge”, afirma: “Este despotismo intelectual reduce la persona a individuo. La hace cosa, la “cosifica”. La convierte en fragmento de materia. La confunde con una partícula microscópica perdida en la inmensa red de fuerzas físicas, cósmicas, vegetativas, animales. Se atomiza al hombre que desaparece absorbido por el anonimato de la masa”.