miércoles, 1 de febrero de 2012

La existencia del corazón de Dios, y la vía del corazón vía “pulchritudinis”

Por Santiago Arellano Hernández

A estas alturas de mi vida ¿he de ocultaros que soy creyente en Dios, Uno y trino, Padre misericordioso creador del cielo y de la tierra; en el Espíritu santificador y en Jesucristo, Verbo encarnado, en quien se explican los misterios del hombre y de la tierra? He recibido, sin mérito alguno de mi parte, tanta luz de la Fe en mi vivir de cada día que me atrevería a hacer mías las palabras de José Luís Martín Descalzo en su soneto “Lo que veo” de su admirable poemario “Testamento del pájaro solitario”


Ahora que estamos solos,
Cristo, Te diré la verdad: Señor, no creo.
¿Cómo puedo creerme lo que veo
Si la fe es creer lo que no he visto?
Pero no quiero escribir desde la información y evidencias que poseo por creyente; aunque las vislumbres que me llegan desde la fe, confirman como en un espejo las evidencias que encontramos en el itinerario del corazón.

Punto de partida:

Todo está dicho en las alabanzas a la creación que compuso el Rey David en el salmo XVIII, 2-7


Alabanza de la Creación

El cielo proclama la gloria de Dios
y el firmamento anuncia la obra de sus manos;
un día transmite al otro este mensaje
y las noches se van dando la noticia.
Sin hablar, sin pronunciar palabras,
sin que se escuche su voz,
resuena su eco por toda la tierra
y su lenguaje, hasta los confines del mundo.
Allí puso una carpa para el sol,
y este, igual que un esposo que sale de su alcoba,
se alegra como un atleta al recorrer su camino.
Él sale de un extremo del cielo,
su órbita llega hasta el otro extremo,
y no hay nada que escape a su calor.
He de confesaros que tengo el hábito de contemplar cuanto me rodea, grandioso o mínimo. Salgo en busca de la belleza, aunque no me mueva de mi cuarto. Cada instante trae su hermosura y mi asombro. Y la belleza me invita, como a David –con perdón- a proclamar la Grandeza de nuestro Dios. Si no nos gozamos de la Creación, es imposible cantar a su Creador. Es mi vía “pulchritúdinis”, gracias a tantos maestros. Por ejemplo el seráfico Francisco. El que enseñó a Europa y a toda la Humanidad a reconocer la relación que existe entre los humanos y las cosas: hermana agua, hermana luna, hermano lobo, y a ver en todo ello el reflejo de Dios. Y, ¿cómo no? Al divino San Juan de la Cruz que sentenció para siempre sobre el origen de la belleza de las criaturas:



Mil gracias derramando,
Pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

Friedrich, Caspar David, en toda su obra en general, nos sabe transmitir el asombro del hombre ente la belleza de la creación. Un paisaje nocturno, en este caso. Salida de la luna sobre el mar y contemplando el paisaje dos parejas, dos mujeres sentadas y dos hombres de pie, todos embelesados. Dionisio el Areopagita tiene esta frase: Dios llama (kaloun) a todas las cosas a sí, por eso se dice que es kallos (belleza). La belleza que llega al corazón del hombre es una analogía interesante para recordar al Dios que llama. La belleza llama. No deja indiferente, despierta un deseo. Dios llama a él a todas las cosas.